Desde los años ochenta y hasta 1993 ha ocurrido, en el medio cultural mexicano, un fenómeno que de manera paulatina pero creciente ha afectado sobre todo a numerosos de los artistas más jóvenes: se trata de una tendencia que es coincidente con una de las que acontecen a nivel mundial y que se caracteriza por una disminución de la fuerza expresiva con la que los autores dotan a sus obras, la cual está aunada a la existencia de tratamientos complacientes y de actitudes dóciles ante aquello que es aceptado sin objeciones, así como a la presencia de asuntos herméticos o de pareceres individuales, cuando no a la vacuidad temática. Esta situación no ha derivado de la incapacidad de los artistas para conseguir resultados impactantes, provocativos y que interesen a sectores poblacionales amplios, sino que proviene de una pasividad, de una desesperanza y de un escepticismo generalizados que, entre otras cosas, constituyen reclamos a las generaciones precedentes que han claudicado en sus aspiraciones emancipadoras; esta situación deriva de la incomodidad que experimentan aquellos jóvenes que hoy eluden ser responsabilizados de cumplir con aquellas tareas que varias generaciones de ascendientes suyos prometieron realizar y que no lo hicieron.
Néstor Quiñones (México, 1967) es uno de los artistas y animadores culturales mexicanos jóvenes más activos. Él y su hermano Héctor, con la participación de un grupo de amigos y colegas, han organizado y mantenido en funcionamiento un sitio independiente para la realización de exposiciones—sobre todo de obras de la tridimensionalidad contemporánea—, lugar al que ellos denominan la Quiñonera. Como artista visual, Néstor Quiñones es uno de los más propositivos de su generación y participa con regularidad en exposiciones que son presentadas dentro y fuera de México; esto es, no elude su obligación de contribuir al desarrollo de la cultura artística. Sin embargo, en las obras con las que integró su más reciente individual se advierte que no sólo no ha escapado al espíritu de los tiempos, sino que coincide con la postura de impavidez que en el presente se tiene por virtuosa.
El título de la exposición que Quiñones presentó durante los meses de diciembre de 1993 y enero del año en curso en el Museo de Arte Carrillo Gil, fue Aquietamiento. Si bien es cierto que el asunto principal que él resuelve en las piezas de pared y de tres dimensiones que conformaron esta exhibición es la muerte, no resulta menos verídico que, ante un asunto que por lo general se tiene por aterrador—y, en el caso de México, por estrechamente relacionado con la tradición popular—, este autor ha optado por eludir recursos como los de lo terrorífico, lo siniestro, lo sentimental, lo grotesco, lo dramático o lo brutal y ha recurrido, en cambio, a posibilidades como la de lo trivial y de la fragilidad.
Ante su tema, además, Quiñones no demuestra preocupación sino, más bien, tranquilidad, mientras que las connotaciones que se desprenden de su elección temática no son de violencia ni de opresión. Su individual fue, más bien, una puesta en escena de la idea que el artista tiene de la muerte como – según lo ha declarado – uno de sus contenidos exógenos posibles de los seres humanos, a quienes él tiene metafóricamente por semejantes a receptáculos, contenido cuyo desbordamiento equivale a la supresión de la vida.
En Aquietamiento hay un uso de elementos que provienen de la iconografía católica, los cuales fueron, sin embargo, desprovistos de sus connotaciones religiosas. Se trata de una individual en la que la visión despreocupada (o cool) de la muerte, que fue la predominante, causó en algunos desconcierto, mientras que en muchos de los más jóvenes logró complicidades. La exposición individual Aquietamiento fue preparada y abierta al público antes del inicio (el primer día de enero de este año) de la guerra en la demarcación mexicana llamada Chiapas. Sin duda, la cercanía de la muerte con violencia variará las concepciones de algunos acerca del tema. Y también, sin duda alguna, si tal cercanía deviniera cotidiana, confirmaría la visión despreocupada que otros—como Quiñones—tienen del asunto.
CARLOS BLAS GALINDO
