A finales de 1993 la Galería El Museo exhibió una significativa muestra de la obra de Carlos Salas. En ella el artista confirmó su apuesta por una opción artística netamente contemporánea en donde el juego, el azar, lo fragmentario y la invalidación del sentido son evidentes.
Las obras son múltiples, dispersas, sin unidad ni búsqueda de alguna finalidad o sentido distinto a lo que ocurre en el instante mismo del juego. La obra no se articula entre sus partes de una manera unitaria y determinista considerando que no existe un sentido final que aglutine coherentemente las partes. Por el contrario, se carga de zonas vacías, indeterminadas, abiertas a desarrollos azarosos. Ni siquiera se evidencia la presencia de algún sello personal que imprima alguna intencionalidad subjetiva, las obras son indiferentes al autor y su cortejo de vivencias, opiniones o sentimientos.
En ese contexto es factible precisar algunos mecanismos implícitos en su trabajo:
1) Construcción-destrucción. Carlos Salas destruye para construir. Despedaza la pintura, el espacio, para construir su propuesta. La pintura—de paso—se ve desacralizada, despojada de su condición distante e intocable. Al ser emparentada con el juego, se ve fracturada, intervenida como cualquier material, convertida en materia prima inmediata, manipulable y susceptible de relacionarse con otros materiales. Incluso obras anteriores del mismo artista son fríamente recicladas en trabajos actuales. Esta operación—sin embargo—no significa una renuncia al lenguaje pictórico; por el contrario, la pintura se presiente, se goza, pero sin quedar atrapada en sus tradicionales rituales de uso.
2) Regresión-progresión. Carlos Salas relanza sus propias obras del pasado en trabajos actuales. Se somete a una regresión, pero no con fines terapéuticos ni con el ánimo de representar memorias, dramas personales o fijaciones emocionales. Esas obras son enfriadas y reutilizadas como herramientas manipulares en nuevos proyectos. Se autosimula, se subvierte a sí mismo al invalidar sus logros pasados, establece una intertextualidad con sus propios trabajos, los retoma pero solamente como recursos formales e insignificantes. Con ello neutraliza cualquier efecto de sentido que se les hubiese podido adjudicar, simplemente se asumen como caja de herramientas.
3) Desestructuración de los límites entre pintura, arquitectura e incluso la imagen fílmica o televisiva. Los trabajos son construcciones pictóricas que por momentos establecen analogías con la lógica visual del cine o la televisión. De allí deriva una desestabilización de las habituales dicotomías de la pintura; marco-superficie, totalidad-fragmento, fondo-forma, soporte-material expresivo. Todos estos polos pierden su lugar y fijeza, se desplazan, se cruzan y entre-cruzan sin sometimientos de uno a otro. Está implícita una cosmovisión que valora el caos, la velocidad, la incoherencia, la parcialidad y el intercambio como elementos explicativos de lo real.
El lector es invitado a constituirse en re-creador, en agente capaz de llenar zonas vacías e indeterminadas, en sujeto apto para conciliar juego y arte al tiempo que construye y destruye sin códigos previamente establecidos. Todo ello, no obstante, es más un implícito teórico que un suceso real tanto por la disposición de las obras (relativamente frías e inmóviles para seducir lúdicamente), como por sus condiciones de exhibición y recepción.
JAVIER GIL
