La tapa del último e iluminador ensayo de Elena Oliveras, La metáfora en el arte (Paidós, Buenos Aires, 2021), está ilustrada con una vista de la instalación de Eduardo Basualdo Teoría. La cabeza de Goliat. En ella, una enorme y enigmática piedra negra está a punto de caer desde lo alto. ¿Remite al texto de igual nombre de Ezequiel Martínez Estrada, a la pintura de Caravaggio? ¿Es una metáfora de la fragilidad del ser humano? Precisamente, el libro de Oliveras discurre sobre ese “elemento constitutivo de la obra de arte” que permite “ver una cosa en otra”. Descubre ese espacio de incertidumbre que es el arte actual e interesa, incluso, para visitar la muestra de Eduardo Basualdo (Buenos Aires, 1977), también miembro del colectivo multidisciplinario de experimentación artística Provisorio-Permanente, con quien comenzó a ser conocido en 2004.
La magnífica exposición individual “Pupila” integra y sobresale entre las exposiciones que, con artistas emergentes y consagrados, reflexionan acerca de experiencias, identidades, violencias, luchas, ignominias, historias de transculturaciones, en el programa anual Un día en la Tierra, aguda propuesta que suma once muestras y actividades educativas y sociales distintas en el Museo Moderno de Buenos Aires.

El espacio –físico y mental– es importante para el desarrollo de la obra del artista. Aquí se verifica esa centralidad tanto en la expresión inicial –el ojo mirando hacia adentro de la cabeza– como en el despliegue expositivo de “Pupila”, que estimula a los visitantes a realizar un prodigioso viaje por los abismos de la mente humana, por los rincones del corazón de cada uno, por la profundidad de los sueños. “En esta exposición el gesto más importante, poéticamente hablando, es la idea de cerrar los ojos y seguir mirando; de […] trabajar hacia adentro”, señala Basualdo. Y hacia afuera, tal como dicen las curadoras –Victoria Noorthoorn (directora de la institución), con la colaboración de Alejandra Aguado y Clarisa Appendino–: “el ojo del artista se vuelca hacia afuera para contemplar las mismas figuras que hasta entonces anidaban apenas en sus pesadillas en lo más recóndito de su imaginación, como si las cavernas del cerebro no pudieran ya contener ese maligno hervor. Y entiende en ese momento que esas imágenes no le pertenecen enteramente…”.
La narrativa de Basualdo fue cobrando forma durante el período más severo del encierro de la pandemia, a partir del 2020, cuando la catástrofe acechó al mundo y el artista pensaba en el libro que está escribiendo. El diseño arquitectónico de la muestra guía lentamente el paso del observador, que verá primero una sucesión de cincuenta dibujos de diverso tamaño, con elementos que remiten a obras anteriores (el cerebro, la piedra negra). Durante el recorrido, los espacios con paredes blancas o rojas se modifican. Se estrechan hasta convertirse en pasadizos, pero también se abren para revelar dos salas con sendas sombrías instalaciones, que avivan ancestrales terrores del presente y del pasado, como esa especie de monolito con el que finaliza la exposición. La obra, de la cual emana un inquietante sonido, tiene la cifra 1977 dibujada al revés. Ese año, el mismo del nacimiento del artista, fue uno de los más sangrientos de Argentina, gobernada entonces por una dictadura militar (1976-1983).
La muestra, como otras tantas, también comienza con una amenazante piedra oscura, pero esta vez dibujada y alojada dentro de una cabeza: aparece como una roca negra a punto de despedazar una casa de similar tamaño. Trazados con pastel tiza sobre papeles blancos, los pequeños dibujos tienen mayormente a la pupila como protagonista, que a veces se muestra en ojos sin rostros. Basualdo pareciera exorcizar angustiantes pensamientos, pero también condensar nociones acerca del principio y el fin, quizá querer pensar en la propia vida intrauterina en la panza de su recordada madre y en un trágico desenlace colectivo con las figuras yacentes de la anteúltima pieza exhibida, y tanto más. A través de la pupila del ojo –“el orificio y membrana a partir de la cual conocemos no solo el mundo y nuestro propio cuerpo”–, el negro más negro se adueña de algunas imágenes, se multiplica, se achica, habita el cerebro poblado por espectros y, por momentos, por otros ojos.
Tras el recorrido por las imágenes de pequeño tamaño, en una gran sala comunicada con la pieza sonora 1977, el visitante se encuentra con una imponente instalación toda negra compuesta por calcos de cuerpos recostados, vestigios de otras cosas, que revelan estragos. Construida con láminas de aluminio, la gigantesca escultura negro mate está dominada por lo que primero aparece como una ola, pero es “una figura gigante que late”, ¿un ser que vela por las figuras cubiertas como por una suerte de lodo o que causó su destrucción?
De manera simultánea con la muestra del Moderno, el artista acaba de inaugurar “Precuela”, con curaduría de Martín Craciun, en galería Walden Naturae, en Pueblo Garzón (Uruguay). Dibujos de diversas series e instalaciones buscan “retrotraerse a los orígenes mitológicos de mi trabajo... Hay un juego de tiempos, más allá del tiempo cronológico… Es una muestra germinal o de transición, antecedente de algo que no está definido”, precisa el artista. No; el proyecto no es la precuela de “Pupila”, pero tampoco su secuela. ¿Metáfora de qué? ¿Antecedente de qué? Con su talento, Basualdo pone al observador a pensar intensa y gozosamente.
