La exposición “Wifredo Lam: The Imagination at Work”, en la Pace Gallery de Nueva York, organizada en colaboración con Gary Nader, de Gary Nader Art Center, presenta una mirada exhaustiva y muy necesaria a uno de los artistas más importantes e innovadores del arte latinoamericano. La muestra abarca toda la carrera de Lam e incluye una selección de esculturas raramente exhibidas. Por primera vez, en Nueva York se presenta una numerosa cantidad de obras, expuestas con una rigurosa curaduría. Esta exposición es lo más cercano a una muestra retrospectiva que ha tenido el artista en la ciudad. La única exposición importante en un museo de Nueva York, aunque no se trataba de una retrospectiva, tuvo lugar treinta años atrás, en el Studio Museum de Harlem, “Lam and His Contemporaries 1938-1952”, realizada del 6 de diciembre de 1992 al 11 de abril de 1993. La exposición fue comisariada por Giulio Blanc, y el catálogo, que sigue siendo un hito en los estudios de arte cubano, contenía importantes ensayos de los académicos Lowery Stokes Sims y Julia P. Herzberg, autoridades reconocidas en este campo. También incluyó, junto con las obras de Lam, obras muy importantes de pintores cubanos que fueron sus contemporáneos.

“Wifredo Lam: The Imagination at Work” comienza con pinturas de los años 1930, cuando Lam todavía vivía en España y empezaba a convertirse en un artista moderno. Las figuras de obras como Le désastre (La desesperación) están claramente influenciadas por el arte africano, en este caso, por la referencia a las máscaras Kifwebe. A estas las seguían magníficos ejemplos de piezas de 1940, cuando Lam crea su estilo característico incorporando su propia versión de las deidades africanas, las que representaba como una mezcla de humano y animal, cargadas de energía, a veces atrapadas en un torbellino de rayos, a veces sugeridas por las feroces pinceladas de pintura.
Una serie de tres pinturas de 1945 eran importantes ejemplos de su particular estilo. En 1941, Lam deja Europa, pasando antes por Marsella, donde se reúne con André Breton y otros artistas e intelectuales que viajaban a América escapando de la ocupación nazi en Francia. En 1945, ya Lam se encuentra en Cuba –a donde llegó en 1941, lo que lo puso en contacto con sus raíces africanas– y viaja a Haití por invitación de Pierre Mabille, quien le organizó una muestra individual en Puerto Príncipe. Mientras estuvo en Haití, el artista participó en varias ceremonias vudú. Es en esos años de renovado contacto con sus raíces y con la santería, religión ancestral africana, que Lam consolida su estilo definitivo.
La primera pintura en la pared, Butinantes (Saqueadoras) (Les saccageurs), describe tres entidades volando; las tres tienen cabezas de eleguá, tema que será un motivo recurrente en la obra de Lam; las de la parte inferior son dos seres entrelazados, que juntos crean una tercera cabeza al centro. Estas manifestaciones de la deidad de doble cara Eleguá/Eshu, una de las más poderosas en el panteón de la santería/candomblé, son una demostración del entendimiento que tiene Lam de estas religiones paganas y de cómo, de forma muy parecida a las deidades hindúes o egipcias, el animal y el humano se fusionan en una sola deidad. La segunda pintura, Le miel noir tiene más color; el rojo y el negro son los colores de eleguá, y las cabezas vibran rodeadas por alas de ángeles, que recuerdan los querubines de los manuscritos medievales. El último cuadro de la tríada, L’eau solide, es una criatura similar a las dos del primer cuadro, pero más poderosa porque tiene un aspecto feroz, y además cumple con la intención de Lam de ser visto como un Caballo de Troya que arrojara imágenes alucinantes con el poder de sorprender y perturbar los sueños de los explotadores.
El uso de los sueños en el surrealismo, y particularmente de lo erótico y la imaginería sexual, ha hecho que el movimiento sea mucho más difícil de aceptar en Estados Unidos, donde las olas puritanas de censura se repiten regularmente en la cultura, y “los explotadores” han renovado su fuerza en el presente. Los sectores de la sociedad obsesionados con la Biblia mantienen una represión total del desnudo erótico en todas las formas de expresión, demostrando una mentalidad retrógrada, en desacuerdo con la mentalidad de la comunidad internacional del arte.
Junto a estas tres pinturas hay una obra maestra que puede erigirse por sí sola en una de las grandes obras surrealistas; representa a una deidad saliendo del follaje de una jungla, un ejemplo supremo de lo que Lam había logrado dos años antes con La jungla, que representa a los dioses en su hábitat. La jungla se exhibe, ahora, de forma destacada en el MoMA, en una galería dedicada al surrealismo, aunque por muchos años estuvo escondida junto al guardarropa, probablemente porque las deidades desnudas son simultáneamente transgresoras y subversivas. La gran pintura que presenta la muestra es Hermès Trismégiste, dios del conocimiento secreto y la alquimia. Debió haber sido natural que Lam se sintiera atraído por la combinación de dos culturas, egipcia y griega, y el secretismo asociado con las escrituras esotéricas atribuidas a Hermes Trismegisto, también relacionadas con el contexto de las sociedades secretas en la práctica religiosa africana en el Caribe. Esta obra era el centro de atención de toda la exposición. Erigida, tal vez, en la máxima figura de poder de lo divino que creó Lam. Hermès Trismégiste es impresionante, ya que apenas se manifiesta en el plano físico. Las sutiles coloraciones de Lam alrededor de la triple cabeza y el doble juego de genitales masculinos pendientes de dos de las cabezas enfatizan su poder.
En la siguiente galería se presentó una selección de doce magnificas pinturas, que databan de 1947 a 1955, todas con una figura central que exhibía una fusión especial de forma animal y humana; la primera de ellas, Le guerrier (El guerrero), tiene dos cabezas que miran en direcciones opuestas y que parecen pájaros de la era prehistórica; el Sorcier de l’océan (El brujo de océano) es otro que destaca por su poderosa presencia, y es además una primera aproximación a una de las imágenes más icónicas de Lam: La Femme Cheval. Esta criatura, mitad mujer, mitad caballo, es una deidad de fuerte sexualidad/fertilidad. Hay una en la exposición que es particularmente fascinante, de 1955. Este es un motivo que Lam comenzó a desarrollar a fines de 1940 y que continúo trabajando hasta finales de la década de 1970, una imagen empoderada de la diosa del amor de la santería. El Museo Guggenheim de Nueva York tiene la notable Zambeia, Zambeia, que no se ha expuesto durante más de cuarenta años, y ni siquiera llegó al Museo Georges Pompidou de París para la retrospectiva de 2015.
La última galería de la exposición presentaba varias obras potentes de los años 1970, entre ellas, una hermosa selección de pequeñas piezas en bronce, algunas de las cuales nunca se habían expuesto. La más atractiva del grupo era Yemayá, una poderosa representación de la diosa del mar en la santería. Los objetos lucían muy bien, colocados de forma que enfatizaban el magnetismo de sus extrañas formas, y los hacía parecer ídolos o figuras votivos en un altar. Si observamos las pinturas de los años 1960 y 1970, estas son mucho más angulosas que en las obras anteriores, pero el poder y la presencia de este mundo extraño y mestizo, en el que fue pionero en exponer, son tan fuertes como en su trabajo anterior. Ici sur la terre (Aquí en la tierra), de 1955, parece el aterrizaje de una criatura en una nave espacial ejecutada con formas romboides, y podría confundirse fácilmente con la obra de un contemporáneo de Basquiat. Abalocha, que data de 1964, tiene una presencia mucho más estilizada y angulosa que las deidades anteriores, y sigue conformada por un doble juego de barbillas con genitales masculinos, diferente de las formas más complejas y fluidas de sus años seminales, pero sigue siendo una presencia extrañamente hierática que no podemos dejar de admirar.
La exposición en Pace es una contribución excepcional al paisaje cultural neoyorquino, que será recordada por su extraordinaria calidad y por el hecho de que supera con creces cualquier otra realizada por un museo –aquí–, para mostrar las mejores obras de uno de los más grandes y significativos artistas de nuestro tiempo. Demuestra, además, y esto es muy importante dentro del contexto cultural norteamericano, que estamos empezando a integrar, ampliar y comprender las aportaciones de los grandes artistas injustamente pasados por alto.
