Al inicio de la exposición “Utopías de lo inmaterial” del artista venezolano Federico Ovalles (Caracas, 1972), recorremos todo el largo de la pared que dejamos a mano izquierda en la galería Elvira Moreno, como si entráramos por primera vez. Dicha pared ha sido intervenida por el artista y transformada en un mar de concreto sobre el que parecen flotar a la deriva tres objetos que hacen referencia a lo doméstico, a lo tradicional: madera y mimbre. La entrada, que puede ser transitoria cuando se está de afán por entrar a ver el resto de las obras en espacios que jerárquicamente demandan más atención, es ya una contundente declaración de bienvenidas intenciones. Estos objetos que convierten el mar de cemento en una escultura pictórica, o en pintura escultórica, parecen una silla, el techo de una casa, los restos de un canasto: vestigios de otras formas de vida, anegados en este material de construcción; atrapados, pero aparentemente en movimiento errático, hacen pensar en las islas de la Utopía planteadas por Tomás Moro, y referidas en el texto curatorial de Francisco Arévalo. En este caso, las islas flotantes se hallan en un estadio en el que la utopía contiene los restos que hablan de su fracaso.

El concreto, símbolo de la modernidad, hace referencia –como menciona el texto de Nydia Gutiérrez– al desarrollo urbano y arquitectónico de escala inhumana que se llevó a cabo en países de Latinoamérica, en particular, en Venezuela: desmesuradas avenidas, obras públicas visualmente agotadoras, edificios que prometían un futuro moderno, mejor, próspero, con las ideas de progreso que cimentaban esa misma infraestructura. Teniendo como horizonte esta modernidad de raíz europea, bien afincada en América del Norte y del Sur, Ovalles desarma discursos y formas de hacer contribuyendo, desde las artes plásticas, al debate del desencanto que cuestiona y revisa el alcance real y el impacto que tuvo y tiene esta época histórica, hundida cada vez más en las profundidades del paso del tiempo, pero con sus cicatrices bien visibles y palpables en todo el tejido social, económico y ambiental.
Las obras presentadas por Ovalles en esta exposición llevan a cabo de forma ingeniosa ese vaivén entre hablar de un contexto personal, local e histórico, a través del cual se logra una conversación rica en matices de tiempos y espacios. Podemos hablar del despojo como constante metáfora de la migración venezolana, en particular, o en general, de los movimientos migratorios que suceden por todo el mundo, si analizamos, por ejemplo, Edro hexagonal I y Edro hexagonal II (2021); pero es inevitable dar un paso atrás y encontrar también un uso y rescate de materiales tradicionalmente rurales, como el mimbre o el yute, materiales empleados por artistas de la corriente arte povera en el siglo XX (pensemos en Manuel Millares, Jannis Kounellis, Mario Merz, por mencionar algunos). No obstante, Ovalles los sitúa, más allá de lo matérico y pictórico, en un universo cultural y ancestral acechado por ese mismo mar de cemento que nos recibe al entrar. Las obras no son una oda al material mismo; no encontramos aquí la idea de ready-made, sino una revisión a las raíces, a la fragilidad de la material, al umbral de la inmaterialidad.
En las obras Surface matter 2021 (#15, #17, #4 y #13) o Cargo is matter #1 (2021) –en las que también se emplea el yute de sacos de café–, los planos, los colores y los materiales que fueron bandera del lenguaje de la modernidad han sido subvertidos desde una reubicación orgánica, desde una apropiación personal del color. Verde menta, rosa claro, tierra rojiza, gris, blanca, negra, van generando planos intuitivos desprendiendo la posibilidad de una narrativa que surge de las relaciones que nos lanzamos a hacer. Al racionalismo insensible de la abstracción, de la geometría industrial, se superpone un proceso de jardinería de la forma que, por otro lado, recuerda, en algunos casos, la arbitrariedad rectilínea con la que se trazaron los mapas como resultado de las guerras de los siglos XIX y XX. Las huellas de la modernidad aparecen para ser subvertidas y trastocadas. Ovalles refiere a la realidad de forma alusiva, sin forzar, para anclar un suceso a partir del cual podemos comenzar a elucubrar. En este caso, ese suceso está marcado por la obra Zumaque 1914-2021, una instalación que referencia la primera perforación petrolera que se llevó a cabo en Venezuela, según cuenta el artista. Lo demás podemos hilarlo nosotros entre objetos, fibras, maderas, pinturas y concreto. Esta revisión crítica, pero juguetona, y el diálogo actual con los antiguos maestros, como el venerado dadaísta Kurt Schwitters –muy presente en obras como Deconstrucción Karive (2018) o Sustratos 5 (2018)-, logran involucrar al espectador más allá de una contemplación estética y técnica. Ovalles deja ver que, desde la crítica, el humor y la indagación constante, podemos sobreponernos a la herencia del pasado trazando nuevas conexiones para las generaciones por venir.
CARIDAD BOTELLA
