Esteban Ramón Pérez, nacido en la costa oeste de Estados Unidos, de padres mexicanos emigrados, representa con claridad e intensidad la herencia del concepto de familia característico de México. Muy joven comenzó a ser ayudante de su padre (lo que equivale a aprendiz, como se hacía en el Renacimiento, yendo a ayudar a los maestros). Su padre se dedicó a la tapicería, lo que ya nos ilumina un camino que Esteban Ramón Pérez no ignoraría. Sus primeros estudios en el área del arte lo orientan sobre todo a la pintura. Unos años después concreta una maestría, de la que emerge como un artista sintético y variado, con la comprensión del fuerte perfil de herencia, a la par que de autoridad estilística, histórica y de proyección social y personal. Esteban Ramón Pérez es un creador multifacético y multidisciplinario en el más amplio sentido del término. Su barroquismo es esencial e irreverente, histórico, comprensible y coetáneo, ya sea en razones, técnicas, procesos, materiales o esencias, como lo corrobora el título de la exposición, la cual pone de manifiesto el contenido patrio del escudo de México.

El corte de formas para tapicería lo hizo transitar de una cierta figuración a geometría y a contornos irregulares. Las pieles tienen curvas propias de los cuerpos de los animales, las cuales Pérez fue transformando en cuadrados o rectángulos, proponiéndose cubrir almohadones, respaldos y laterales de sillones. En la veta tradicional de la tapicería no se usan los recortes. En tapicería pop y socioperiférica, los recortes se incluyen como parte de sociedades zigzagueantes que revelan lo anticlásico como los recortes de una sociedad de cambios y adaptabilidades. Se sintetizaría en la frase “se hace lo que se puede con lo que se tiene”, que en México se expresa frecuentemente con el vocablo rascuache. El recorte es un mundo especial tanto para el padre como para el hijo, y es por este camino que Pérez trabaja ahora, aunque no exclusivamente. Otras valencias de la piel animal y los plumajes habitan en sus obras, relacionándose con luchas diversas, referencias indígenas, distintivos y galardones. La correlación entre animales y tradiciones mágicas, entre la sociedad contemporánea y los sobrevivientes de las culturas indígenas con entretejidos de culturas migrantes seculares –intensamente relacionadas con lo chicano–, se manifiesta en las realizaciones de Esteban Ramón Pérez.
En sus trabajos de los años del COVID-19 se percibe un aire que une los vientos de culturas primitivas diversas con una sintética elegancia de texturas. Algunas obras van al muro en formatos medianos y mayores, con y sin bastidor, con y sin soporte, hasta expresarse en objetos autosustentables.
El ejercicio del recorte trabajado desde niño –con o sin plantilla– ha abierto inconmensurablemente sus realizaciones a formatos irregulares articulados con zonas de levísima simetría. Transitando de crucetas de madera cortadas industrialmente a la utilización de fragmentos de ramas de árbol, cintas y cornamentas que sujetan diversas partes, Esteban Ramón Pérez llega a incluir metales de usos diversos para ratificar el entrecruzado de aplicaciones variadas y alusiones sociohistóricas. Las aquí citadas maneras en que el autor fue modificando su manera de concebir, realizar, sostener y presentar sus trabajos incluyen la alternancia de materiales rígidos y blandos, naturales y rascuaches.
Sus obras que no van cerca del muro atienden al unísono al significado de unión y separación. En cuanto a estos, debe mencionarse que los referentes mayores son “la tijera” y “la puntada”, las mayores presencias fácticas en su trabajo. Esteban Ramón Pérez amplía su autoría en ese mundo de primitiva originalidad que atiende a rescatar pequeñas poblaciones ignoradas, no respetadas y maltratadas en diversos puntos del planeta. No solo lo aborigen integra su decir, sino también la realidad chicana de la que él es parte indiscutible. La experiencia “lowrider” también formó su niñez, y esos paseos ondulados en autos expandidos conjugan ciertas formas ornamentales cromadas, que ocasionalmente aparecen en sus obras blandas –las cuales podrían llamarse chicanas–: tapices, embanderamientos, señales y sociomapas. No predomina la ortogonalidad, sino un tipo de libre albedrío, la máquina de coser parece ir en el lowrider por caminos de geografías diversas. La separación semiondulante de esos “mapas sociales” ofrece percepciones y alusiones simultáneas de los polos hasta aquí citados.
“Todavía soy un artista emergente”, dice con sencillez. Tiene exposiciones y participaciones próximas en varios destinos. Lo más cercano es una individual en la galería Charles Moffett. En las obras de Esteban Ramón Pérez conviven tonos y colores gris piedra, gris cemento y diversos matices tierra. Las zonas cálidas se acercan a los tonos naranjas y a los tonos vino tinto. Las tonalidades de vibración artificial e iridiscente acontecen en los terciopelos. Predominan los tejidos lisos, aunque hay sorpresivas utilizaciones de materiales floreados o rayados. La piel, el lowrider, las plumas, el terciopelo, ciertos metales, sobre todo en los objetos autoportantes; trozos de árbol y fragmentos de las sociedades heterogéneas revelan a este neobarroco chicano que abre un camino renovador en gran parte de la latinoamericanidad.
