“La trizadura del mar” se puede entender como la representación de un paisaje abordado desde las fricciones del lenguaje: un paisaje fragmentado en donde distintas piezas, cada cual con su propia identidad y gravedad, se vinculan generando fricciones y armonías dentro del espacio para producir un ambiente que funciona como una narración discontinua y atemporal que habla del borde costero. Litoral donde lo político y social se disputan la lógica del relato con la mística del paisaje, presentando problemas territoriales de dominio simbólico. “La trizadura del mar” es un paisaje y sus misterios, donde la razón se desorienta.
Esta obra, expuesta actualmente en el Museo de Arte Contemporáneo, es el resultado de dos años de investigación in situ, desarrollada en el borde costero norte de la región de Valparaíso (Quintero, Puchuncaví y Zapallar). En donde los requerimientos del turismo y de los propietarios vacacionales suelen invisibilizar los problemas sociales derivados de la crisis medioambiental y de la pesca artesanal, causados principalmente por la central termoeléctrica de Ventanas y la Ley de Pesca. A esto se le suman el desarrollo inmobiliario y la privatización del borde costero, que trastorna y transforma permanentemente el entorno.

Estos problemas tangibles se cruzan con el paisaje como escenario existencial determinado por la potencia del horizonte, y la orilla como espacio de fricción, superposición y desdoblamiento, donde lo sólido, lo líquido y lo etéreo se desdibujan. Límite físico que delata al mar como territorio de la muerte: el mar como abismo poético, como espacio de transfiguración y materia subjetiva. Dispositivo que activa procesos psíquicos que tienden a la introspección, la reflexión y la divagación, y que promueven la mística de la experiencia espacial apuntando a la metafísica del paisaje.
Los anteriores encuadres y enfoques se contraponen diametralmente, distanciados por un abismo que, al ponerlos en perspectiva, raspa lo absurdo y el sinsentido. Potenciando el dramatismo que se manifiesta, en este caso, en el lenguaje visual a partir de lo multidisciplinario, en donde diversos materiales, medios y soportes articulan una “historia sin tiempo” que alude a la experiencia contemporánea como espacio fragmentado, en donde dislocaciones gramaticales configuran un cuerpo dinámico suspendido que involucra realidades simultáneas.
Aquí, como en la poesía concreta, la disposición visual, espacial y material de los elementos en juego compone la experiencia potenciando lo psicológico contenido en la estructura.
“La trizadura del mar” es una instalación estructurada a partir de diversos canales de producción, tanto artesanales como industriales, planteada como una reconstrucción del cuerpo de obra, en donde los distintos elementos que la conforman generan diálogos en el espacio, tensiones de lenguaje que abren cuestionamientos en torno a las estrategias de representación y sus contenidos, donde las pistas de producción recorridas convergen presentando preguntas; delatando la incertidumbre expuesta en oscilaciones y despistes. Una operación que revela la actitud que contiene, sostiene y proyecta esta obra, más allá del episodio.
“La trizadura del mar”, como conjunto clasificado, se desdobla en pistas simultáneas que operan en distintos rangos, los cuales se intercalan formando una trama narrativa descalzada por las diversas densidades y los niveles significativos. El significante trabaja en cadenas de asociaciones desiguales, proliferando en distintos niveles de acuerdo a parámetros de analogías formales. Es en este sentido que es un espacio textual e intertextual, donde recortes formales de diversos grados, e incluso estilísticamente heterogéneos, actúan sobre un campo tejiéndose y destejiéndose, confeccionando una expresión que conforma la cáscara de su propio sentido.
“La trizadura del mar” es un esfuerzo por desmantelar las pantallas y desfondar lo cotidiano instalando el suspenso. Contrastando contextos para cuestionar el lenguaje y sus límites y el sistema y sus márgenes.
