La Juan Carlos Maldonado Art Collection (JCMAC) (Juan Carlos Maldonado Colección de Arte) es reconocida por la calidad de sus piezas y la coherencia de su conjunto. En sus inicios, su perfil se orientó hacia el estudio de la modernidad latinoamericana, focalizando su interés en los movimientos que definieron la vanguardia abstracto-geométrica del continente. Posteriormente, las indagaciones en el arte geométrico llevaron a una reconsideración de este perfil, que se vio ampliado con la incorporación de obras de artistas modernos de otras latitudes y de creadores contemporáneos que exploran y actualizan los lenguajes derivados del geometrismo.

En 2018, JCMAC adquirió una importante colección de objetos elaborados por el pueblo indígena Ye’kwana, la cual había sido recopilada y conservada por el reconocido naturalista y explorador venezolano Charles Brewer-Carías. Las razones que sustentaron la incorporación de este conjunto de objetos “antropológicos” a una colección de arte fueron expuestas en 2019 por Ariel Jiménez, curador de la colección, en la muestra “Convergencias/Divergencias”. Allí se exhibieron más de cuarenta cestas Ye’kwana, junto con obras de Max Bill, Carmen Herrera, Sol Lewitt y muchos otros. Para Jiménez, la sensibilidad moderna es bifronte: da una cara al futuro, en su anhelo de progreso tecnológico, pero su otra faz apunta al pasado, a las fuentes “primitivas” que suponen el reducto primordial de lo esencialmente humano.

La exposición “El universo Ye’kwana/Vivir en medio de la selva” profundizó en este reciente núcleo de la colección, conformado por cestas, tallas en madera, vasijas, armas, indumentaria e instrumentos musicales. La muestra incluyó, asimismo, una serie de imágenes que la fotógrafa suizo-venezolana Bárbara Brändli (1932-2011) captó durante los viajes que realizó a las cuencas del alto Caura y el alto Orinoco en la década de 1960, en los que registró la vida de diversas etnias allí establecidas.
La exposición fue organizada en dos grandes bloques temáticos: el primero, agrupó aquellas piezas y fotografías que dan cuenta de los modos de subsistencia de los Ye’kwana en un medio absolutamente natural. El segundo, reunió objetos, imágenes y sonidos relacionados con la vida espiritual de los Ye’kwana.
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La vida material de los Ye’kwana
Asentados en el sur de Venezuela y en el norte de Brasil, los Ye’kwana se agrupan en pequeñas comunidades que viven de la caza, la pesca, la recolección y el cultivo de algunas plantas, de las cuales la yuca es la más importante. De hecho, el “gran ciclo de la yuca” rige la vida de la población, ya que este tubérculo y los alimentos que de él se derivan –como el casabe o la bebida llamada yukuta– constituyen su dieta básica. El ciclo comienza con la siembra, a la que le siguen la recolección, el rallado, el prensado de la yuca para extraerle el veneno, el cernido y la elaboración de alimentos y bebidas. Todos estos pasos fueron mostrados a través de diversos objetos. En cestería encontramos los Manádes, cestas circulares usadas para cernir la yuca rallada; las Wuwas, únicas cestas tejidas por mujeres, empleadas para cargar la cosecha; los Kangwas o Amatos, cajas tejidas utilizadas para guardar objetos valiosos, como collares y plumas, y las célebres Wájas, bandejas circulares en las que se sirve el casabe. Estas poseen diseños geométricos referidos al universo mitológico de los Ye’kwana.

Las fotos de Bárbara Brändli también hablan de este proceso: una mujer finamente iluminada batiendo la harina en un manáde, o un hombre sentado sobre la palanca del sofisticado mecanismo diseñado para extraer de la yuca sus componentes tóxicos. Es justamente el Téngkui o Sebucán el instrumento usado para este fin. Es una cesta cilíndrica de complejo tejido, que se elonga y estrecha para exprimir la yuca. También se exhibieron tarádes o rallos realizados con madera y puntas de jaspe, vasijas de barro y los A’tteis, bancos tallados en madera con formas esquematizadas de animales, usados para sentarse. Además, se mostraron instrumentos para la caza –mazos, cerbatanas, flechas– y la pesca –remos y diversos tipos de cestas y redes, como los Fhuáhis y los Mudois, que son trampas para peces–. Las fotos de Brändli mostraron vívidamente estas tareas: un niño jugando con un pequeño arco, jóvenes cazadores ante el majestuoso paisaje, o un cazador tensando un arco que lo supera en tamaño.
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El mundo espiritual de los Ye’kwana
La mitología y religiosidad Ye’kwana –llamada Watunna– son complejas e inmensas, por cuanto este pueblo entiende que cada cosa, persona o elemento de lo “real” está regido por una fuerza sobrenatural a la que se debe acudir y considerar antes de acometer cualquier acción. Este permanente diálogo con lo invisible se lleva a cabo a través de cantos rituales, hierbas mágicas, rezos y pinturas corporales.
Las sintéticas líneas de un Setawa-Kaliana, o Pensador –talla en madera que representa a un hombre sentado en cuclillas–, marcó la entrada a esta parte de la exposición. Sonidos grabados en la selva amazónica venezolana hace sesenta años acompañaron este recorrido, recordándonos que muchos ejemplos de la música Ye’kwana han desaparecido. Instrumentos musicales, como flautas hechas de bambú y pequeños tambores, van al compás de cantos y danzas que, en su mayoría, narran episodios de la Watunna. Impresionaron algunos objetos de indumentaria ritual, como el Dukuádi-Yédi-Sabíya, un collar de un metro de largo hecho con dientes de báquiro atados a una cuerda de algodón, que perteneció a un famoso capitán Ye’kwana, o el sorprendente conjunto de coronas de pluma o Fhémis, utilizadas como parte de la indumentaria ceremonial solo por las personas más importantes de la comunidad.

“El universo Ye’kwana/Vivir en medio de la selva” contó con la curaduría de Ariel Jiménez y la siempre atinada museografía de Rafael Santana. Fue una muestra inteligente y sensible que nos permitió no solo conocer la vida, las costumbres y creencias de este pueblo, sino su intensa conexión con la naturaleza, a la que respetan, valoran y honran en sus aspectos materiales y cósmicos. Fue, también, una apelación a reconsiderar los saberes ancestrales a la luz de nuestra desconexión con el planeta y el palpable deterioro del medio ambiente que esto ha causado.
* Foto: Rafael Guillén.

