Es difícil evaluar una quijotada como la que realizó Gary Nader el pasado enero, paralelamente a la Feria de Arte de Miami. Después de aplaudir sus agallas, su organización y su esfuerzo, sólo es pertinente esperar que esta subasta, que se realizó en el Hotel Intercontinental de Miami, se consolide o se diluya. Suponer cualquiera de estos desenlaces sería prematuro, como precipitado sería pensar que los resultados obtenidos por las obras ofrecidas nos autorizan conclusiones relevantes con respecto a su situación de mercado. No sólo la juventud del evento, sino su carácter periférico impidieron un comportamiento lógico de la demanda. A esto debe sumarse la monumental cantidad de obras, que se exhibían en esos momentos en la ciudad, repartidas entre las galerías locales y las concentradas en la Feria, y el fenómeno conocido de que a toda reunión de coleccionistas se suman un sinnúmero de marchantes con portafolio en mano.
De hecho, si no se hubiera tenido la precaución de establecer reservas bajas frente a estimados relativamente altos, lo negociado hubiera sido poco. No se vendió un 39% del catálogo, mientras otro tanto se fue sin alcanzar su estimado menor, lo que probablemente sea un reflejo del porcentaje de curiosos, que asistieron esa noche, en relación a los verdaderos compradores; esto provocó que la mayoría de las piezas de grandes maestros no dieran con un nuevo dueño, siendo las más interesantes los Lam y los Matta (que además son una especialidad de los Nader): el record fue para La Lumière Noire del chileno, un lienzo de 1943 que en 230 mil dólares fue una excelente compra (y una de las dos paletas que se levantó por encima de los 5 dígitos).
También fue notable la cantidad de obras que recordábamos de las subastas neoyorquinas—incluso recientes—y de los acopios Nader. ¿Cuán recomendable es que un evento de este tipo lo realice una galería, involucrando directamente sus intereses y restando confiabilidad a la selección y a las cotizaciones? En este sentido no sé si fue buena idea incluir una cantidad inusitada de nombres que no han ingresado aún a las subastas mayores, lo que denota el gusto personal del organizador y la promoción de sus representados, tal fue el caso del contingente dominicano. Esto provocó que artistas locales fueran objeto de situaciones aleatorias. Botello, por ejemplo, fue defendido hasta el exceso por los puertorriqueños, mientras los compatriotas de Sinclair y Trujillo los dejaban al garete. Si hubiese que hacer diferencias nacionales, valdría decir que parte del éxito se debió a la acogida de los coleccionistas de arte cubano, mientras que la demanda mexicana se quedaba más bien impávida. Debería intensificarse la presencia de artistas contemporáneos cercanos al llamado mainstream, que fueron la ausencia más notable (Kuitca, Duelos, Jaar, Cemin, Vaisman, etc.) tal vez ellos no corran la suerte de Bedia, cuyo Techo sin límite, una de las buenas ofertas, pasó desapercibida. Una revisión del catálogo no autoriza mayores conclusiones, pero una revisión de los precios por los que una serie de obras cambiaron de manos permite asegurar que esa era una noche para aprovecharse. Si se equilibra mejor la oferta entre consagrados y contemporáneos y entre valores locales e internacionales, es posible que en esta subasta los participantes superen a los espectadores. Lo que Nader y su colaboradora Mariangela Capuzzo pretenden es hacer de Miami la capital del arte latinoamericano. Se trata de una especulación con respecto a las perspectivas de esta ciudad en el contexto internacional, arriesgada apuesta que esperamos que prospere.
KLAUS STEINMETZ
