Jesús Desangeles fue un artista precoz, familiarizado con los maestros desde su adolescencia, y nunca se debatió, como muchos de sus congéneres, entre la enseñanza neoclásica de la academia y una rebeldía insegura en contra de la tradición. Casi de inmediato encontró “su” imagen, que, en nueve años de trabajo, ha sabido evolucionar manteniendo la coherencia. No hemos olvidado aquella gran tela colgante, apoderándose del piso, entre tapiz y códice, que ganó un concurso de arte joven, organizado en Santo Domingo por la OEA en 1986. Luego tuvo la suerte de que Boynayel, la galería de Leonora y Pedro José Vega, afín con los artistas “de ruptura”, asumiese su lanzamiento nacional e internacional.
El camino se ha ensanchado. La búsqueda se ha afianzado. Las premiaciones se han sucedido. La exposición individual de Jesús Desangles en la Casa de Bastidas, mansión colonial y sede del Voluntariado de las Casas Reales, es la primera muestra importante de 1994. A través de 17 cuadros, generalmente de tamaño generoso, él despliega la desenvoltura y la soltura creadora que caracterizan una producción continua y apasionada. No teme violentar, con la forma, la factura y el color, la sensibilidad del contemplador y la agresión culmina en fascinación. La estética del teísmo sale triunfante.
Jesús Desangles, adepto del neoexpresionismo antillano, admirador de Wifredo Lam, de los maestros dominicanos Paul Giudicelli y Eligió Pichardo, juega con sus propias creencias, obsesiones y fantasías. “Demonios” personales, míticos, compulsivos, gestan la invención de un mundo, a la vez ordenado y convulso, construido y orgánico, como suele suceder en la mejor pintura dominicana. En un excelente ensayo para el catálogo (...casi un libro), el crítico de arte puertorriqueño, José Antonio Pérez Ruiz, escribe acertadamente: "Desangles es retado por sus personajes, quienes le impulsan a desarrollar un lenguaje plástico poseedor de la capacidad de comunicarse prospectivamente. Cada cuadro hilvana una fábula—sin moraleja—que protagonizan uno o varios monstruos hechizantes, dinámicos, vehemente".
Observamos que el artista descarga sus energías en una iconografía evocadora del mito y de la fiesta, de lo sagrado y lo profano. Las criaturas extrañas y atemporales de Desangles mutan “naturalmente” de las formas faunescas a la condición humana, reminiscencias del politeísmo, de deidades a la vez hombres y bestias. Aquí campea una mitología muy particular, con una verdad “idolatría”. Es una exaltación hagiográfica a su manera... que también puede leerse como la tipología de razas desconocidas. Valoramos tal rasgo, perteneciente a la frecuente intervención de lo mágico-religioso en la cotidianidad caribeña y afroantillana, como uno de los atractivos expresivos de la plástica de Jesús Desangles.
Rostros o cuerpos enteros, especies de retratos imaginarios, se apoderan del espacio, comunicando una sensación de monumentalidad hasta en formatos medianos. Danzarines, brujas, músicos, animales,... metáforas de ídolos faranduleros (¡los nuevos mitos!) están en vibración perpetua. Trazos, toques, pinceladas, brochazos los dotan de ritmos y movimientos. Ese cinetismo pictórico, que se ha ido incrementando con los años, favorece las impresiones sinestésicas entre lo visual y lo sonoro. Transmutación de la percusión y el baile dominicanos, vueltos gestos y color, en plena libertad, en plena sensualidad.
El aspecto físico de la pintura—podríamos hablar también de un sincretismo factural— alterna y a veces mezcla dos modalidades. Una procede por toques cortos, brochazos más extensos, ángulos, líneas, esgrafiados. La otra prefiere elipsis, ondas, círculos, pinceladas, cuevas, contiguas, paralelas o imbricadas. Reina una vitalidad óptica y matérica extraordinaria.
Esta exposición es la de una colección... de coleccionista no identificado. A su edad, Jesús Desangles tiene el privilegio—no es esta la primera vez—de que etapas de su pintura es principio no estén sujetas a la dispersión y conformen un conjunto testimonial durable.
MARIANNE DE TOLENTINO
