La exposición de la última obra de Luis González Palma en Throckmorton Fine Art, Nueva York, también incluyó algunas de sus obras anteriores y puede considerarse como una retrospectiva a pequeña escala. Fue, en definitiva, una de sus mejores exposiciones hasta la fecha y ofreció una enriquecedora revaluación de su producción artística.
Este talentoso fotógrafo tuvo su primera exposición individual, “Autoconfesión”, en 1989, en el Museo de Arte Hispánico Contemporáneo (MoCHA, por su sigla en inglés), en Soho, Nueva York, y, en la inauguración de esa muestra, fue la primera vez que tuve contacto con su obra. Revelaba una muy innovadora amalgama de fotografía con la intervención de una estética pictórica. La colección completa tenía una coloración sepia particularmente llamativa y un énfasis en los ojos de los modelos que era casi hipnótico; un efecto que el artista logra agregando a las retinas una capa extra de pigmento blanco. El elemento más notable que recuerdo, y que siempre está presente en su obra, incluida la selección que se vio en la Throckmorton, es la incorporación de la gente maya y mestiza de Guatemala a una realidad contemporánea en la que demuestran esa innata majestuosidad y melancolía de una gran cultura, cuyo tiempo presente ha disminuido en gran medida, en comparación con su exuberante pasado. Esa fue la primera vez que vi, en cualquier parte del arte latinoamericano, que a los nativos de la región se les diera un puesto honorífico y de prioridad, en el que participaron representando una realidad entrelazada de creencias paganas y católicas que parecían fusionadas de manera cómoda y natural.

La exposición en la galería Throckmorton tenía un par de fotografías que yo recuerdo de esa primera muestra; una de ellas, La rosa, de 1989, es el retrato de una mujer hermosa rodeada de un halo de rosas blancas coloreadas que enfatizan su hierática expresión, una imagen inusual de triunfo femenino en la obra de González Palma; parecía una diosa maya de la naturaleza, irradiando una belleza sensual. Utilizada como portada para la edición en inglés de la obra de Gabriel García Márquez Del amor y otros demonios (Jonathan Cape, editor, 1995), la imagen tiene ahora una edición de 2015, que también estaba en la exposición, titulada Rosa desnuda, Serie Möbius, que altera el plano de la pintura con un entorno rojo hacia la izquierda y distancia aún más la figura, de modo que la vemos de la cintura hacia arriba, e intervenciones geométricas adicionales a la derecha. La otra se ha convertido en una imagen icónica y es su obra más reconocible, Luna, de 1990, que muestra a una mujer desnuda, de perfil, con las manos amarradas detrás de la espalda, que se inclina hacia adelante y lleva puesta una máscara de luna creciente atada al rostro. Los misteriosos visos de los matices nos recuerdan a las víctimas de secuestro o los vestigios de un antiguo sacrificio dentro de un ambiente moderno, pero esta poderosa imagen también logra crear un impacto emocional que es difícil de olvidar, debido a que nos recuerda la posición vulnerable de las mujeres ante el abuso en las culturas poscontemporáneas dentro de las empobrecidas sociedades del tercer mundo. En esta y en otras imágenes, González Palma parece poner a la vista perturbadoras realidades que son persistentes y que se rehúsan a desaparecer con las manifestaciones de modernidad y las sobrecargadas seudorrealidades virtuales de los medios de comunicación.
La obra de González Palma tiene un propósito similar a la de su contemporáneo Alfredo Jaar, artista y fotógrafo chileno, por cuanto los dos denuncian el sufrimiento de la gente. A este respecto, él logra hacer cosas hermosas, a la vez que ilustra el destino de los menos favorecidos; González Palma a menudo utiliza un halo barroco típico de la escultura religiosa guatemalteca para enmarcar los rostros de mujeres y niños, dándoles la categoría tradicionalmente asociada a las imágenes piadosas de adoración. Dos fotografías que muestran a estas mujeres coronadas con “potencias” (halos puntiagudos) son América, de 1990, y Virginal, de 2011. Las dos mujeres están vestidas de negro y miran directamente al espectador con una asombrada expresión mística, que nos recuerda la dolida mirada de la mater dolorosa de las procesiones de la Semana Santa hispana, o a una resignada mujer contemporánea fotografiada en un funeral, que ha quedado viuda o ha perdido un hijo, debido a los disturbios políticos o a las guerras antidrogas que han asediado la región durante las últimas tres décadas.
Las imágenes de niños son particularmente conmovedoras por su expresión de experiencia de adultos, aflicción, y una sabiduría que es notable. Héroe, de 1998, retrata a un pequeño niño, con ojos muy abiertos y desolados, marcado con una enorme estrella, y Esperanza, de 2000, es el enigmático retrato de una jovencita envuelta en una tela negra que indica luto, con la mirada perdida, como un testigo silencioso, enormemente sola contra un fondo sepia de vacuidad.
Una obra muy poderosa, que define el concepto de estas mujeres y su entorno, a la vez que resume la representación precisa propia de González Palma de esa realidad indeseada, se titula Perdida en su pensamiento-Genoveva, de 2011. Representa a una hermosa mujer con la cabeza cubierta por un rebozo, típico del atuendo campesino de México y América Central, que recuerda a las soldaderas de los tiempos de Zapata y Pancho Villa, cuando las mujeres siguieron a sus hombres y lucharon junto con ellos en la guerra civil que tuvo lugar entre 1910 y 1917. Aunque la composición también les rinde tributo, en cuanto a su diseño, a las descripciones de mujeres de Graciela Iturbide, la mirada pensativa de reojo de la obra de González Palma es una imagen inolvidable del decoroso sufrimiento de estos pueblos y su negativa a rendirse.
