Hay amplios precedentes para que un joven artista mexicano regrese a la figura expresiva como vehículo principal de sus sentimientos. No obstante, había poca evidencia reciente de que la gran tradición mexicana estuviese en proceso de renovación, pero la tradición está viva y bien. El portador de esta buena nueva es Javier Marín, de 32 años, quien acaba de realizar la primera exposición de esculturas dedicada exclusivamente a su obra en la galería Iturralde de Los Angeles. Su primera exposición individual de escultura fue realizada en Ciudad de México en 1990; tres años antes había presentado una exposición individual de pintura.
En la exposición de Los Angeles, una docena de esculturas en cerámica fueron lo suficientemente enérgicas como para sugerir una muchedumbre de personalidades relacionadas. Siete de ellas están elaboradas a escala monumental o al doble del tamaño real. Las piezas más pequeñas no son figuras fragmentadas sino completas, de la cabeza a los pies, en poses contorsionadas, sentadas o reclinadas. Todas con excepción de una son desnudos femeninos, acompañados por una figura masculina cuya posición está equilibrada asimétricamente. Como sucede en todos los otros casos, los brazos se extienden hacia el espacio, aumentando el efecto de instantánea de una acción en desarrollo. La galería dispuso las figuras en interacción unas con otras, para resaltar su urgencia comunicativa, el tema de la exposición.
El artista trabaja la cerámica de manera muy personal, con un elemento directo e inmediato tanto en los volúmenes básicos como en el esmaltado de tonos cálidos y fríos, incorporado al cálido bronceado de las formas corporales básicas. Las arcillas son importadas desde los dos extremos de México, Oaxaca y Zacatecas, y se mezclan en el estudio de Marín ubicado al lado del Parque de Chapultepec, la amplia zona recreativa de Ciudad de México.
Los colores de los esmaltes, rojos, amarillos, azules y verdes, se aplican a la manera de la pintura impresionista. Velos de tonos zonales contrastan con espacios salpicados, goteados o esmaltados en exceso, que siguen los movimientos esenciales de la figura.
El efecto visual de las aplicaciones del color sugiere la actitud del pintor. El efecto del color es esencialmente decorativo y apoya el propósito expresivo del artista. El color no se utiliza como soporte del movimiento espacial de las formas físicas. Estas, sin embargo, muestran que Marín ha prestado atención a la escultura arquitectónica. El énfasis principal de cada pieza se coloca sobre los planos frontales, a pesar de su carácter animado. Es una concepción de relieve. Los antecedentes de esta actitud pueden hallarse en la escultura religiosa de las iglesias mexicanas. Están a la vista de todos desde la infancia: la agonía de los mártires de la Contrarreforma y la pasión de quienes han sufrido por los afligidos.
Las obras de mayores dimensiones, fragmentos de hombres y mujeres, evidencian un talento superior para la intensidad dramática de los sentimientos. Ensamblados en segmentos compuestos de cabeza y cuello, segmentos superiores e inferiores del tórax, un accesorio ocasional de elementos figurativos expresivos: manos de gran intensidad expresiva colocadas sobre un pecho de tal manera que equilibran la ubicación de los volúmenes y, a la vez, refuerzan la actitud de la cabeza y cuello, todos estos factores mantienen nuestra atención centrada en el interior y sobre la superficie anatómica de estas monumentales composiciones. En efecto, las manos y los pies de las figuras de Marín parecen asir, agarrar, extenderse y contraerse en respuesta a los mensajes internos enviados a las extremidades de la figura.
La exposición de la galería Iturralde fue vendida en su totalidad, una justa medida de la respuesta del público a la primera exposición realizada por Marín en los Estados Unidos.
DONALD B. GOODALL
