“Solar Storm: tormenta solar”. Así se titula la primera exposición monográfica en Francia del artista cubano Dagoberto Rodríguez, en la recién inaugurada galería Peter Kilchmann, en París. Presentada del 18 de febrero al 15 de abril, esta muestra es solo la segunda de la ubicación parisina de la galería suiza, la cual abrió sus puertas en otoño pasado. Una señal fuerte de apoyo al artista cofundador del colectivo Los Carpinteros (Cuba-Madrid, 1994-2018): desde que se disolvió el grupo, Peter Kilchmann decidió defender la obra de Rodríguez, organizando una primera exposición monográfica en 2019, en Suiza. Para la primera muestra solo del artista en Francia, estos tres meses son estratégicos, para una presentación en momentos imperdibles del arte como la feria Art Paris.

Esta exposición se articula en cuatro capítulos, todos interrelacionados.
La apertura es una instalación de cascos de aluminio colocados, equidistantes, sobre una repisa blanca, en fila militar. Estos, nos explica el texto de sala, son reproducciones a cabalidad de los del uniforme antimotines de la Policía Nacional Española. Interesante elección para esta exposición francesa: ante una escalada de la violencia policial, el que fuera bautizado hace décadas “el país de los derechos humanos” ha sido vehementemente denunciado por sus repetidas violaciones a los derechos humanos. Los uniformes de las fuerzas policíacas, cada vez más resistentes y más agresivos, son el símbolo exterior de la tensión social que, a veces, toma aires de guerra civil. NIDEC CSC10: al teclear este oscuro título de pieza, el motor de búsqueda nos remite inmediatamente a una página comercial, la de la empresa NIDEC, “Fabricantes y distribuidores de material de seguridad privada, pública y Ejército”. Asimismo, el modelo de casco CSC10 se ubica en la categoría antidisturbios, y se puede adquirir por la módica suma de 129,99 € en los cuatro colores primarios, así como en blanco y, más clásicamente, en negro. Rodríguez nos provoca: en la sociedad del libre consumo, cualquier ciudadano se puede transformar en máquina de guerra, por un precio razonable. El reflejo distorsionado del espectador en la superficie del casco nos interpela directamente: ¿quién eres, tú, ante esta situación? La poderosa instalación escultórica se presenta frente a dos piezas pictóricas, un óleo y una acuarela, que representan, ambas, tanques militares (Tanque ruso y Tanque ruso IV). La técnica impecable está aquí puesta al servicio de reproducciones de fotografías de reporteros de guerra en Ucrania. Ambos tanques aparecen inservibles, uno volteado, el otro simplemente destrozado. Obras que subrayan la relatividad del poder militar, así como el miedo exacerbado que pretende protegerse detrás de artificios técnicos, más vulnerables de lo que parece.
La sala siguiente presenta cuatro acuarelas, figurando maquetas urbanísticas construidas con piezas de lego®: edificios y calles, todo muy bien organizado, con la monotonía de los trozos fabricados en serie: misma forma, mismo color, encastrables al infinito. Tres de las acuarelas representan campos de refugiados: uno en Jordania, otro en Grecia; el más grande en Bangladesh. La última obra representa La Habana Vieja; única referencia directa a la patria natal de Rodríguez. De tamaños variables –me explican que el tamaño de la obra es relativo al tamaño real del campo–, las piezas son tituladas de forma prosaica: Moria Refugee Camp, Rohinyia Refugee Camp, Zaatari Refugee Camp. De hecho, la obra de La Habana sigue el mismo patrón (Havana Refugee Camp I): ¿Y acaso el malecón de La Habana no se asemeja a un campo de la infinita espera? Ante la crisis económica, social y política, la capital cubana se ha transformado en una ciudad de tránsito –a veces eterno– de cubanos esperanzados con hallar asilo en otra realidad, soñada, fantaseada, más allá del mar.
A partir de la tercera sala, Dagoberto Rodríguez nos lleva a otra realidad. La espera de los campos de refugiados no desemboca en algún “mundo libre” o “sueño americano”, pues ya vimos que Occidente mismo está carcomido por la guerra y la violencia, provocando, también, estos mismos campos de refugiados, serpiente que se muerde la cola sin cesar. No, no hay alternativa en este mundo, exclama Rodríguez. Si hay que buscar refugio, nos explica con cierta ironía, es en Marte. Dos óleos y una acuarela, todas obras de gran formato, representan robots que exploran esa otra tierra posible de nuestro sistema solar. Elaboradas en 2023, son la serie más reciente del artista. Jezero Crater, Bagnold Dune, Perseverance: símbolos, quizás, de la tendencia humana a buscar fuentes de vida, de esperanza, siempre más lejos de su realidad: en vez de intentar cambiar nuestro entorno, nos volcamos irremediablemente hacia otros mundos, atraídos por una descorazonada ilusión de recomenzar todo desde cero, donde, en algún tiempo, hubo quizás vida. Sin embargo, ¿no será también un guiño al nombre de ese planeta que tanto nos hipnotiza? Marte, el dios de la guerra, sigue jugando con nuestros egos, y para representar ese juego, Rodríguez lo representa con sus legos.
La exposición finaliza en una pieza explosiva: un video de animación 3D, que da el título a la muestra, reproduce una tormenta solar. Si bien nuestra estrella es, para la humanidad, el magno símbolo de estabilidad y predictibilidad, el artista decide mostrarnos su vida. Asimismo, empezamos con una vista global del Sol, y poco a poco el video nos va acercando a su magma hasta adentrarnos en él: desde el interior, es mar de fuego tormentoso, con kilométricos disparos de magma. Estas tormentas se producen cuando el Sol libera repentinamente la energía que ha ido acumulando en su atmósfera. ¿No será, más que una amenaza, un reflejo de lo que vivimos continuamente en las sociedades que hemos inventado en nuestro planeta?
CHRISTINA CHIROUZE
