La primera muestra de Jorge Tacla en México reúne cincuenta de las más impresionantes obras realizadas en la última década. Presentadas en sucesión cronológica, las obras nos permiten apreciar el desarrollo de la iconografía personal del artista, que se trasmuta y reaparece entre la figuración y la abstracción casi total. Los óleos más tempranos sorprenden primero por su tamaño y por la fuerza y combinación audaz de sus colores. Desde el principio nos topamos con esas cabezas y cuerpos de Tacla: máscaras, cadáveres vivos, figuras retorcidas y fragmentadas, inquietantemente aisladas y pequeñas en medio de inmensos campos abstractos de color o atrapadas en estrechos espacios que interrumpen paisajes desolados y traicioneros—el desierto chileno de Tacla o el terreno existencial de todos. En To be Continued (1987), la figura—siempre negra, tomando el sufrimiento de los esclavos africanos para connotar una condición universal—se encoge dentro de un limbo pictórico en el centro de la composición, y tenemos la sensación de que en cualquier momento las áreas laterales del paisaje van a tragarse la angosta franja que las separa. Sobre todo a finales de los ochenta, Tacla utiliza esta estrategia de dividir verticalmente el lienzo para contrastar dibujos abstractos y paisajes con la figura humana, marginada y casi siempre sobrepuesta en un fondo plano de color brillante, que recalca no sólo su silueta sino su falta de ubicación en un entorno real.
En ocasiones aparece la figura sola, dominando la composición, como lo hace en Cruzando el Nilo VI (1985). Aquí no está restringida por el espacio pictórico, pero sí encadenada, decapitada y sangrienta, mientras que una escena similar se representa de una manera más abstracta, y con ecos de Bacon, en In Between (1987). En Descansando antes de saltar (1985), la figura misma se convierte en el paisaje: un fondo de caras y máscaras grotescas, burlonas, que forman una especie de universo en clave que la figura encadenada no puede descifrar.
Tal acumulación de signos indescifrables predomina en obras de los últimos tres o cuatro años. Las pinturas se presentan como intrigantes rompecabezas arqueológicos en donde descubrimos capa por capa de garabatos, dibujos y líneas de puntos que parecen marcarnos algún camino. De los cuerpos atormentados aquí quedan sólo fragmentos, bocas que guardan la clave del jeroglífico. Cuando aparece la figura humana, es en forma de alusión clásica (el Cristo muerto de Mantegna en Project for a Classical Theme, 1990) o en retratos más aproximados a la realidad, por ejemplo, el de la esposa del artista.
A partir de los noventa Tacla comienza a pintar sobre yute, aprovechando la belleza intrínseca del material y creando composiciones en su mayoría abstractas pero con la misma expresividad de sus primeras pinturas. Obras que parten de una propuesta clásica, como The Elements of Perspective No. 1 (1992), se despreocupan del objeto y hacen resaltar la línea, la mancha, el pincelazo. La paleta brillante se reemplaza con una de tonos ocres y grises, para no distraernos de la riqueza de la textura y la forma por sí solas.
PAOLA SADA
