El título de la exposición de Edouard Duval-Carrié (n. Haití, 1954), “The World as I know it; Recent Works by Edouard Duval Carrie; Recent Works by Edouard Duval Carrie” (El mundo como yo lo conozco; obras recientes por Edouard Duval Carrie), revela la claridad de su mirada autorreflexiva; ese crear desde un proceso de intersubjetividad opuesta a la idea de representar el mundo conocido desde la pretensión de una objetividad que suele engendrar formas de opresión.
Este artista y curador haitiano, residente en Miami, construye, en cambio, un cuerpo de obra que interpreta y reactiva afectivamente los significados pluriculturales del mundo afrocaribeño en que nació, poniendo en escena una y otra vez la vasta corriente de sus interacciones en el complejo entramado histórico de su isla, desde un lenguaje estético conformado también con el influjo de los diversos escenarios geográficos y culturales de su vida y formación en lugares como París y Vancouver. Despliega, así, un universo cargado de símbolos espirituales que arrastra la doble e inseparable experiencia de lo biográfico e histórico: el devenir de la conformación de la identidad nacional de la primera república negra del continente, siempre acosada por los fantasmas colonialistas, se inserta en el propio desenvolvimiento de su arte, concebido como un cambiante escenario de creación, animado por la fuerza de presencias imaginarias que transforman la visión del mundo.

El panteón afrohaitiano que recobró para sí a los 16 años, cuando regresó a Haití en 1970, está habitado no tanto por las figuras tutelares del vudú, sino por un modo de imaginación que le ha servido para darle rostros y cuerpos, y un lugar en el arte contemporáneo: las inserta, así, en los epicentros de las grandes urbes subvirtiendo las narrativas dominantes. Duval-Carrié ha logrado en todo caso que convivan en su propio mundo artístico las presencias vivas, suspendidas en el tiempo, de deidades y tiranos, rebeldes y sacrificados, muertos y vivos, en una suerte de tablero mágico siempre abierto e inacabado; en una procesión continua que exalta lo popular y ritualiza lo conceptual escenificando, reviviendo y replanteando el enigma de su propia historia en los grabados, pinturas, instalaciones y esculturas de los que se sirve para desplegar una suerte de campo imantado que los –y nos– convoca.
Habría deseado construir solo con azúcar la escultura Sugar Boat, de 2017, pero las hormigas caribeñas lo hicieron desistir. De cualquier modo, su enorme barco flotante, de refulgente blanco, construido también con fibra de vidrio, no anclado, sino suspendido del techo en el espacio central en una de las salas del museo, lleva como cargamento la historia delirante de los emporios de azúcar que construyeron –sobre los esqueletos amontonados de los esclavos– una riqueza colosal en los últimos tres años de la colonia francesa y luego se fueron desmoronando. Su instalación cuenta una historia de la que no hay registros ni documentaciones, pero que forma parte de ese otro modo de memorias borrosas y, no obstante, no solo presentes, sino compartidas colectivamente, a las que Duval-Carrié acaba por dotar de una forma. De sus esquinas esculpidas en forma de estrellas penden anémonas, exactamente como las que suelen adherirse a los barcos hundidos, y, de este modo, revelan el enigma de su instalación. Esta pieza, que emula lo ornamental, lejos de hablar del lujo que rodeó al comercio de azúcar, es una metáfora del hundimiento de los proyectos de explotación colonialista, y flota en el espacio con su engañosa forma lúdica para desplegar su advertencia.
La presencia fantasmagórica de este barco hundido está rodeada por la serie de personajes delineados en blanco con la técnica de punta seca sobre superficies de vidrios de azul intenso o púrpura, que a su vez perviven confundiendo tiempos y estratos de realidad. Son obras monocromáticas, que tienen antecedentes como los trabajos en papel Maison Brulant (Casa en llamas), de 2006, que, como puntualiza Edward J. Sullivan, incluían puntos y círculos similares a los dibujos que, en el suelo de los templos de vudú, crean escenarios para la llegada de los espíritus. Sus retratos imaginarios de deidades del vudú como Aizan, figura protectora del comercio, de Ogoun, el guerrero, o del cornudo Bossou, acompañan los retratos de figuras como el héroe Jean-Jacques Dessalines y tienen tanto una relación con esa historia de Haití que le reveló a Alejo Carpentier la comprensión del realismo mágico, así como con el espíritu libertario de la Carta de Jamaica, pero son ante todo una iconografía íntima. Todas estas obras se extienden tomándose por completo el marco, de tal modo que, más que contener las presencias representadas, las protege y completa: acaban por configurar una práctica que claramente desborda los límites de la representación para transformar de raíz el espacio.
El artista es magistral en la construcción de atmósferas de otra realidad, que, en última instancia, constituyen una toma de posesión de espacios y un movimiento de contracolonización. Ha convertido el Coral Gables Museum en un mar fantasmagórico, donde navega por encima del tiempo su barco de azúcar, y ha llenado sus paredes de demonios, deidades y héroes que una vez fueron esclavos y que, desafiando las narrativas históricas, abren un pasaje de conexión entre el África esclavizada y la América contemporánea. No hay que olvidar que los vidrios y espejos son superficies de comunicación entre mundos, y por eso no extraña la aparición de una llave tridimensional y transparente materializada sobre uno de estos retratos realizados por el artista, que incesantemente experimenta en los últimos dos años: Edouard Duval-Carrié crea con la conciencia subjetiva de que sus criaturas atraviesan los límites de la representación, constituyen pasadizos de conexión e invierten el orden de las realidades.
* Esta exposición fue posible gracias al apoyo de Roberto Borlenghi y Pan American Art Projects.
ADRIANA HERRERA
