La exposición de Cynthia Gutiérrez en el MACG es un inteligente y crudo enfrentamiento con la realidad, cuyo título nombra “Habitar el colapso”. Cuestionamientos sobre la evidente intrascendencia actual del “monumento” –en su más amplia interpretación– como conjuro “oficial”. Su caduca y dudosa asignación de poder, reverenciada presencia e incorruptibilidad histórica emana de cada obra con singular resonancia propia. Algunas veces sutil, como los tímidos acordes de una orquesta afinando. Otras, tan potente como el acorde fundante con que inicia el segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven, el cual convoca ensordecedoramente una fuerza capaz de convulsionar la Tierra hacia el derrumbe de todo lo que sobre ella se ha querido creer inamovible.

Orquestada por Víctor Palacios (curador del Museo Cabañas), la muestra reúne trece piezas de técnicas, materiales y complexiones variadas, todas rondando los intereses que han guiado el trabajo de esta reconocida artista mexicana. ¿Cómo se fraguan la memoria, la historia, el olvido, la identidad, personal y colectiva? Pero, más importante, ¿cómo reconfigurarles?
Gutiérrez revisitó los últimos siete años de su cuerpo de obra y creó nuevas piezas –en su mayoría, conjuntos objetuales– que dan cuerpo a una sólida afirmación de sus procesos e intereses cervales, que a su vez se abren como invitaciones a obras futuras al presentarse como interrogaciones latentes. Sepulcros modernos I-XV (2019-2021) es un sólido ejemplo en factura y apuesta conceptual. Metaforizando las convencionales bases museísticas en blanco inmaculado, Gutiérrez las secciona en cortes transversales angulares para sustraer partes de esos bloques y, en su lugar, insertar amalgamas de textiles recortados de vestimentas tradicionales de origen indígena, tanto de factura manual –telar de cintura y de pedales– como de factura industrial, logrando intervenciones cuyas profundidades formales y espaciales semejan vetas en texturas multicolor cohesionadas al tamaño y corte de cada base. Usualmente utilizadas como soporte escultórico, las bases transfiguran su anónimo sentido utilitario en una presencia que deviene innegable al compactar-hasta-deshilar la arbitraria distinción arte/artesanía entre incontables capas que claman las manos las crearon, injertos de aquellas otras historias “menores”, actualizando su urgencia de visibilidad.
Aliento suspendido (2016) despliega un lúcido horizonte visual e intelectual. De lejos, sobre uno de los muros más largos de la sala, observamos una sucesión de pequeños cuerpos irregulares, como notas suspendidas en un flotante pentagrama imaginario. Son 130 fragmentos en bronce que, al acercarnos, distinguimos como pedazos de representaciones de alas. Alas de águilas quebradas; despojos de una grandilocuente continuidad simbólica. De sobra es sabido que el águila ha figurado en emblemas e insignias en todo el mundo a lo largo de la historia, incluida la efigie de la bandera de México. Sin embargo, los trozos-alados de bronce puntualizan un horizonte incierto, y con él, su sentido y permanencia. Recorriendo lentamente en paralelo la única línea del pentagrama invisible, cada cuerpo roto parece sostener el mismo tono, insistente, preguntándonos qué tan vigentes, si tales, acontecen uno a uno los historicistas ideales/idearios de nación, imperio, poderío, imposición.
Aun cuando cada una de las obras reunidas en esta exposición precisa una atenta y detenida reflexión, la pieza que a mí parecer profesa con una embelesadora elocuencia las interrogantes ante las que el trabajo de Gutiérrez nos confronta –como si ansiara despertarnos de un pasado vejado hacia una conciencia presente, activa– es un dibujo a lápiz sobre papel algodón, titulado Nebulosa V (2016). La obra más “silenciosa” de la muestra expone la sencillez de su complejidad, un dibujo delineando en delgados trazos de grafito, límites de formas imprecisas. Sobre él reposan los registros en superposición de los contornos de los 130 pedazos de alas en bronce. Sus quiebres-en-silueta suman su temporalidad en capas hasta desaparecer como unicidad, conformando un solo cuerpo, donde el inicio y fin de cada contorno acontecen indistinguibles. Sumándose en una especie de borroso desdoblamiento de una misma figura(ción), la delicada textura de este remanso visual sugiere –ad infinitum– prefiguraciones entre las que, sí, parece posible habitar el colapso.
