La más reciente exposición de Gilberto Ruiz (diciembre 1993-enero 1994) en la galería Barbara Gillman de Miami Beach fue una especie de redescubrimiento. El artista se había mudado de Miami a Nueva York a mediados de la década de 1980, dejando atrás un buen número de coleccionistas entusiastas. Aunque ha expuesto su obra en el sur de la Florida desde entonces, la exposición a la que nos referimos constituye un tesoro de obras nuevas y llenas de júbilo.
Muchos recordarán la serie de pinturas y dibujos, Coristas, creada poco después de la llegada de Ruiz a los Estados Unidos en 1980, gracias al Mariel. Imágenes de fantasía que combinaban gráciles cuerpos humanos con extrañas criaturas mitológicas, aquellas obras revelaban una visión estrechamente vinculada con la faceta del mito que obsesiona al arte cubano en artistas como Wilfredo Lam, René Portocarrero y Roberto Fabelo. Ruiz adoptó después temas folclóricos, pescadores soñando, frutas tropicales maduradas en exceso y mujeres robustas, pero nunca abandonó su visión surrealista y fantástica del mundo. Las representaciones del cometa Halley, que causa perturbaciones apocalípticas, con mujeres de altos tacones volando por el cielo, suscitan la hilaridad de su humor negro. Después de mudarse a Nueva York, sus pinturas se tornan más serias y angustiadas. Algunas de ellas son meditaciones sobre la complejidad de las relaciones humanas, la muerte y la destrucción ambiental.
Con el título de Cañampuas y otros personajes, Ruiz regresa con infantil complacencia a las imágenes inocentes y caprichosas. Según el artista, las palabras “cañampuas” se utilizaban en las calles de La Habana para designar aquellas personas que se educaban en la “universidad de la vida”. Sus cañampuas y las anamusas relacionadas con ellas asumen formas inusitadas, similares a las de Klimt; brillan en grandes composiciones de técnicas mixtas que incluyen a menudo centavos ordenados en pilas sobre el suelo, una referencia a las ofrendas a San Lázaro dentro de la cultura popular cubana. En ocasiones, las obras están precedidas por el Peyi-Toy, un muñeco en forma de bebé con un gran bucle sobre la frente. El Peyi fue un juguete que obsequiaron a Ruiz cuando era niño. Es un recuerdo querido de tiempos menos complicados y se ha convertido en un talismán para el artista. Al igual que las otras benevolentes criaturas del universo inventado por Ruiz, representa la afirmación del espíritu de los cuentos de hadas que ha perdido la mayor parte de los adultos y que contiene una de las claves de la creación artística.
En sus viajes, de La Habana a Miami y luego a Nueva York, Ruiz ha recorrido grandes espacios físicos y mentales. Parte de lo que ha encontrado estaba lleno de aventura y descubrimiento, pero otras experiencias le han revelado el lado oscuro de la vida. En esta exposición, él y Peyi son los gaiteros de las puertas del amanecer, que guardan la entrada de su paraíso para impedir el acceso a la negatividad y a la desilusión e invitan al espectador a participar en su regreso a la inocencia.
GIULIO V. BLANC
