La diversidad de imágenes y de lenguajes plásticos a la que se ve enfrentado el público gustador de las artes visuales en el mundo contemporáneo lleva a los teóricos del arte a establecer categorías estéticas con las cuales intentan ordenar el aparente caos.
Las obras de Adonay Duque, artista venezolano, que se exhibieron en el Estudio Lisenberg tienen la virtud de poner de manifiesto esta problemática teórica, ya que cuestionan categorías emblemáticas como la de tradición y vanguardia. La revisión a la que nos llevan las posturas postmodernas del mundo occidental, y desde una óptica latinoamericana, nos posibilita ver artistas que permitan hilvanar nuestra particularidad continental en las obras de este joven artista.
El conjunto de las obras exhibidas, una veintena de trabajos, presenta una imagen y un lenguaje definido. Esto permite ubicarlo en una corriente neoexpresiva, la cual tiene en esta parte del planeta una antigua y fuerte tradición. La imagen responde a los principios y convenciones académicas de la figuración. La manera como elabora el lenguaje plástico en la representación es quizá lo nuevo y lo que lo hace contemporáneo. El tratamiento de la materia cromática, con su superposición de capas de color, sus veladuras, sus generosos empastes, conforma un todo informal y desmañado. Lo grotesco encierra una dramaticidad contenida que lo aleja del expresionismo europeo.
Buenos ejemplos son los acrílicos La puta portuguesa y El pianista negro. La propuesta plasmada en Cabeza de Toro lo aproxima más a la abstracción con lo cual revela un goce por lo formal.
ALBERTO COLLAZO
