La muestra “Música de las formas” de la artista Glenda León (La Habana, 1976, vive y trabaja entre Madrid y en su ciudad natal) tuve ocasión de verla, y especialmente sentirla, en el MARCO de Vigo, si bien fue anteriormente organizada para el MEIAC de Badajoz (Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo), comisariada por el profesor y teórico José Jiménez dentro del proyecto La Expresión Iberoamericana por él dirigido. Se inscribe, entonces, en el manifiesto interés por establecer territorios de expresión y conocimientos compartidos entre los artistas de la península ibérica y los de la América que habla español y portugués. Bien visto, se trata de seguir manteniendo, por otras vías, los “Cantes de ida y vuelta”, que es como se llama al conjunto de los palos flamencos originados a partir de música popular hispanoamericana: la milonga flamenca, la vidalita, la rumba, la colombiana y la guajira, entre otros. Y, ciertamente, esta apreciación nos resulta muy interesante para mejor enfocar las obras expuestas de una creadora que por trabajo y vida es un perfecto ejemplo de artista “de ida y vuelta”, pero también por la innegable y sutil presencia de la música en una exposición que desde su mismo título la evoca con soberbio y afirmativo espíritu. Y estoy convencido de que la música de esta muestra posee la misma cualidad que Wittgenstein creía existente en toda manifestación artística. “Lo inexpresable está contenido inexpresablemente en lo que es expresado”. Parece un juego de palabras, o un galimatías verbal, pero es de una claridad meridiana y solar. Y, sobre todo, es de una extraordinaria ayuda para comentar el muy bello e inteligente trabajo de Glenda León.

La muestra se estructura en tres movimientos (en su sentido musical) que se autopresentan con las mismas cualidades que encontramos en la Forma Sonata: “Exposición” (correspondería a Tierra y cielos), “Desarrollo” (la parte titulada por la artista La espiral del tiempo) y “Re-exposición” o “recapitulación” (que sería Ver la música, el movimiento final). Ahora bien, son las mismas obras presentadas –de gran variedad formal, matérica y conceptual, e incluso me atrevería a decir que dicha variedad también la percibimos en cuanto a los diversos grados o niveles de sentimiento incorporado– las que eligen su propia tonalidad en el momento de expresarse, es decir: en el mismo instante que se ofrecen a la mirada del espectador. De ahí la sofisticada cualidad que encontramos en gran parte de las obras: el hecho de que pueda ser la mirada ajena la que intelectualmente crea y recrea la privada melodía que solo sonará en la mente de quienes se acerquen a escuchar estos trabajos. Es tan importante la música callada que sentimos en estos trabajos que nos reconocemos en la famosa apreciación que Stendhal expresó en su Vida de Rossini: que el dominio de la música comienza allí donde acaba el del habla. Y sin duda que esta fisura (o esta tensión dialéctica) está desde siempre muy presente en el trabajo de Glenda León. Recordemos, llegados a este punto, la idea de Wittgenstein ya citada: lo inexpresable está siempre contenido en lo expresado.
Desde el inmenso Cielo (2009), tan bello como entrañablemente protector, que nos recibe al entrar en la exposición (una bellísima instalación trabajada como un concepto espacial y que no es nada más –¡nada menos!– que una pared azul descascarillada por el tiempo) hasta, ya al final de la muestra, la Ascensión Silenciosa II (2013) (y que bien pudiera ser una interpretación de La escalera de Jacob, la estructura, según el Génesis, por la que los ángeles ascendían al cielo y descendían a la tierra), la muestra traza un brillante (e igual de correcto sería decir majestuoso) recorrido donde encontramos minimalistas geografías celestiales –Estrellas masticadas (2015), en sus diferentes series–; o la tan hermosa como perturbadora imagen en video de Dirigir las nubes (2017); o la delicadeza oriental de Cada lágrima es una forma del tiempo (2019), creadas con pestañas postizas y acuarela sobre papel; y sin olvidar la extraordinaria Metamorfosis (2018), donde su hacedora ha conseguido crear una mariposa ensamblando dos tapas de piano. Incluso la realidad política –en trabajos como La Internacional IV (2016), Estados transitivos: mundo político IV (2020), o la muy inteligentemente irónica La silla del poder (2014)– está sutilmente transfigurada en la tensión dialéctica que surge entre realidad creativa (física y presencial, por las obras en sí mismas) y realidad conceptual (ausente, evanescente y musicalmente callada). Hemos hecho referencia solamente a unas pocas obras (“miramos mejor lo que nos mira”), pero toda esta soberbia exposición de obras realizadas por Glenda León durante la última década es la refinada e inteligente demostración práctica de que el mejor arte es siempre la trabajosa experiencia de querer expresar lo inexpresable. Así, la Música. Así, el Tiempo. Así, el Amor. La Vida como una hermosa y terrible instalación de la misma existencia.
