Colectivaabr 1994 - jun 1994· Por Darío Ruiz Gómez

El retrato en Antioquia

Museo de Antioquia

Un desbordante entusiasmo por nuestra historia ha llevado a muchas instituciones e investigadores a adentrarse en la historia de nuestro arte regional con resultados extraordinarios que, sin embargo, han fallado algunas veces por una notable ausencia de rigor crítico. ¿Todo lo que se produjo en el pasado es bueno? ¿Es Torres Méndez un gran artista o es simplemente un honesto imaginero cuyo valor radica en la información antropológica que nos da? El patriotismo sobrevalora inevitablemente lo que casi siempre no es más que un balbuceo.

En este sentido, una exposición como Trescientos años del retrato en Antioquia supuso una agotadora y febril investigación, pueblo por pueblo, rastreando desde la Colonia hasta nuestros días el rostro de personajes políticos, figuras religiosas, etc.

El retrato, recordemos a Barthes, nace con el concepto de la individualidad que la burguesía incorpora, lo diferente, lo específico de una vida. Y no la jerarquía que es una abstracción. Así un retrato de un rey no es sino la idea de una node un individuo. Hasta Goya no llegamos a saber que la realeza era gorda, barrigona, narizona, etc., ya que hasta el mismo Velázquez a la hora de pintar una figura aristocrática las sumblimó.

Pero es más, esa misma noción de individualidad burguesa llega en el siglo pasado a caricaturizarse en la medida en que este grupo social se considera ya una clase histórica y por lo tanto a la hora de retratarse busca esa sublimación. Los extraordinarios retratos de Garay tienen mucho de esta buscada aureola de prestigio.

Hablamos entonces en cada momento de intenciones estéticas definidas, pero ¿qué sucede cuando éstas no obedecen más que a un ejercicio primario, ingenuo de retratar siguiendo obedientemente un modelo que carece de valor estético?

Y esta sensación de torpeza, de ingenuidad primitiva es la que prima en la mayoría de las obras recogidas en municipios y veredas. En este caso interesa la referencia histórica de costumbres, gestualidades, pero nunca aquello que llamamos arte, ya que en esta sociedad el arte carece de aquello que lo fundamenta espiritualmente, que lo hace posible socialmente. Las condiciones de extrema pobreza en que el artista se debate desde el siglo pasado tienen además otra consideración grave: el desprecio que la sociedad tiene hacia el arte. Vivir a salto de mata haciendo encargos de ocasión imposibilita en muchos casos el llevar adelante una verdadera obra. Pero una muestra de arte al colocarse ante los ojos críticos del presente debe recordar aquella máxima de Horacio Quiroga: el arte es el terreno de los hechos consumados.

O sea que este argumento sociológico no puede derivar a la hora de los juicios críticos en una falsa piedad. Por eso es tan contundente el aporte en la fotografía de Melitón Rodríguez y sobre todo de Benjamín de la Calle, una mirada contemporánea que sabe ver descubriendo las leyes del medio expresivo al cual se enfrentan y que terminan por acreditar finalmente. Y por eso es tan contundente el aporte de Débora Arango al subvertir las normas establecidas de la pose, de la falsa sublimación del retratado con un enfoque que recuerda los mejores aportes de Otto Dix.

Hay que incluir en esta línea el autorretrato de Pedro Nel Gómez y el de Carlos Correa, lo mismo que la extraña fuerza de un retrato de Humberto Chávez, uno de nuestros grandes desconocidos.

La exhaustiva investigación de Gustavo Vives tiene este gran valor: el enfrentarnos a la pregunta sobre lo que significa el arte como intención estética en una sociedad y a la vez a la pregunta definitoria: ¿constituye este montón de historiografía una verdadera tradición o es apenas una referencia necesaria pero ocasional? Lo cual quiere decir que la verdadera y secreta función de una tarea como ésta se ha cumplido a cabalidad. Y ahora en el presente, ¿qué situación se vive? ¿Cuáles son las condiciones en que se mueve el artista? ¿Cuáles son los rostros del retrato en medio de la desolada violencia que vivimos?

 DARÍO RUIZ GÓMEZ

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