El primer encuentro con las obras del escultor brasilero Saint Clair Cemin nos deja abandonados en la perplejidad. Ese enigmático eclecticismo que no teme ir de lo orgánico a lo concreto, del minimalismo al kitsch, sugiere el precipitado reproche de una total ausencia de unidad y sentido. Pero la promiscuidad de materiales y formas es tan obvia que un segundo acercamiento delata que es justamente esta pluralidad la que une todo su trabajo en torno a un concepto.
Habría que decir que si la cultura contemporánea no tiene mayores perspectivas que degenerar en un convulso amaneramiento, la única manera en que el compromiso sigue siendo posible es como una aceleración del proceso, llevando al paroxismo la decadencia implícita en el consumo de estilos. Cemin es un kamikaze, Donald Kuspit hablaba en su caso de un reciclador de estilos, que se han convertido en basura histórica (Sculpture, septiembre 92, p.25). De esta manera establece los polos del debate: una posmodernidad que se apropia de las formas como alfa y omega de su universo, como único origen de la certeza, es decir, olvidando el sentido que las causaba originalmente, y una comprensión de la vanguardia como resistencia, como denuncia del fraude, del intelecto sumido en el narcisismo. Apostando a lo segundo, Cemin debe desmantelar primero la teatralidad implícita en la definición manipulada de vanguardia, aunque al hacerlo se niegue a sí mismo, transforma en sistema la ironización sobre la forma, en busca del espacio en el cual la creación recuperará su legitimidad, es decir, su trascendencia.
El artista, poco conocido en América Latina, organiza un universo de mutaciones, la caprichosa retorta de ese alquimista fracasado que es el hombre del siglo XX. Como sobrevivientes de un desastre nuclear, sus objetos serían hiperfuncionales en una realidad distinta, espíritu que los hace sumar al dadaísmo entre sus antepasados. Viven por su virtualidad, porque lo nuevo es impensable, porque quieren insistir y denunciar el sueño modernista de la originalidad integrando lo distinto; esta es su perversidad. Es también la esencia de la banalidad en el discurso posmoderno, obsesa hasta la morbidez.
Así son las esculturas de Saint Clair. Su Hommage to Unamuno, mostrado en la exposición que comento, es un monumento fálico hecho en hierro fundido: esto es lo que destaca como herencia y memoria de su jerarquía intelectual. De hecho, la muestra en Amsterdam se basó en formatos pequeños y en los cuales la hibridación de materiales y objetos queda en segundo plano en favor de bronces, maderas, hierros y yesos que no se mezclan (en Cemin lo habitual es la excepción).
En Baby, una pieza policroma de 1993, reencontramos otras de las variantes conocidas: el hacer referencia a un antecedente que uno debe imaginarse. ¿Qué o quién dio vida a este bebé, de dónde proviene su desconcertante apariencia? Puede leerse de cualquier manera. Es la criatura yacente y a punto de llorar que suma los ingenuos esfuerzos de la era moderna en pos del dominio de la tridimensión, es la geometría reducida hasta la decoración, es la victoria del azar de la regeneración y nuestra culpa en la mutación impredecible.
Es el kitsch, llevado al paroxismo por Koons, pero también es su superación, lo que está más allá, lo eminentemente humano, lo real tras la unidimensionalidad de la sociedad informática. Cemin es la ridiculización del mito.
KLAUS STEINMETZ
