Maxwell Alexandre

Maxwell Alexandre. Vista de la exposición: Nuevo poder: pasabilidad. La Casa Encendida, Galerna, 2023. © Foto Cecilia Vilela.

Monografíajun 2023 - nov 2023· Por Cecília Vilela

Maxwell Alexandre

La Casa Encendida - Nuevo poder: pasabilidad

Pinturas sobre papel que colgaban del techo, ubicadas contra las paredes de las salas por toda la galería, creaban nuevas divisiones dentro del espacio que los visitantes podían recorrer y explorar. Estos paneles de papel estaban formados por hojas rectangulares unidas con cinta adhesiva de color café sobre papel también café. Sobre este estaban esparcidas figuras humanas de gran tamaño y unos pocos objetos, contra un fondo predominantemente pintado de blanco.

La pintura sobre papel café es una práctica cotidiana de Maxwell Alexandre, pero no por ello merece menos atención o elogio: en el país de donde él viene, este tipo de papel se llama pardo, una tonalidad de café ubicada de manera más bien vaga entre el negro y el blanco. Empleado para referirse a un variado legado heterogéneo en la forma más generalizada, el sombrío término se encuentra en todas las casillas de los formularios de identidad étnica que exponen y a la vez eliminan los matices de la demografía de Brasil. Las obras anteriores de Alexandre dejan bien en claro que pardo es papel.

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Maxwell Alexandre. Vista de la exposición: Nuevo poder: pasabilidad. La Casa Encendida, Galerna, 2023. © Foto Cecilia Vilela.

Durante los últimos cinco años, los papeles pardos de Alexandre tuvieron acceso a espacios de arte de alto perfil en diferentes países: El Palais de Tokio; The Shed; el MAC; Tomie Ohtake; el MOCAA de Zeitz, por mencionar algunos. Alexandre creció en Rocinha, conocida como la favela más grande de Río de Janeiro (Brasil), donde vive y trabaja. Las favelas brasileñas son espacios sociales demasiados complejos, en los que el Estado casi no hace presencia, y los poderes paralelos son visibles. Para un ciudadano de esta comunidad, preguntas sobre quién logra pasar a dónde y tener acceso a qué deben adquirir un nivel de significación más allá de lo que yo pueda suponer. Tal vez no pueda darle un nombre.

A esta exposición se le dio su nombre por los nuevos poderes y por una acción bastante específica: pasabilidad se refiere no solo al hecho de pasar, sino a la capacidad de pasar. La cualidad del poder (hacer algo). Si en inglés las palabras can y power distanciarían las ideas, el portugués o el español no dejan lugar a dudas: se trata, solo y únicamente, de “poder”.

Arrojando luz sobre el espacio que ocupan los cuerpos negros en el arte y la moda, la exposición recurrió a dos alegorías: la galería de arte y la pasarela. Una de las pinturas representaba una capa llena de adornos; una escultura griega denotaba un obvio recordatorio de los estándares de belleza; en una vitrina había un guardia de seguridad parado junto a ella; chaquetas geniales, un cuerpo desnudo, ropa colorida, carteras, marcas y logotipos reconocibles. Algunas prendas decían “bienvenido”, otras hablaban de todo un estilo de vida.

Pero antes de esta explosión de moda, la mayoría de los paneles visibles al entrar eran blancos, con pocas figuras a la vista. Solo de manera gradual, la exposición se iba poblando más. Estas capas blancas servían como fácil alusión al cubo blanco, un espacio llamado neutral, destinado a tener el honor de albergar ciertos tipos de arte. Papeles de colgadura pintados solo de blanco nos recordaban que nada de eso era neutral y, por el contrario, era construido. Quizás, una sugerencia de que no debemos dar por sentado el concepto de blanco.

En el diseño de la galería creado por las obras de Alexandre se reconocían más capas, a veces apiladas hasta en tres hojas ligeramente separadas entre ellas. A veces visibles, los respaldos de las obras de arte mostraban lo que había por detrás de la superficie pintada, como si nos recordaran que las narrativas tienen otras caras, capas propias, con otro color, incluso otra densidad.

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Maxwell Alexandre. Vista de la exposición: Nuevo poder: pasabilidad. La Casa Encendida, Galerna, 2023. Foto: ArtNexus.

Muchos de los elementos pintados que se hallaban a lo largo de la exposición se auto-referían a un espacio para exhibir arte: un exagerado marco dorado, una banca ancha como las que se encuentran en el centro de una galería de arte, pinturas, montantes de museo. Presuponiendo el poder que estos espacios detentan, surgían las preguntas sobre quién lograba entrar en ellos y, además, quién tenía el poder de autorizarlo; los agentes a menudo están neutralizados, al igual que el cubo blanco. Es en este cuestionamiento sobre la identidad donde se destaca la respuesta de Alexandre.

Las obras parecían cuidadosamente ubicadas, de modo que, a medida que el espectador se movía por el espacio, las líneas y capas creaban cada vez una nueva composición, activada ante los ojos de los visitantes mientras circulaban, en un acto que le daba albedrío al público, con gran generosidad: se podía participar. El pasivo espacio de contemplación evolucionaba y se convertía en una experiencia activa, jugando el juego de capas que constantemente ofrecían algo nuevo.

Entre estas composiciones en permanente cambio se encontraba al final la presencia de todas las figuras humanas pintadas en las escenas. En ellas, las dinámicas pinceladas dejaban surcos a través de los cuales podía pasar la luz. Esta luz y energía les transmitían vida y movimiento a las figuras, todos cuerpos de color.

Las pinturas representadas dentro de las pinturas eran siempre llanas, de color café. Contra ellas, unas siluetas observaban, y, a la vez, nosotros podíamos observar sus espaldas. Las composiciones cobraban vida una vez más por cuanto uno estaba deseoso de observar a los visitantes que estaban en el salón. Los paneles de papel se convertían en marcos que los visitantes habitaban, al igual que los cuerpos allí pintados; sus propios cuerpos se hallaban entonces colocados contra el fondo. Se jugaba con la perspectiva, dentro y fuera de las pinturas: algunas figuras estaban representadas medio escondidas por una pared, mientras que lo mismo sucedía con los cuerpos que se movían por el salón. Era posible esconderse y mostrarse a través de las capas construidas en La Casa Encendida. Al espectador se le brindaba constante atención y acción, ya fuera pintado o en persona.

Este juego de dentro y fuera le daba al espectador algo en qué trabajar de manera accesible, siendo su propia presencia el tema. Los que lograban pasar a través de las salas podían, en principio, relacionarse con ello de alguna forma. Le permitía al propio cuerpo integrarse al espacio y encontrarse con los cuerpos pintados, como si hubiese sido invitado a mezclarse un poco. Percibida en el terreno, esta invitación parecía amable, una bienvenida más allá de las palabras pintadas sobre las fantásticas chaquetas. Por un momento, el poder abordado en el espacio parecía reposicionado, a disposición del espectador, respetando su presencia y su travesía.

Reconociendo el poder que ostentaba, la exposición de Alexandre no menospreciaba a sus visitantes con la mezquindad de imponerse. Por el contrario, trataba de elevar la presencia de estos, acercándolos, dándoles una cálida bienvenida. Caminar por el espacio sació mis ojos y mis entrañas, con ese tipo de saciedad que se logra cuando uno se siente parte de algo. Sin duda, un privilegio. Enaltecidas en el espacio y dando lugar a la participación, esas figuras pintadas parecían ayudar a enaltecer también la presencia del espectador. Quizás una sugerencia de que puede haber un caso, o un día, en el que, cuando ellos pasen, todos pasamos.

CECÍLIA VILELA

Maxwell Alexandre, por Cecília Vilela | artnexus