Con una apuesta ambiciosa, el Museo de Arte Moderno de Bogotá presentó la primera exposición institucional, con obras de la artista Luz Lizarazo (Bogotá, 1966); objetos, dibujos, pinturas, instalaciones, y una intervención en uno de los muros externos del museo, concretan el proyecto antológico, curado por Eugenio Viola. El título, “Cicatrices”, anuncia la presencia de cuerpos heridos, de pieles desplegadas, de órganos vulnerables, de amuletos poderosos, de formas míticas y de superficies cosidas; toda la muestra pone de manifiesto el universo creado por Lizarazo en los últimos veinte años. Las enunciaciones sobre lo femenino atraviesan las obras, que –por lo demás– resultan tan bellas como aterradoras. Impresiona la manera en que la artista consolida una mitología con formas híbridas que revelan la exuberancia de la naturaleza y la fuerza vital de unas féminas salvajes; a su vez, esa mitología resulta un entramado entre lo ancestral y el tiempo presente que nos confronta.

La exposición cuenta con cinco momentos que consolidan el relato curatorial: “Las niñas”, “Piel”, “La feminización del mito”, “Universo” y “Gabinete de curiosidades”; en cada sección se puede apreciar el trabajo de la artista con materiales y técnicas diversos, su capacidad de producción y –lo más importante– la consolidación de una poética que remueve ideas normalizadas sobre lo que significa ser mujer en la contemporaneidad. En el texto central de “Cicatrices”, Eugenio Viola señala: “Lizarazo ha desarrollado un lenguaje visual propio que confronta el sometimiento sistémico de la voz y el cuerpo femenino, creando un espacio que reconoce y celebra la autonomía, la sexualidad y la liberación femenina”. Ese reconocimiento que destaca Viola atraviesa las salas de exhibición, y el público se ve enfrentado a imágenes que lo vinculan con sus propias interpretaciones sobre lo femenino, pues Luz Lizarazo trastocó representaciones y significados; su propuesta desbordó lo puramente físico para crear un mundo imaginario que remite –paradójicamente– a la dimensión real, justo porque la ficción –incluso la más preciosa– parece revelarnos de manera inminente la verdad más perturbadora.
Siguiendo con lo anterior, es inminente señalar cómo es que Lizarazo levanta una ficción con símbolos y figuras que son y no son reconocibles; las hemos visto en la cotidianidad, pero también –y es lo más probable– en nuestros sueños o en los relatos mágicos y espeluznantes que nos fueron narrados dentro de la vida doméstica, o en lecturas de la infancia; y es ese juego perverso, que no alcanzamos a asir del todo, el que le da sentido a “Cicatrices”. De repente, aparece un cuerpo de mujer con seis tetas, unos tótems de cuerpos femeninos, una cabeza hecha en cerámica que nos muestra lo que las abuelas llamarían una “lengua viperina”; una vulva gigante en la que podríamos introducirnos, unos órganos hechos en vidrio que exacerban la fragilidad de nuestra biología, unas corporeidades –entre monstruosas y bellas– que son parte humanas y parte animales, unos objetos depositados en gabinetes que parecen haber sido usados en otros tiempos para ritos eróticos o de brujería; nos intimida el muelle de un colchón que cuelga del techo y que tiene atrapado un entretejido de medias veladas: una instalación que evoca un cuerpo que ha sido torturado o amado; todas, absolutamente todas, imágenes poderosas cargadas de una crítica a la contención de los cuerpos, una apología a la bravura femenina, un homenaje a los cuerpos que se levantan con todas sus heridas encima, a esos que resisten aún en medio de la oscuridad más insoportable.
Una de las obras más contundentes de “Cicatrices”, y que marcó un quiebre en la carrera reciente de Luz Lizarazo, es Las niñas sin ejército (2020), un dibujo que denunció abiertamente el abuso de una niña por parte de miembros del ejército colombiano, en junio de 2020. Esa imagen circuló masivamente en su momento como un ícono del abuso contra la mujer, y fue uno de los detonantes para el desarrollo de obras posteriores, en las que Lizarazo agudizó aún más su lenguaje resistente y su postura frente a la protección de la vida. La obra se convirtió en una serie en la que la frase “las niñas sin…” fue completada con otras palabras que dan cuenta de otras maneras en las que se ejerce el abuso sobre la población femenina. A raíz de la potencia de esta serie visual, la artista y el curador decidieron hacer una intervención en uno de los muros externos del museo con las imágenes de “las niñas sin”; la pared fue empapelada en su totalidad, y sobre la superficie, el público tuvo la libertad de manifestar sus ideas, inconformidades, e incluso las denuncias más íntimas de abuso, en su mayoría de tipo sexual. Esta intervención potenció los contenidos de la exposición y la necesidad de crear espacios en los que el arte posibilite dar voz a quienes están sujetos a formas del poder que vulneran la vida.
ÉRIKA MARTÍNEZ CUERVO
