Exposición Individualjun 2023 - nov 2023· Por Santiago Rueda

Iván Herrera

Museo de Arte de Pereira

El principal –y casi único– galardón a la fotografía en Colombia, el Premio Nacional de Fotografía del Ministerio de Cultura, fue otorgado en el 2021 a Iván Herrera por Sabana, una serie de paisajes dedicados al entorno rural que rodea a la ciudad de Bogotá.

El evento, sin duda el que mayor interés despierta en el gremio de los fotógrafos, se ha caracterizado por reconocer trayectorias diversas: Fernando Cano (2017), Jesús Abad Colorado (2018), Viki Ospina (2019) y Sebastián Fonnegra (2020) fueron reconocidos en las anteriores versiones de un evento que, inicialmente apoyado por la Embajada Suiza y llamado Premio Colombo-Suizo de Fotografía, se desarrolló por espacio de once años, de 2005 a 2016.

Exposición Individual: Iván Herrera — imagen 1
Iván Herrera. De la serie La Sabana, 2020 – 2022. Fotografía digital instantánea. 8.2 x 7.2 cm (3 15/64 x 2 53/64 pulgadas).

En esta oportunidad, se decidió dar a conocer el proyecto ganador en el Museo de Arte de Pereira, sin duda alguna un acierto en difusión del galardón, que habitualmente se exhibía en Bogotá. Herrera había sido finalista en el 2019, y en series anteriores retrató lugares y personajes casi fantasmales en el centro de la lluviosa ciudad capital. Mientras Los sobrevivientes estaba dedicada a los oficios y comercios en vías de desaparición –zapaterías, restaurantes, relojerías, cerrajerías–, El lasker, retratos en blanco y negro, cubría las jornadas de los ajedrecistas –mayormente hombres de la tercera edad– que se reunían y reúnen en el club que lleva el nombre de la serie. Estos últimos sirvieron de inspiración a la cineasta Natalia Santa para construir los personajes y el guión de su película La defensa del dragón, presentada en el Festival de Cine de Cannes en 2017.

En Sabana, el fotógrafo se dedicó a fotografiar las cercanías, las llamadas goteras de Bogotá, en los inciertos y apesadumbrados días de pandemia. A contracorriente, y a diferencia de lo que un fotógrafo convencional haría al encarar el tema, Herrera se autoimpuso una dificultad para lograr un resultado: usar una cámara digital instantánea, descendiente directa de la legendaria Polaroid, con todos los retos que el formato impone: blanqueamiento y aplanamiento de los colores, simplificación de los planos, pérdida de detalle; en suma, un añejamiento inmediato de la imagen al capturar los cerros, potreros, humedales, las siempre presentes hileras de eucaliptos y manchas de bosque, y los hermosos e inigualables fenómenos lumínicos del altiplano.

Así, sus paisajes recuerdan a los de la llamada “Escuela de la Sabana”, término con el que se agrupó a los pintores que, entre inicios y mediados del siglo XX, dedicaron sus días a recrear los mismos escenarios. Aprovechando las limitaciones de su cámara instantánea digital, Herrera realizó una serie de tomas editadas posteriormente, actuando –sin proponérselo–, como los paisajistas sabaneros, que tomaban impresiones al aire libre –en libretas de dibujo y cartones, con lápices y acuarelas–, creando aproximaciones a la obra por desarrollar en la tranquilidad del estudio. Herrera hace lo mismo, trabaja la imagen capturada, no con la intención de “mejorarla”, sino con el propósito de aprovechar al máximo sus capacidades expresivas, sin “traicionar”, por así decirlo, la azarosa calidad del original. Para el fotógrafo, como para los pintores, hacer un paisaje es un ejercicio creativo que opera entre lo capturado (el boceto del pintor, el instante decisivo del fotógrafo); lo recordado (la impresión subjetiva guardada, y que incluye lo que podríamos calificar de “extrafotográfico” –el frío de la madrugada, el olor del campo, el trino de los pájaros al amanecer–) y lo deseado (el resultado que se moldea en la intimidad del estudio).

El resultado es sencillo, sublime, como el de sus predecesores, pero, a diferencia de estos, Herrera presenta la sabana de Bogotá hoy, en su acelerado proceso de poblamiento e industrialización. Es su deterioro lo que le inquieta, y las imágenes transmiten un sentimiento de pérdida que se expresa en los signos evidentes y los más cifrados: las cruces del cementerio abandonado, que se vuelven a encontrar en las hileras de postes, estos últimos símbolos del progreso y del correrle la cerca a la frontera agraria; los caminos que no sabemos a dónde conducen; las estructuras industriales abandonadas, las carreteras envueltas en la bruma, los campos sombríos o fríamente deslumbrantes.

Como lo mencioné antes, son paisajes realizados durante la pandemia y, así, opuestos diametralmente a los optimistas cuadros de los pintores sabaneros del siglo pasado. Estos recuerdos de luz, estas luminosas miniaturas de lo incidental, dedicadas a la sutil atmósfera de la planicie andina, nos presentan la vida como un acertijo, una suma de indagaciones que admiten errores e incertezas y, en su melancólica belleza, dan cuenta de que Iván Herrera es antes, o después de todo, un fotógrafo “au plein air”.

Iván Herrera, por Santiago Rueda | artnexus