Exposición Individualjun 2023 - nov 2023· Por Carlos Jiménez

Santiago Sierra

Galería Helga Alvear

La más reciente exposición de Santiago Sierra en la galería Helga Alvear fue la más notable entre todas las realizadas en la temporada invernal de Madrid, tanto por el contenido como por la intensidad de las expectativas generadas en los medios y en el público del arte. Contribuyó el hecho de que no fue una exposición, sino dos exposiciones en una. La de planta baja, titulada “2068 dientes”, en referencia al número de dientes de las dentaduras cuyas fotografías en blanco y negro se proyectaban de suelo a techo, en las paredes negras para esta exposición de la galería madrileña, intimidando al espectador. La de la planta primera se titulaba “?”, y el título anticipaba la pregunta que se hicieron los visitantes cuando, en la recepción de la galería, les informaron que el acceso a esta estaba vedado a todo el que no hubiera recibido previamente una invitación personal, y que aun estos últimos solo podían acceder si firmaban un contrato de confidencialidad, por el cual se comprometían a no revelar el contenido de la exposición hasta después del cierre de esta. Consistía en un mueble donde se exponía la bandera nacional de España completamente sumergida en sangre, que compartía sala con una serie de estampaciones de pequeño formato que reproducen el escudo de la bandera nacional de España impreso con sangre. El texto de sala explicaba que la sangre utilizada había sido donada por personas nacidas en todos los países que una vez formaron parte del Imperio español y por los nacidos en todas las comunidades autónomas que actualmente integran el Reino de España.

Exposición Individual: Santiago Sierra — imagen 1
Santiago Sierra. 2.068 Dientes, 2019. Instalación de 126 fotografías proyectadas y audio. Ga-lería Helga de Alvear, Madrid.

Cuando pregunté a Santiago Sierra por qué 2068 dientes, esta fue su respuesta: “La cifra es el resultado de contar los dientes fotografiados uno por uno. La cifra 2068 no es el punto de partida, sino el resultado de la operación de fotografiar una a una las dentaduras de los migrantes”. En este caso, Sierra dedicó una semana a fotografiar dentaduras, hizo las fotografías que hizo, y al final, su asistente contó los dientes y él incorporó ese número al título.

En cuanto las razones por las que eligió a los emigrantes caribeños y centroamericanos que esperan en Tijuana la oportunidad de entrar en los Estados Unidos, explica: “Ese es un tema que sigo hace tiempo, sabes que vivo en México, y lo nuevo son estas megacaravanas en las que van por miles, en respuesta a los ataques que reciben por el camino. Parece que son más vulnerables cuando van aislados, y en grupos más pequeños, se exponen a todo tipo de cosas, bastante duras todas ellas. Por eso, viajan en grupos de miles y cuando llegan a Tijuana se quedan taponados, se van acumulando allí y no encuentran un ambiente armónico ni son bien recibidos. Se encuentran con la televisión y la prensa locales diciendo que son delincuentes, mareros, prostitutas, la hez. Así los reciben, de manera que la población local tampoco está muy contenta con ellos, por lo que finalmente decidieron meterlos en unos campos de concentración –yo no puedo llamarlos de otra manera– en las afueras, en el desierto, para que ya no molesten. Y allí están, custodiados por unos robocops que tienen toda la pinta de ser gringos disfrazados de mexicanos, unos tipos gigantes, no les ves la cara ni los ojos, van con Ray-Bans, armados, de uniforme, todo impecable. Luego, en el campamento a los hombres les toca la suerte de estar en un barrizal con algunas zonas de cemento, bajo lonas tensadas a modo de tejado, con los restos de la pasada campaña electoral. Están completamente divididos en grupos raciales y por países. No parece haber buen ambiente entre ellos, y tampoco con los de Tijuana. Luego tienes otra zona, la de las familias, donde impera un fortísimo olor. Y por último, está la zona de los niños, que era un basurero tapado con carteles de UNICEF”.

¿Por qué elegiste los dientes de esta gente y no las caras, por ejemplo?

“Porque sabes que a mí me gusta ir a lo más simple, al movimiento más simple, y el movimiento más simple, es de enseñar los dientes. Es tan simple que es paleoartístico, no, mejor aún, es paleocultural, porque si le enseñas los dientes a un perro, él sabe lo que le estás diciendo. Y me gustaba, especialmente para esta obra. Sabes que lo he hecho antes, con los gitanos en Nápoles, en una obra en la que el número de dientes era menor porque eran de los últimos gitanos que me encontré en Ponticelli. Los estaban echando, acusándolos de robar niñas y cosas así, y a los últimos que encontré les fotografié los dientes, y los fotografié así porque me parece bueno para masas acorraladas, una buena estrategia. Aquí, también, me parecía muy adecuado, por el tratamiento que se le da a la víctima; me gusta mucho enseñar a la víctima enseñando los dientes. Es el anuncio de que vas a encontrarte con una semilla de odio trasplantada. O sea, lo que te va a llegar no es alguien sonriente y feliz, a no ser que el jefe de la pizzería te diga que tienes que sonreír o te despido; la sonrisa no va a salir de ellos. No va a salir de esos dientes. De hecho, mi primera idea para mostrar este proyecto era enseñarlo por el sur de Estados Unidos, por lugares fronterizos, utilizando billboards. En Nápoles lo hicimos, y la ciudad adquiere dientes, las ventanas se transforman en ojos, todo se vuelve muy surrealista, ¿no? Yo quería hacerlo en los Estados Unidos, pero tuvimos todo ese follón de la pandemia y tuve que guardar el proyecto hasta que Helga me propuso la exposición con muy poco tiempo, y me dije, voy a realizarlo. Además, me funcionaba muy bien con la pieza de arriba, porque al fin y al cabo esto es como el desastre de la hispanidad. Porque es la cultura hispana la que está recorriendo kilómetros y kilómetros para escapar del infierno y toparse al imperio vecino y decirle, acéptanos porque huimos de la cultura hispana. Encaja muy bien con la planta de arriba, donde ya se va al meollo de la cuestión. Los centroamericanos son solo una parte de todos los que colaboraron con su sangre en la construcción de la idea de hispanidad”.

Las proyecciones de dentaduras de 2068 incorporaban un audio sorprendente, por decir lo menos. Se escuchan voces, pero no se entienden, y el ritmo es extraordinariamente lento. “Es la cumbia rebajada”, explica Santiago. “Es una cosa muy curiosa que hacen ellos, y muy simple, porque cuando pasas lenta la grabación obtienes otra cosa. Lo que les gusta son las cumbias tradicionales colombianas. Les bajan las revoluciones por minuto y se transforman en canciones más tristes y lentas. Algo que es más de bailar solo, más intimista, más cargadito”. Sierra no se limitó, sin embargo, a lentificar una cumbia, lo que hizo fue lentificarla aún más y a emitirla de atrás para adelante. “En realidad, la cumbia viene del sur, como los flujos migratorios, y al llegar a México como que se va entristeciendo y ralentizando. Para esta muestra, le dimos una vuelta de tuerca entristeciéndola aún más y haciéndola irreconocible al ponerla al revés. Queda un sonido como muy apropiado con los dientes”.

Esta insólita banda sonora contribuye, según él, a generar un estado de ánimo en el espectador que le prepara para ver la instalación del piso de arriba. “Estas viendo esas imágenes enormes de dentaduras que te empequeñecen, escuchas la cumbia rebajada y luego estás solo y te montan esa parafernalia de que tienes que firmar un contrato de confidencialidad y te sientes forzado. Todas estas son maniobras retóricas para hacerte sentir más a presión cuando ves la pieza de arriba. Te están induciendo a que consideres aquello con la gravedad que tiene”.

La obligación de los espectadores de firmar un contrato de confidencialidad ¿fue un comentario irónico al exclusivismo del mundo del arte?

“Yo he querido hacer un exclusivismo positivo. Sería como hablar de un elitismo positivo, prácticamente. Yo no sé porqué tenemos todos estos años una idea muy asentada en la cabeza de que lo que hacemos los artistas lo tiene que ver todo el mundo. No estoy de acuerdo. Yo no quiero que lo que hago lo vean los fachas, los tipos con corbata, no quiero que lo vea la prensa de los banqueros, no me apetece, no lo hago para ellos, la verdad. Y lo que se hizo funcionó muy bien: tuvimos una avalancha de gente que quería ver la exposición. Aquí en la calle Fuencarral hay un mercadito en el que en la puerta se pone una tipa que siempre me quiere jalar para adentro y me dice que tiene esto y aquello. No entras a un sitio que te quieren jalar, y, sin embargo, si pones un guardia en una discoteca se hacen colas de adolescentes que quieren entrar. Genera curiosidad. Luego, la gente entendió muy bien la vaina, y eso me pareció increíble, porque nadie se fue de la lengua. Si alguien hubiera hablado, habríamos tenido montones de fachitas en la puerta de la galería montando el escándalo. A quienes fueron les hice copartícipes del cuidado que hay que darle al arte y a nuestras libertades, lo cumplieron, nadie me jodió, nadie se puso a hablar antes de tiempo”.

CARLOS JIMÉNEZ

Santiago Sierra, por Carlos Jiménez | artnexus