La espiritualidad es poco frecuente en el arte contemporáneo. Una cosa es citar símbolos y formas religiosos despojándolos de su significado y profundidad, y otra muy diferente es crear desde el punto de vista del adepto, del creyente. Como lo muestra la artista Clara Morera en la exposición realizada durante el otoño en la galería Alfredo Martínez de Miami (donde ahora reside), la dimensión espiritual puede contribuir a la riqueza y el misterio del contenido.
Morera nació en Camagüey en 1944. Estudió en la Academia de San Alejandro en La Habana y ha expuesto ampliamente en Cuba y en Europa. Fue íntima amiga del escritor Reinaldo Arenas y la exposición realizada en La Habana en 1986, titulada Cien años de solicitud, fue patrocinada por Gabriel García Márquez. Quienes han seguido la carrera de Morera durante los últimos veinte años, pueden dar testimonio de su invariable compromiso con un arte que desafía toda definición simple en lo que respecta al estilo y cuyo contenido genera sentimientos de asombro y respeto en muchos espectadores. La experiencia de apreciar su más reciente exposición puede compararse a la de irrumpir en el sanctum sanctorum de un culto mistérico prohibido.
Morera va más allá de la superficie, como resulta evidente en el título que ha elegido para la exposición, El mensajero, y en una anotación que aparece al final del catálogo: "Dedico mi obra al amado maestro espiritual Swami Vivekananda". Morera revela así los fuertes vínculos que la atan a las tradiciones místicas orientales, en especial a las de la India.
Para Morera, el artista es un medio o mensajero de potencias invisibles. Sus enormes lienzos suspendidos están unidos entre sí por trozos de tela, cuerda, plumas, campanas y botones. Contienen palabras y frases inscritas: "Ojo de Dios", "Mi madre es la madre del universo", "El universo en mi padre". En algunos casos, estas inscripciones son ininteligibles o parecen garabatos de un flujo de consciencia. Dan la impresión de ser palabras y frases sagradas que evocan los mantras del induismo y del budismo; Morera ha dicho que incorpora a menudo fragmentos de los escritos de Swami Vivekananda en sus composiciones.
Los símbolos que utiliza, corazón, cáliz, ojos, manos, cruces y velas encendidas aparecen en diversas formas en el misticismo oriental, así como en la alquimia y en el rosacrucismo occidentales. Todos estos elementos se relacionan con conceptos de destrucción, transformación y unión de los opuestos. En obras tales como Diosa del mar, Diosa del amor y Dulce Madre, Morera celebra a la Gran Madre, fuente de toda vida, pero también capaz de destrucción, que encontramos en la mayor parte de los mitos y religiones del mundo. Estas madres van desde la feroz Kali del hinduismo y Coatlicue, de cabeza de serpiente, entre los aztecas, hasta la fértil Deméter de la antigüedad clásica y las veneradas manifestaciones de la Virgen María en Europa y América.
En obras como El mensajero y Autorretrato, Morera se representa como un ser provisto de dones visionarios, capaz de comunicarse con el más allá. Sus primitivas tapicerías se asemejan a las vestiduras del chamán o de las profetisas en su evocación de fuerzas mágicas y de algo ajeno. Basado en los sistemas de creencias oriental y occidental y en el legado africano de su país de origen, el enfoque de Morera se remite a Jung. Explora el inconsciente universal y descubre unidades fundamentales en medio del caos y de la diferenciación. El corazón que aparece en la mayoría de las composiciones es una metáfora de las creencias e intenciones de la artista. Son imágenes que sin duda provienen del corazón de una mujer de gran espiritualidad.
GIULIO V. BLANC
