Otrosabr 1994 - jun 1994· Por Sofía Ímber

Sofía Ímber

Reconocimiento

El siguiente discurso lo pronunció Sofía Ímber con motivo de la entrega del Doctorado Honoris Causa, que le otorgó la Universidad Nacional de Colombia en noviembre de 1993. Sofía Ímber es periodista, directora y fundadora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, ahora Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber, que alberga una de las colecciones más importantes de nuestro hemisferio. El presente texto nos permitirá conocerla mejor.

Nota de la Dirección

El Doctorado Honoris Causa otorgado por la Universidad Nacional de Colombia tiene tantas implicaciones y suscita, al propio tiempo, tantas reflexiones que bien vale la pena considerar que este es un gran momento en mi vida. He hecho un esfuerzo considerable para aislar lo emotivo de lo reflexivo, para verme con objetividad, situándome un poco a la distancia, como si persona y obra fueran o pudieran ser entes diferentes, quizá aislados, pero objetivamente diferenciados. No podría esperar más de lo que ustedes me ofrecen, pues me honran por algo que he considerado, desde siempre, mi principal deber. En efecto, la permanencia de un trabajo en el periodismo y la comunicación, y mi lucha cotidiana a favor de los Derechos Humanos y los valores democráticos, no han sido en mí más que el resultado de mi obligación y contribución como ciudadana de una Nación Democrática. Gracias, muchísimas gracias por su generosidad.

Como la vida de cualquier ser humano, la mía está llena de contradicciones, de altos y bajos, de triunfos y tragedias, pero quizá quede como balance final mi obsesión por la comunicación y la libertad de expresión como únicas vías para alcanzar la madurez democrática de los pueblos. Así también, he dedicado mi trabajo al arte y a la cultura, con la más absoluta convicción de que nada juega un papel más trascendente en las sociedades que los valores del espíritu y el disfrute de sus inmensos dones. En ese sentido he sido una persona afortunada, porque he trabajado siempre en el mundo de la cultura y porque he disfrutado del privilegio singular de ver, contemplar y tratar de comprender los frutos de la creación humana. Como reportera o como columnista, como lectora ensimismada y entusiasta o como Directora de un Museo, no he tenido otro norte en la vida ni otro placer que pueda comparársele.

El placer, como todo lo humano, no viene solo; no hay disfrute sin contrapartida, no hay acción sin contradicción, y nada, como dijo el antiguo filósofo, nada humano me es ajeno; y nada me es menos ajeno que la defensa de la dignidad humana.

Si pensamos en los sistemáticos procesos de destrucción que ha sufrido el hombre a través de los siglos; si pensamos, por ejemplo, en el exterminio de una raza, en el Holocausto que inexplicablemente se cruza en la historia del pueblo judío, creo que podía acercarme a una definición de lo que he considerado como centro ideológico de mi trabajo: la libertad de pensamiento y el compromiso con la Democracia.

Si todo fuera placer individual seríamos una isla, una pequeña utopía del egoísmo. Hay un placer estético y una agonía humana que pugnan dentro de nosotros. El placer, por ejemplo, de una vieja ciudad de mil años, como Mostar en Bosnia, guardada en la memoria y, de pronto, la destrucción y el abatimiento: el trabajo de mil años, la obra que estuvo allí un siglo tras otro, como el puente serenos de Mostar por donde caminaron generaciones de generaciones, ya no está allí, ha desaparecido, se la llevó el viento brutal de la intolerancia, la tormenta de las furias y de los odios.

Así los viejos monasterios, antiguos templos medievales, de una religión o de otra, de un Dios o de otro, donde tantos entonaron cantos a su fe, donde tantos esculpieron las viejas piedras o pintaron de frescos extraordinarios sus silenciosos muros apacibles. Así Dubrovnik, así la antigua Ragusa. En Sarajevo todas las religiones tenían sus templos, como si todos los dioses se hubieran encontrado con un solo Dios. Ya no existen más, y uno se pregunta, ¿donde están los dioses? ¿dónde las creencias, la fe, la tolerancia? ¿Dónde estamos los seres humanos? Alguien habló una vez del “ocaso de los dioses”. Quizá más apropiado sería hablar del ocaso de la razón. O de algo más: de la abdicación de los grandes líderes de la comunidad internacional.

No se puede sentenciar a muerte a un escritor por lo que escriba o por lo que piense, tampoco se puede dejar que la gente muera por lo que cree o por la sangre (siempre, al final, del mismo color) que lleva en las venas. Si pienso en la antigua Yugoslavia, tierra de grandes pintores y de grandes poetas, y en la Bosnia de Ivo Andric y de sus incomparables novelas, pienso también en muchos otros pueblos donde la destrucción va borrando la huella del hombre y la huella de su creación y de su superioridad como ser humano.

Si nuestra civilización no fue capaz , a diferencia de muchas civilizaciones de la antigüedad, de crear sus propios dioses, como lo observó con agudeza André Malraux, por lo menos ha debido tener el compromiso de no destruir los dioses que recibimos como respuesta a una pregunta de siglos. Si algún fracaso puede asignársele a esta civilización tecnológica y materialista, si alguna culpa es obvia, ella se vincula con la deshumanización y con la indiferencia y con la creciente incapacidad para hacer prevalecer (respetar y guardar) los frutos de la creación humana y, sobre todo, el espíritu de tolerancia.

Han caído, en efecto, algunos muros; el de Berlín surge inmediatamente a nuestra imaginación. Sobre una de sus caras se ensayó el arte en la expresión popular del graffiti, mientras en la otra la gente se miraba como en un espejo sin luz. Pero la conclusión no parece ser digna de todo el entusiasmo que se le ha dedicado. Los muros destruidos son los muros materiales, los muros de concreto o de acero, mientras persisten los verdaderos, los muros que tienden los fundamentalismos desquiciantes sobre la mente de innumerables seres humanos. Si hacer y deshacer es una condena, no nos hemos librado de ella. Aquí radica tal vez el más complejo reto de nuestra civilización. De ahí la función y el papel del arte y de la cultura, de ahí la inmensa necesidad de la difusión de los valores del espíritu y, sobre todo, la necesidad de persuadir a unos y a otros de que tenemos un espacio y todos tenemos un templo y todos podemos tener un Dios, sin que eso signifique la muerte de los dioses ajenos. Creo en el arte como expresión del espíritu humano.

Creo en Pablo Picasso, en Henri Matisse, en Henry Moore, en Fernando Botero, en Jesús Soto, en los innumerables artistas de Colombia y Venezuela. Creo en los artistas de otras latitudes, en los artistas de Asia, del Japón, de China, de la India, en los artistas del Medio Oriente o de la Grecia clásica. Me entusiasma tanto como a Malraux o a Octavio Paz una escultura de Buda, como entusiasma tanto como a Picasso y una escultura africana. El arte no tiene fronteras, tampoco debe tenerlas el espíritu del hombre o de la mujer. A las puertas de un nuevo milenio no invocaremos los terrores ultraterrenos de otras épocas, ni el fin del mundo. Pero no escaparemos de algunas penitencias y, sobre todo, de inevitables e inútiles propósitos de enmienda. Si unos disfrutamos de los inmensos placeres del arte y vivimos rodeados de su expresión y nos encerramos tras los muros de los grandes museos, no debemos olvidar que alrededor de ellos se tejen innumerables tensiones sociales, y que no basta abrir sus puertas, que es preciso ir más allá; postular un día y otro, sin fatiga, el evangelio de la tolerancia y el evangelio de la equidad, de la solidaridad y el respeto.

Si abogamos con convicción y con pasión por la obra del ser humano y por su creación, con mayor fuerza debemos abogar, y abogamos cada día, en nuestros largos días sin reloj, en nuestras espectrales noches sin sueño, por el hombre y por la mujer, por los niños del mundo, por los muchos niños del mundo que ahora, como en la fantasmal Bosnia, la muerte los tiene cómo rehenes del duelo aterrador de la intolerancia. Abogamos, en una palabra y con una palabra simple: abogamos por la vida humana, porque ninguna causa es más primordial que la vida.

La obra centenaria de la Universidad Nacional de Colombia está enraizada en esos postulados, en la tolerancia y en la diversidad de ideas, fundamentos de la educación democrática para una sociedad democrática. Esta antigua Universidad da sus frutos espléndidos y reparte sus ramas, las ramas del grande y magnífico árbol del saber humanístico y del saber científico, que todo, al final, es uno porque todo confluye en la persona y en la sociedad. Así se crea un museo, o una escuela o un periódico.

Inmenso es el acervo cultural de los países de América Latina, desde los días precolombinos y los días virreinales hasta los contemporáneos. Colombia es uno de los más ricos y sus civilizaciones antiguas dejaron testimonios incomparables de esa riqueza. Fue rica también la época virreinal, y, sin duda, es espléndida y poderosa la expresión del genio y del ingenio de este país, su fuerza afirmativa y su vigor, su disciplina y su confianza. Difundir ese legado es un reto extraordinario y es un desafío también extraordinario preservarlo, cuidarlo, amarlo, como el fruto incomparable del espíritu de este gran país.

"Más que historiador he sido caminante y sencillo escucha por las rutas y la leyenda de mi país", dijo un gran venezolano que amaba profundamente a Colombia, en el momento en que la Academia de la Historia rendía aquí en Bogotá el gran homenaje de hacerlo miembro correspondiente. Yo no he llegado a las alturas de la historia como Mariano, pero he andado también por todos los caminos y todas las rutas como reportera apasionada que cree en la vida, que cree en la gente y cree en la amistad y en la fraternidad de países como Colombia y Venezuela. Soy reportera y también soy soldado de esa amistad. Recorro los caminos de nuestros pueblos y descubro en ellos, cada día, la expresión de la inteligencia y del poder de la imaginación. La comunicación de las ideas como mecanismo de transformación de la calidad de vida abandera mis propósitos en las diferentes actividades que ejerzo diariamente como periodista: desde los programas de televisión hasta la dirección de un Museo. En todo ello está presente la necesidad de comunicar y, quizá, por eso el Museo que dirijo revolucionó los conceptos de proyección cultural en mi país. Porque los museos son, como los periódicos, mecanismos de difusión de ideas democráticas y libertad de pensamiento creativo.

En todo momento he formulado y realizado una labor con el más amplio pluralismo y sin las nocivas discriminaciones que pretenden producir concesiones por tratarse de instituciones de América Latina. Por el contrario, el rigor y los niveles de exigencia son, para mí, universales. No tienen fronteras ni territorialidad. Ni tampoco el arte, ni sus expresiones plásticas. Por eso, tal vez, en ese mismo Museo están presentes junto a Pablo Picasso o Francis Bacon, artistas como Juan Félix Sánchez o Bárbaro Rivas, o el maravilloso Noé León, pintor de los leones poéticos y tigres franciscanos. Porque esto me ha conducido a pensar en los recursos ilimitados de nuestras gentes. Cada día abrigo con más fuerza la convicción de que somos pueblos llamados a contar con mayor decisión en el mundo de la cultura y de sus expresiones.

No hay mejor vinculación entre los pueblos que la vinculación que se establece a través de la cultura, ni hay vínculo más permanente y más sólido, y al mismo tiempo, de mayores proyecciones. Mientras se desarrollan de manera admirable las corrientes económicas y comerciales que abren tantas posibilidades para el desarrollo y la amistad de nuestros países, en énfasis en la relación cultural debe ser prioritario. La cultura nos confiere una calidad humana y calidades como países que de un modo o de otro nos han de calificar para los grandes desafíos del siglo XXI. Todo esto es cierto: pero seamos más modestos, la cultura es un desafío individual también y debe ser, sin duda, la más humana de las aspiraciones y la más humana de las realizaciones. Para países como Colombia y Venezuela, que tienen pueblos de tan fina sensibilidad, palabras como estas pueden resultar familiares.

Me conmueve profundamente esta ceremonia. Nunca imaginé que tanta generosidad de parte de la Universidad Nacional de Colombia me hiciera objeto de una distinción semejante. La recibo como testimonio de otro vínculo entre nuestros pueblos. La generosidad no tiene límites. Tampoco los tiene mi agradecimiento.

SOFÍA ÍMBER

Sofía Ímber, por Sofía Ímber | artnexus