El curador David Miranda realizó, en colaboración con Pedro Friedeberg, para el Museo Experimental El Eco un salón que se abre como cónclave, a la manera de los realizados por algunos médiums, para invocar y traer a un espacio específico la apariencia o aparición de una multiplicidad simultánea de mundos probables en el tiempo. A partir de la conversación que hubo y hay entre Friedeberg y Mathias Goeritz, a cuya evidencia podemos asomarnos a través de la correspondencia que tuvieron, aderezada con dibujos y fotografía, traída a cuenta en los paneles de vidrio que la presentan, colgante o pendiente, hace las veces de ventana al proceso o matriz que acompaña las sinergias que invocan o traen al momento presente una instalación realizada a partir del espacio creado por Goeritz y los objetos de Friedeberg que han sido dispuestos en él.

Es un salón que cumple con los engañosos límites del aparador. Aunque no hay un vidrio que nos separe de su acontecimiento. No es un ver a través, es un mirar durante, como paseo entre los objetos que definen una tensión, no solo entre sí, sino en su uso y naturaleza. Presidiendo el salón, nos encontramos un sofá que lo dice, superpuesto al espacio museográfico que ocupa. En la ilusión o el simulacro de ser un salón, se abre como lugar para entablar conversaciones (y performances, en este caso) de una u otra índole (ya sean más o menos banales) dentro de un ejercicio más o menos mecánico de representación. Es un lugar que invoca las marcas de lo moderno para contravenirlas. Un espacio de exposición para artefactos que se imponen como elementos de un estatus social (sea este estatus algo que trasciende o transgrede lo convencional) para sublimarlos desde su matriz convencional o utilitaria hacia una lógica fantástica.
El sofá en cuestión remeda en cierta medida los rasgos taxonómicos del estilo Luis XV para subrayar, desde ahí, sus particularidades. El tapiz está hecho a partir de corbatas, las patas emulan pies, las manos coronan como estelas doradas los extremos, y las extensiones, que adornan el respaldo como ramos, cuyas flores son, de nueva cuenta, manos. Todo lo que crea para quien se sienta, la ilusión de ser tocados ceremoniales a mitad de camino entre los descritos en los cuentos árabes y la filigrana que adorna las piedras ancestrales de Mesoamérica.
Está la tentación, por supuesto, de sentarse y de documentar ese sentarse, frente a los inconvenientes de tono y convención de tales desplantes. Un campo vedado donde persiste la tentación de hacerlo de todos modos, como medio para trascender o transgredir un entorno que se impone o manifiesta desde distintos estratos de convención, confundiéndolos. No es tanto sentarse como sentir la tentación de hacerlo, como algo que está ahí para suceder, y, sin embargo, como en un aparador, la distancia o separación que no lo permite más que recurriendo, en términos alquímicos, a una sublimación.
Pueden apreciarse en el sofá, traído de casa de Pedro Friedeberg, los rastros de las garras de sus animales domésticos. Esta particularidad sirve como puente, entre espacios públicos y privados, para decir lo excepcional desde lo cotidiano. Entre restricción e imposibilidad se descubre una cualidad mágica (si cabe describirla así) que funde, violenta y transforma estos espacios. La tentación de decirse desde ese lugar como un llamado a lo excepcional.
Y en cuanto espacio, contraponiéndolo a las nociones de lugar específico que se imponen y confunden en el diálogo entablado en este salón, se apercibe lo excepcional como una aparición. Un fantasma, si cabe llamarlo así, que se extiende de manera sobrenatural sobre la conversación que mantienen los objetos con las líneas que lo definen, en cuanto extensión cosmológica. Ahí, donde el público sirve de testigo a las dinámicas que se crean entre los monolitos y las torres de un babel construido como campo. Las líneas se sobreponen a partir de diversos imaginarios rescatados, arrastrando el ruido inasible de lenguas muertas, voces perdidas y tótems que se reconocen, viscerales, desde lo abstracto. Proferidos desde lugares que se dicen, desde la superposición del tiempo de los objetos y de sus referencias, como materializaciones de la alucinación.
Es desde este espacio que, como arquitectura, contraviene las nociones dictadas por el régimen de lo moderno (ese gran espíritu normalizador de la grandeza de lo funcional) que se conjura en el tiempo como bastión de lo orgánico para este catálogo del mundo. En un intento de traducir o reducir un término tan abierto y evanescente como es lo “emocional” para Goeritz, y aún, haciéndolo como una provocación, como para encontrar las palabras que puedan decir lo “emocional” como espacio que conjura e invoca un tiempo fuera del tiempo. Un lugar emocional, valga pues, que evoca en su materialidad, a manera de escenografía, los campos de excepción que han sobrevivido a través de las convenciones de lo moderno. La astrología, como medio de escrituración y narrativa. Dice el lugar en el mundo, las topologías, los porvenires probables a partir de nociones y asumidos registrados –in extenso– de manera tradicional. La homeopatía como medicina divergente o alternativa a la convencional, que postula que lo similar cura lo similar. Así se curan, desde sus similitudes, rompiendo con lo tradicional, sobreviviendo como alternativa a la norma de lo moderno.
El Salón de los Astrólogos Homeopáticos toma su nombre de una obra de pequeño formato de Friedeberg, expandida en más de un sentido, para adornar la pared y conferirle, a partir de tramas y juegos geométricos, una profundidad abismal.
