El 18 de abril del 2004 un grupo de alrededor de cincuenta paramilitares llegó a Bahía Portete, territorio ubicado en la Alta Guajira. Con lista en mano torturaron y mataron a seis mujeres pertenecientes a distintas familias wayúu y desaparecieron dos niñas que siguen sin ser encontradas. El motivo del ataque fue apropiarse de las rutas de navegación de un puerto manejado por las familias cuyas mujeres, figuras prestantes de la comunidad, fueron asesinadas, lo cual generó el desplazamiento de cuatrocientas personas. La masacre fue planeada por Rodrigo Tovar, alias Jorge 40, guiado por un wayúu, Chema Bala, que los traicionó.
El nombre de la muestra responde al uso del verbo en latín deserere, que significa olvidar, abandonar, y refiere al desierto, característica geográfica de ese territorio de la Costa colombiana. Y nuevamente Echeverri basa su investigación en sucesos que en muchos casos quedan en el olvido, ya que, al no tener suficiente difusión en los medios, se terminan desconociendo. Son hechos ocultos que la artista cuenta desde el arte. Para hacerlo, recorrió el escenario de la masacre, se conectó con las ruinas, huellas físicas que testimonian lo ocurrido; dialogó con sobrevivientes, observó cómo, a pesar del tiempo transcurrido, las heridas no cicatrizaron; es un pasado que sigue estando en la memoria, y sigue siendo motivo de conmemoración y del temor de que son hechos que pueden repetirse.
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La investigación que hay detrás de la videoinstalación significó para la artista varios años de trabajo para poder establecer contacto con la comunidad wayúu. “El contacto con el pueblo wayúu me permitió reconocerlo fuerte y potente, protectores de su lugar, claros en posturas que responden a su tradición. Viven entre mitos y símbolos depositados en su geografía natural y en la actividad cotidiana. La mujer wayúu sostiene el ritmo de una sociedad matrilineal, dirime conflictos y lidera la vida de la comunidad con una autenticidad que sobresale frente a la estructura patriarcal de la sociedad colombiana”.1
Las mujeres tienen un papel importante dentro de los diversos clanes existentes, son conductoras y organizadoras en esa estructura, y son autoridades femeninas las que representan a su pueblo en diferentes funciones. Su indagación en el lugar la enfrentó a personas y familias totalmente fracturadas por una masacre que se hizo con sevicia, asesinato que se convirtió para los wayúu en un acto atroz e incomprensible. Los pobladores abandonaron el lugar y se produjo un fuerte estallido social, y la masacre fracturó el tejido social, como consecuencia de esa violencia. Es importante tener en cuenta que sus rituales de duelo tienen una compleja estructura. En su cultura se realizan dos velorios; el primero no es una despedida final, sino que años después se realiza la segunda y definitiva: es cuando el alma del muerto llega a las puertas de Jepira (tierra de los muertos). Su interrupción indefinida, como en el caso de las mujeres asesinadas, por la “ausencia de los cuerpos profanados, así como la agresión premeditada contra las mujeres, en cuanto líderes y mediadoras espirituales, suspende la posibilidad de restablecer el equilibrio. La tortura, humillación y desaparición de los cuerpos de las mujeres wayúu por la masacre de Bahía Portete implica la rasgadura radical del tejido de la comunidad que resquebraja el orden profundo de este mundo”. 2
La obra comienza antes de entrar a la galería; una animación cuadro a cuadro en dibujo se proyecta en cuatro monitores sobre una de las ventanas exteriores. Las imágenes preanuncian la tragedia con la presencia de personajes que recorren la silueta de la península de La Guajira hasta llegar a Bahía Portete. Figuras sigilosas, intimidantes, aniquilan con sus armas, apareciendo los rostros de algunos de los responsables de la masacre, como presencias invasivas que nos observan, y el territorio se cubre de una densa oscuridad que anuncia la destrucción.
Entrar al espacio enfrenta al espectador a una videoinstalación con trece proyecciones que recorren los tres pisos de la galería. Las situaciones, los personajes, se suceden sin apelar a una actitud de lamento; la obra testimonia una realidad decantada donde dialogan paisaje, habitantes, sonidos. Son escenas que ayudan a reconstruir una memoria desplazada, y no hay duda de que allí hubo un acto violento. Las imágenes muestran que los hechos y el dolor siguen estando allí; no pueden ser borrados.
La videoinstalación nos enfrenta a cómo podemos aproximarnos a una memoria que se relaciona con el desierto y el viento que lo recorre. Ese viento que está siempre presente y que, de acuerdo a los wayúu, trae y lleva orientaciones, convertido en un sonido protagónico que con su presencia acompaña las danzas, los tambores, las palabras, las voces de las mujeres sobrevivientes, sus vestimentas rojas, pero también el ruido ensordecedor de los motores de las camionetas de los paramilitares que atraviesan el desierto presagiando la muerte, y es un niño con su burro el testigo de su llegada. El trabajo de edición realizado por Clemencia Echeverri tiene la agudeza de poner a dialogar imagen y sonido dándole al viento el protagonismo que tiene como fuerza mitológica que interviene tanto en el territorio desértico como en la cotidianidad de quienes lo habitan. Y tiene la capacidad de ir más allá de mostrar al mundo wayúu nuevamente como víctima de la violencia. El manejo de las imágenes y del sonido logra aproximarnos a elementos culturales claves de su cotidianidad como la significación de los sueños, la presencia de las matronas que conservan y transmiten los relatos ancestrales, y la intención de rescatar memorias, acercándose con mucho respeto a unos lugares donde, pese a la violencia, hay una comunidad que conserva su tradiciones y resiste.
NOTAS
1. Clemencia Echeverri “Deserere”, catálogo de la muestra, 2022, Bogotá.
IVONNE PINI
