La exposición de Raquel Rabinovich en Hutchinson Modern & Contemporary es un testimonio de cuánto sus obras monocromáticas –algunas de las cuales están grabadas– pueden revelarnos acerca del proceso meditativo en la creación artística. Rabinovich ha viajado mucho por los países del Himalaya, y la serenidad de su trabajo está impregnada de la filosofía oriental y de la práctica de la meditación, que tanto han influido en su estética y en su particular enfoque del proceso creativo. “Portales”, el título de la exposición, subraya con acierto que sus obras son como ventanas a un territorio desconocido; una serie de aberturas desde las que podemos percibir lo visible y lo oculto. Lo que se encuentra debajo de la superficie en estas obras tiene una repercusión integral en lo que transmite esa capa final.

La artista ha residido en el valle del río Hudson durante mucho tiempo, una de las posibles razones por las que ha pasado desapercibida en el mundo del arte. Muchas de sus obras son instalaciones de piedra junto al río, destinadas a interactuar con las mareas del río mismo. Comenzó a hacer estas piezas cuando el cambio climático aún no era preocupante, pero ahora que el agua ha alcanzado nuevos niveles, adquieren un otro significado. Ello también puede explicar por qué durante tanto tiempo no hemos tenido conciencia del trabajo de esta talentosa artista. Su práctica está muy ligada al Earth Art (arte de la tierra), un movimiento derivado del minimalismo y que ahora, en retrospectiva, puede verse como el comienzo del movimiento ambientalista surgido en oposición a la desenfrenada comercialización del arte a fines de la década de 1960 en Estados Unidos. Estas ideas y obras estaban, en diversos grados, divorciadas del mercado del arte y en contra de él, al igual que el arte povera italiano, con su fuerte énfasis en materiales simples y no elaborados.
Su trabajo, misterioso, exige observación: casi lo contrario de cómo miramos el producto comercial, que con demasiada frecuencia se produce en masa para satisfacer las demandas de las ferias y subastas de arte, en constante crecimiento. Es en verdad refrescante ver piezas profundas que exponen una técnica desarrollada a partir del pensamiento y no de la objetivación de la obra, que por lo general se compone de material apropiado. Su producción parte de un lugar de meditación, de un proceso de reducción, hasta llegar a una esencia que luego se revela sugiriéndola, aproximándose a ella, y haciéndonos tomar conciencia de que hay una manera muy distinta de ver aquello que parecía inalcanzable.
Raquel Rabinovich se instaló en Nueva York en 1967, pero es oriunda de Argentina, y, lo que es más importante, la han influido las lecturas de Jorge Luis Borges, el brillante escritor que nunca recibió el Premio Nobel porque su literatura no podía manipularse en posturas políticamente comprometidas, y también porque entró en conflicto con la presidencia de Perón. Rabinovich estuvo encarcelada brevemente por sus posturas políticas. A su llegada a Estados Unidos, sus vivencias la ayudaron a ver, o, mejor dicho, comprender la luz de la oscuridad, como lo expresa con elocuencia el título de una de sus obras: La oscuridad tiene su luz. La narrativa de Borges surge en su obra. Una de las más contundentes de la exposición, Cuando el silencio se convierte en poesía 2: para Jorge Luis Borges, está compuesta con barro del río Danubio, en papel Essindia. Las filas visibles de rectángulos pueden sugerir una pared suspendida o uno de los laberintos de los cuentos de Borges. Esta pieza no es de gran tamaño, pero la forma como el barro se integra con el papel produce una superficie muy interesante, y el proceso de observarla da la sensación de estar intentando descifrar los restos de una inscripción arqueológica: indescifrable, pero, de alguna manera, aún con una poderosa presencia.
En esta exposición, la idea que tuvo Rabinovich de mezclar lodo de diferentes ríos para construir sus libros puede observarse mejor en River Library 300 (Biblioteca fluvial 300), de 2007-2008. Compuesta por sedimentos del río Paraná pegados al papel Essindia, parece un manuscrito, pero su materia es casi como la del río, sin escritura alguna y mostrando un color específico del sedimento, como si se hubiera descubierto un libro antiguo. También se desenrolla como los antiguos códices mayas y aztecas, que difieren por completo del formato de los libros europeos, ya sean antiguos o modernos. Los libros de Rabinovich son como escritos surgidos de la naturaleza, con la menor intervención posible de la artista, quien recalca, con fuerza y delicadeza a la vez, cuán urgente es valorar y preservar los ríos que hemos dado por sentados durante demasiado tiempo.
