A partir del 20 de octubre y hasta el 19 de noviembre de 1993, Vicente Rojo exhibió varios ejemplos de su anterior serie Códices, así como las primicias de su serie Escenarios, en una exposición que llevó el título de esta nueva serie. Cabe destacar, con motivo de esta individual de Rojo, una constante que ha caracterizado su actividad artística: él forma parte de la generación de autores neovanguardistas mexicanos que definieron sus opciones de estilo individual a partir de la segunda mitad de los años cincuenta, por lo que comparte con todos ellos un loable afán por la innovación constante. En muchos casos, sin embargo,—y no sólo en el medio cultural de México—, aquel impulso generador de propuestas originales devino casi un obstáculo para la maduración de las aportaciones visuales que a partir de aquella época han sido producidas.
Algunos autores consideraron culminantes algunas de sus soluciones primeras y a partir de aquellos momentos han usado repetidamente ciertos resultados que entonces consideraron exitosos. Otros autores, en cambio, rehuyeron la posibilidad de estabilizar sus lenguajes y optaron por la vía de las indagaciones visuales interminables, actitud que en ciertos casos los ha llevado a considerar todas sus ocurrencias como valiosas. Rojo, en cambio, eligió una ruta más sensata: la del trabajo por series, lo cual le ha permitido explorar a profundidad sus propuestas visuales hasta el momento en el que él decide si las ha desarrollado ya suficientemente, y la misma que le ha permitido, además, continuar fielmente por el camino de la innovación incesante.
El reto del trabajo por series es bastante severo y Vicente Rojo ha sabido resolverlo con acierto. En las obras de sus series Códices y Escenarios resalta la determinación e incluso el atrevimiento con los que emplea sus soluciones formales, compositivas y cromáticas, pues estas actitudes artísticas le resultan indispensables para impedir posibles reiteraciones indeseadas dentro de este sistema de trabajo. Uno de los atrevimientos enunciados es el de elaborar piezas que, por el hecho de estar resueltas con base en redes compositivas y por el hecho de contar con elementos formales que resultan visualmente truncados por los límites de los soportes pictóricos, parecería que continuaran más allá de tales límites. La citada actitud resulta atrevida si se recuerda que no fue sino hasta su conocida serie México bajo la lluvia (que él trabajó durante la década de los ochenta) que Rojo comenzó a aprovechar la sensación de continuidad fuera del formato de la obra, sensación que crea al cortar visualmente sus elementos formales y sobre todo si se recuerda que una de sus constantes estilísticas fue, en series suyas previas a la de los ochenta, el centrar y hasta enmarcar con un borde visual dentro del perímetro del cuadro sus componente formales.
En las obras con las que Rojo integró Escenarios se advierten esos rasgos de auténtica madurez estilística a los que no todos los artistas llegan a tener acceso: el del alejamiento de la ortodoxia autoimpuesta, el del libérrimo empleo del repertorio técnico, el de un cierto desenfado—no por ello irresponsable— como ocurre en la serie de pequeños bocetos o ensayos que, con el resto de su individual, Vicente Rojo exhibió en 1993 en la galería López Quiroga.
CARLOS BLAS GALINDO
