Siete nuevos artistas de Cali fueron reunidos bajo el título Señalamiento. Ellos han corroborado su calidad siendo aceptados y sobresaliendo en los eventos en que han participado, ya que esos encuentros se llamen Salón Regional de Artes Visuales, Nuevos Artistas del Valle, Salón Rabinovich o el Premio Matisse.
Cada uno ha buscado planificar, resolver y materializar sus ideas sobre lo visual diferenciándose en sus modos y procedimientos. La diversidad de posiciones, prácticas y formas de pensamiento habla de las contrastadas posibilidades de militancia y el campo vasto para provocar la elección.
Hay un criterio artístico selectivo que necesariamente se enfrenta al comercialismo, la banalidad y la terapia ocupacional que son fenómenos diarios en el ejercicio del para-arte. Al hablar de criterio, deseo hacer énfasis en la necesidad de una formación integral y sus consecuencias. Es fundamental acudir permanentemente a la historia como fuente de lo visual y de las ideas que han sostenido y garantizado su sentido. Criterio y educación son herramientas que se consiguen adecuadamente en el terreno del saber y que en estos casos desembocan en ejercicios creativos.
No casualmente estos siete nuevos profesionales han egresado del más importante centro educacional de esta zona del país, la Escuela de Artes Plásticas, una de las dependencias del Instituto Departamental de Bellas Artes. Gracias a diversas confrontaciones con la obra y las personalidades de distintos docentes y artistas, ellos han podido conciliar estas reflexiones como un proyecto visual de interés. Es a esa demostración comprobable lo que comúnmente llamamos talento.
A Jorge Acero (Medellín, 1968), le preocupa la presencia del objeto y sus cualidades expresivas o inexpresivas.
Su argumento parece sostenerse en los problemas o emanaciones que sus formas puedan despertar. En esta muestra se pudo ver una instalación con siete piezas de fieltro, una pintura al óleo, el uso de una esquina, libros y cajas de madera. Aludiendo a la ironía y trayendo un humor seco apoyado en presencias reconocibles y objetos inespecíficos. Su trabajo se tituló El trópico y sus derivados.
Las pequeñas cajas de Janet Blanco (Cali, 1970), dispuestas sobre el muro, plantean sutilmente un mundo microscópico. El soporte principal es la cera como elemento envolvente y de entonaciones translúcidas. Ella arma sus imágenes evocando procesos celulares, reinventando siempre una bacteriología imaginaria, misteriosa y aparentemente inerte. Esa ambivalencia entre vida secreta y muerte aparente la resuelve con la resina de los bombillos, con los filamentos de cables y toda clase de pequeños mecanismos buscados y encontrados. Los títulos de las obras reaniman la emocionalidad de su dirección: Fagocitosis, y Glifos meióticos.
Las pinturas de Ellen Martan (Bogotá, 1966) están mostrando el conflicto entre irracionalidad, laberinto, caos y sus oponentes. A la movilidad veloz de los espirales que se plantean como infinitos, ella enfrenta las figuras geométricas precisas y claras que interceptan mediante su estructura y luminosidad el comportamiento contrastado que es la base de sus cuadros. Con una elegante economía cromática, su pintura se resuelve afinando su opinión entre los mundos que se repelen.
Alfaro Mosquera (Popayán, 1967) va apropiándose de imágenes reconocibles que citan constantemente formas y la Historia del Arte misma. Su juego aborda la paradoja de la imagen y no deja de tener humor. Aunque su coloración es parca y casi inexistente, hay en su obra una acrobacia de los tonos y una peculiar ubicación del repertorio formal que vuelve su trabajo seductor y atrayente.
La instalación con pinturas, muebles, objetos y un espacio real que plantea Carlos Fernando Quintero (Cali, 1968) ofrece al espectador un lugar para el sarcasmo y sus aprehensiones en torno a lo nacional e histórico como blanco. Color tropical, energía dilatada y humor semindustrial van elaborando un discurso metafórico y cifrado donde parece residir la eficacia de su trabajo. El título descriptivo y literario de su ambiente es Proyecto de investigación: Cómo pintar retratos de corte en la nueva Colombia.
Liliana Vergara (Florencia, Caquetá, 1969) asume el ejercicio de la pintura como una miniaturista que resuelve su grafismo para la intimidad. Va armando episodios con historias, proporcionando datos y logrando un contrapunto formal y cromático que vuelve a sus operaciones visuales un cálido entrenamiento provocador y entusiasta. La ironía, el deterioro, la crónica de la ciudad en su acontecer, van doblando y ofreciendo sentido a su pintura de superficie dura.
Las fotos que manipula Marcela Villa (Cali 1966) para ser proyectadas en lugares urbanos o en recintos cerrados son el producto de una acumulación. La ciudad es la protagonista de su trabajo que va sucediéndose con la superposición y ejercitando una narración imaginaria con datos singulares, prescindiendo de toda anécdota. Su obra busca también redimir la fotografía de su situación estática y ejercitar su vivencia como con una voluntad emancipadora.
MIGUEL GONZÁLEZ
