Exposición Individualjun 2023 - nov 2023· Por Ricardo Pohlenz

Miguel Calderón

Museo Tamayo

Ha sido un largo camino recorrido entre la fundación –si puede llamársele así– de la Panadería en los años noventa por el propio Miguel Calderón, junto con Yoshua Okon, Pilar Villela y otros tantos más, y esta exposición retrospectiva, curada por Taiyana Pimentel y Mariana Mañón para el Museo MARCO de Monterrey y luego traída –en una versión abreviada– al Museo Rufino Tamayo, con muy buenas perspectivas para seguir su itinerancia, bajo la premisa –tan moderna– sobre las montañas, Mahoma y quién va a dónde.

Podría ser a partir de esto, precisamente, eso que hace una obra de Miguel Calderón –en cuanto a lo que la constituye, pero también a sus activaciones posibles– lo que diera pie a esta (u otra) reflexión, y aún, no dejaría de ser más que una premisa, una asunción en un territorio cartografiado desde lo que puede describirse como redescubrimiento o reinvención: no es tanto lo que hace a una pieza suya como el funcionamiento mismo de su maquinaría la que nos sorprende una y otra vez.

Exposición Individual: Miguel Calderón — imagen 1
Miguel Calderón. El balance de las improbabilidades, 2021. Video proyección. Foto: Gerardo Landa Rojano. Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York.

Lectura y relectura de los tiempos transcurridos, de modelos y convenciones rotas y por romper, situados siempre a mitad de camino entre la provocación y los dispositivos que la accionan, Miguel Calderón se impuso en una escena –la de los noventa–, que rompía con todas las convenciones aprendidas para dejarse venir –como el libre mercado– a un mundo globalizado que vive actualizándose, día a día, como las aplicaciones que cargamos en nuestros pequeños portales portátiles. Subido, él mismo, en el caballo de estas transformaciones, ha venido haciendo a partir de su obra señalizaciones puntuales de las tensiones sociales y políticas entre los distintos estratos culturales de México, a partir de los diversos puentes que los vinculan, haciéndolo no como una denuncia, sino como un comentario incómodo, un miramiento en sentido literal que, más que ver por encima, te invita a asomarte a ver lo que de otra forma se desleé o diluye como una asunción –una diferencia tácita– entre lineamientos y convenciones sociales.

En ese sentido, Ridiculum Vitae (1999) transforma su currículum vitae en tapete, listo para ser usado como espacio o lugar de tránsito; pero no es tanto el uso o el objeto como el espacio que ocupa –o el coto que se tiende por encima– el que dice este tránsito. Convertido en una acción intencionada: bien podría restringirse el paso por encima y nada más verlo, a cierta distancia, como un tapete al que se la ha escrito el currículum del artista, y así, cumpliría otra intención –en el juego del no tocar del museo– distinta a la que le da el artista, es este trajinar por encima que le da sentido y propósito, como evidencia y omisión. Una pieza que hace lista de su obra de manera literal para ser su propio soporte, en cuanto a la acción que la constituye, desde la pregunta misma entre el mirarla y pasarle encima o por un lado.

No deja de ser injusto limitar la experiencia que nos ofrece su obra a lo político o situacional, dado el intrincado camino de referencias e intuiciones que acaba por constituirla y que, como las capas de una cebolla –para recurrir a un tropo mediático–, va revelando intenciones, gestos y guiños que van constituyendo el mapa de su experiencia estética, o mejor, tal y como es referido en el nombre de esta retrospectiva, su materia.

El hecho de su disponibilidad nos habla en un sentido de su existencia, de estar en existencia, como en un almacén. Pero en otro, se refiere a su probabilidad, sea tanto a decir mucho, poco o nada, frente al espectador. Así, la intervención que hace del logo de una tienda de colchones, cuyo nombre invoca ese otro mundo, más allá de la vigilia: DORMIMUNDO, convertido en mural a muro, se convierte en MORIBUNDO (pieza creada en 1999), infiriendo así que la muerte –o agonía, para ser más específico– es la de este mundo, representado en el logo, abarcando distintos niveles y lecturas, un juego de sentidos e intenciones que van desde lo mítico hasta lo político.

En un tenor semejante, destaca la serie de fotos en gran formato, que tomó durante sus visitas al equipo de intendencia del Museo Nacional de Arte, remedando las poses de las pinturas del acervo del museo para su pieza Empleado del mes (1998). En un juego de trasposiciones y traslaciones, de miradas y juegos de poder, Calderón invoca y revisa bordes y desavenencias, relevancias y visibilidades, para desde ahí revisar –entre la referencia y su sublimación– gestos, luces y materialidades que redimen –aun de forma negativa– esa presunta intención última del arte.

Una obra que reflexiona sobre los tránsitos y sus contendores, ya sea a partir de la fotografía que captura al taxista –que lo acompañó en un viaje a lo largo de México– orinando en el borde de la carretera, junto con el taxímetro que sigue funcionando o el filme en proceso El balance de las improbabilidades (2021), que sigue a cuadro su conversación con un ajustador por distintos puntos del país y frente a distintas situaciones y alcances, nos insiste en la pregunta flotando en el aire: “¿Cuánto cuesta el daño?”.

Miguel Calderón, por Ricardo Pohlenz | artnexus