El arte de María María Acha-Kutscher es un arte al servicio infatigable de la causa feminista. Solo que es tan imaginativo, complejo y polimorfo que sobrepasa ampliamente las limitaciones que suelen constreñir el arte al servicio directo e inmediato de la agitación política. Y se comprende que así sea porque su comprensión de dicha causa es tanto o más compleja y poliédrica que su propio arte, tan proteico. Para ella el feminismo no se reduce a las campañas en defensa de los derechos conculcados a las mujeres o a las manifestaciones de protesta por los atropellos y vejaciones que sufren cotidianamente en tantas partes del planeta. No, para ella, como para las teóricas más lúcidas del feminismo, cuyas lecturas frecuenta, lo que tales campañas y movilizaciones ponen definitivamente en cuestión es el régimen patriarcal que durante siglos no solo las ha sometido, sino que ha moldeado enteramente la cultura en la que todavía estamos insertos. Podría decirse, simplificando al extremo, que su logro más duradero y eficaz, y al mismo tiempo más sibilino, es la generación de una imagen de la mujer que las propias mujeres terminaron por hacer suya. En la que se dieron cita los estereotipos contrapuestos de la virgen y de la femme fatal para escamotear la auténtica condición de las mujeres, tan diversa y heterogénea, tan llena de fortalezas y posibilidades, que han cumplido un papel crucial en la historia de la humanidad.

Historia que no podemos seguir considerando una “historia de la humanidad” porque es también, y de una manera incontestable, historia de la femineidad, tal y como lo piensa Acha-Kutscher. Quien, con una decisión y un empeño excepcionales, no se ha quedado en la mera demanda de esta otra historia, sino que ha puesto manos a la obra y realizado un conjunto de obras a las que he puesto el título de Womankind, Mujermanidad. Entre ellas destacan las cinco series de foto-collages inspirados, según su propia confesión, en Une semaine de bonté, la novela collage de Max Ernst, publicada por primera vez en 1934. Algo que se nota en las imágenes que componen estas series, tanto por el hecho de que son collages y ostentan una clara voluntad narrativa como porque muchas de ellas están ambientadas en los interiores burgueses decimonónicos que inspiraron a Ernst, en los que el deseo de sus propietarios de imitar los interiores palaciegos los llevó a sobrecargarlos hasta la saturación de muebles, lámparas, alfombras, cortinas, relojes de pared, porcelanas y cuadros.

Hay, sin embargo, dos diferencias cruciales entre ambas, y que dan cuenta de la singularidad del arte de esta artista peruana y a la vez mexicana, que reside actualmente en España. La primera es la completa exclusión de los monstruos que pueblan las imágenes de Ernst, que son el resultado de la cópula “egipcia” de animales y humanos, y que encarnan un imaginario que riñe con la verosimilitud que pretenden las de Acha-Kutscher. La otra diferencia es aún más importante porque concierne al estatuto de la mujer. En muchos de los 182 collages de la novela gráfica de Ernst las mujeres aparecen como mujeres objetos, con frecuencia desnudas, atadas, azotadas o postradas. Ilustraciones de un penoso estatuto femenino que cabe interpretar desde la afinidad de Ernst con el surrealismo y su exaltada reivindicación de Sade y, por ende, de la sexualidad que se sacia infligiendo humillaciones y tormentos. En los collages de Acha-Kutscher el dolor jamás alcanza esos grados de estridencia. Si hay algo de penoso en ellos es el enclaustramiento evocado de manera sutil, y con referencia al confinamiento en la esfera doméstica al que estuvieron sometidas las mujeres por un patriarcado que reclamaba para los hombres el monopolio de la esfera pública. Que además es compensado por el hecho de que en las series de collages de Womankind, dichos interiores, antes que lugares de la impotencia, son los escenarios de relatos en estado de suspenso, cuyos protagonistas son invariablemente las mujeres. Ya sea la pareja de mujeres japonesas arrodilladas sobre la cama situada en una habitación, de cuyas paredes penden la escultura neoclásica de una ángel alado y un cuadro tradicional de japonesas; ya sea la mujer occidental enfundada en un abrigo y sentada entre candelabros en una larga mesa de comedor vacía, a cuyas espaldas cuelga un cuadro igual de enorme que representa a una mujer en traje de noche tocando el piano, en todos y cada uno de estos fascinantes collages las mujeres son las protagonistas. Con esta clase de imágenes Acha-Kutscher muestra, en contra de la cultura de la cancelación de la cultura, que aun en las situaciones más duras de confinamiento y subordinación las mujeres se las han arreglado para hacer su vida, lograr protagonismo y, en definitiva, imponer su sello en el denso tejido histórico al que solemos apelar con los términos de cultura o de civilización.
Esta inteligencia de la complejidad de la condición femenina, resuelta en términos éticos y estéticos, también obra en Les spectaculaires, una serie de diez imágenes en blanco y negro y otras tantas en color, centradas en la clase de mujeres que durante una época fueron atracciones de circo: barbudas, enanas, gigantas, siamesas, o carentes de brazos o de piernas. Sobre todas ellas, nuestra artista arroja una mirada amorosa, cómplice, una mirada como la que, de manera ejemplar, el cineasta Federico Fellini arrojaba sobre sus personajes, y que ella nos invita a compartir.

El amplio abanico en el que se despliega el arte de Acha-Kutscher incluye, así mismo, proyectos como Herstorymuseum e Indignadas. En el primero, ella abandona el terreno del foto-collage y se adentra con decisión en el del pictograma, explotando con éxito su capacidad de reducir a términos de manchas de color contrastadas temas muy complejos, sin perder un ápice de eficacia comunicativa. Es igualmente un proyecto de reivindicación de la mujer, pero quienes son reivindicados, en este caso, no son los personajes anónimos reivindicados en las series de Womankind, en Derruidas o en 365 días, sino mujeres que, gracias a su talento o a su activismo, han logrado el reconocimiento de la sociedad, y que, por lo tanto, merecen que se les consagre un museo. Un museo sui géneris, un museo abierto, en marcha, proteiforme, que lo mismo despliega sus imágenes en carteles pegados en la calle, o expuestos en centros o galerías de arte, que las guarda meticulosamente en cajas que son ellas mismas otros tantos libros de artista. La artista ha explicado que el punto de partida de estos trabajos es siempre una palabra, como Salomé, por ejemplo, que desencadena la cadena de asociaciones que termina condensada en un pictograma, acompañado con frecuencia de un texto pertinente, agudo, punzante.

La importancia de las imágenes agrupadas en Indignadas es difícil de exagerar. Con todo y lo importantes que son los objetivos perseguidos por los otros proyectos de Acha-Kutscher, quizás ninguno lo sea tanto como el de convertir al feminismo en la cifra y en la clave de la indignación contemporánea. La indignación que invocó con éxito el veterano resistente Stéphane Hessel, en un ensayo escrito y publicado en 2010, cuando la juventud se echaba en tantos países a la calle para demostrar su radical inconformidad con un mundo que no parecía ofrecerles un futuro distinto al de la precariedad y la desesperanza. Sin embargo, su llamamiento aún podía ser leído en clave patriarcal, por lo que hacía falta hacer lo que nuestra artista ha hecho: interpretar la ubicua y proteiforme indignación multitudinaria en clave feminista. O lo que viene a ser lo mismo: ofrecer a la mujer, al género femenino, si se quiere, como modelo de interpretación y actuación a las heterogéneas insurgencias que hoy tienen a su cargo la esperanza de millones de personas a lo largo y ancho del planeta. Ofrecerla como modo específico de la sensibilidad, la imaginación, la inteligencia y, desde luego, el coraje. Dando por fin contenido a la promesa contenida en el hecho de que la protesta, la esperanza, la revolución, la libertad, son palabras de género femenino. Indignadas resulta, por lo tanto, un catálogo visual de las protestas que por los más diversos motivos están quitado actualmente el sueño a los dueños del mundo. Aunque con frecuencia están motivadas por razones que no encajan en la agenda, diríamos, ortodoxa del feminismo, han tenido siempre a las mujeres como las protagonistas más lúcidas y consecuentes. Por lo que en este catálogo figuran imágenes femeninas asociadas a la consigna I can´t breathe, ligada específicamente a los padecimientos de la minoría afroamericana, junto con las coreadas en marchas y movilizaciones por Femen, Pussy Riot, SlutWalk o Alfombra Roja: Vivas nos queremos, Grito por las que no pueden, El violador eres tú o Las ricas abortan y las pobres mueren.
Indignadas evoca sin duda el activismo gráfico de las Guerrillas Girls, y su autora reconoce la influencia en la gestación de sus imágenes de las lecciones gráficas impartidas por Emory Douglas, el cartelista de los Black Panthers, y por Jesús Ruiz Duránd, el extraordinario cartelista de la reforma agraria peruana de los años 60/70 del siglo pasado. Pero creo que ella ha ido más lejos de donde ellos fueron, debido al tamaño vertiginoso de su ambición: convertir a las mujeres en el símbolo de la resistencia y de la esperanza en el mundo.
CARLOS JIMÉNEZ

