Exposición Individualjun 2022 - nov 2022· Por Esteban Gutiérrez

David Vélez

Museo de Arte Moderno de Medellín - MAMM

La Sala de experimentación sonora (Lab.3) es un espacio del MAMM diseñado para la exhibición y vivencia del arte sonoro, y de proyectos de creación que usan el sonido como material artístico principal. Desde 2015, ha acogido proyectos artísticos en áreas creativas como el paisaje sonoro, el microsonido, la música electrónica, la ecología acústica o el bioarte. Entrelazando estos campos de acción, el artista bogotano David Vélez (1973) presenta su exposición “Un último día perfecto”, desplegando un cultivo vegetal dentro de la estancia, que se desarrolla dentro de este hábitat artificial estimulado por los componentes sonoros y lumínicos de la instalación, así como por la participación activa y afectiva del público. En esta propuesta convergen la permacultura, el arte sonoro y la especulación científica como instrumento poético, proyectando caminos posibles para generar vínculos simbióticos entre el hombre y su entorno natural. Por ello, el proyecto se articula dentro de un ciclo de exposiciones, cuyo hilo conductor es la relación de los humanos con la naturaleza, revisada desde diferentes enfoques.

Exposición Individual: David Vélez — imagen 1
David Vélez. Un último día perfecto, 2021. Instalación sonora. Dimensiones variables.

Esta instalación configura un espacio de contemplación, escucha y conocimiento, y está compuesta por cuatro elementos principales. Como punto de partida, el proyecto usa la idea, planteada por el astrofísico Carl Sagan, del surgimiento de un “último día perfecto” con la llegada del fin del mundo, en cinco mil millones de años en el futuro. Metáfora usada para señalar el conflicto existente entre la cultura humana y su medioambiente natural. Así, el elemento central de la obra y del espacio es una huerta constituida por seis canastas plásticas dispuestas sobre una mesa-contenedor que las eleva aproximadamente a un metro de altura. Allí crece, durante el tiempo de la exposición, un cultivo de remolachas que actúan como actores simbólicos para posibles prácticas y relaciones simbióticas, entre el hombre y la naturaleza, que estimulen una cultura ecológicamente sostenible. La remolacha ha sido seleccionada por Vélez como símbolo de esta potencial comunión, por ser una planta con un alto valor nutricional, utilizada hoy en investigaciones de diferente índole y áreas de estudio como la neurociencia o la ingeniería solar. Por ello, esta planta representa para el proyecto el potencial de la permacultura y la conciencia ecológica como catalizadores de cambios en nuestra relación con el planeta.

En segundo lugar, sobre el cultivo, e iluminándolo cenitalmente, se encuentra una lámpara que estimula el desarrollo de las plantas dentro de la sala, en ciclos de luz y oscuridad de doce horas. Ha sido creada mediante una “receta lumínica” que mezcla bombillos led de diferentes colores e intensidades, para simular la luz solar de acuerdo a las necesidades de las remolachas. El tercer elemento de la instalación es una pantalla, en la pared lateral, que presenta un video en bucle del Sol, rotando sobre su eje e irradiando su energía en el espacio. La esfera roja, que ocupa la parte derecha de la pantalla, se articula con la luz escarlata y los tonos purpúreos y rojizos de las plantas, para generar un ambiente cálido y espectral en el espacio expositivo.

Por último, la obra se completa con su componente sonoro, que cumple la doble función de fortalecer el ecosistema que sustenta a las plantas y abrir un vaso comunicante entre el público y estos seres vivos. Para ello, Vélez despliega la atmósfera sonora mediante dos sistemas con funciones específicas. Por un lado, un conjunto de amplificadores, de ocho canales, que circundan el cultivo en los límites del salón reproduciendo una pieza compuesta de ondas sinusoidales y otros elementos acústicos. Por otro lado, frente al sembrado se encuentra un micrófono, abierto a la participación del público y conectado a un transductor dispuesto directamente sobre los contenedores del huerto, en contacto con la tierra y las raíces de las plantas. La suma de estos dos sistemas de audio invita, de forma especulativa, a generar relaciones emocionales y sensibles entre todos los miembros del ecosistema. Mientras que la composición musical ha sido creada para acelerar el crecimiento de los vegetales y mejorar sus sistemas biológicos, la voz humana, generada durante la participación del público, conecta al proyecto con prácticas culturales tradicionales que consideran saludable hablarles a las plantas. Cabe señalar que diversas investigaciones de interés para Vélez indican una especial sensibilidad de estos seres vivos por los estímulos sonoros y vibratorios.

El conjunto de la instalación resulta acogedor e hipnótico. La luz rojiza desvaneciéndose paulatinamente, y dejando en penumbra la periferia del salón rectangular, produce un efecto visual sobre el cultivo, que parece germinar extrañas plantas iridiscentes. Sumado a ello, el incesante zumbido de las ondas sinusoidales resulta molesto al principio, y tranquilizante a medida que el cuerpo se adapta a este entorno. Por su parte, la experiencia de hablar a las betarragas a través del micrófono resulta extraña a nivel auditivo, ya que la fuente de amplificación no es fácilmente identificable, lo que produce la sensación de oír la propia voz dentro de la cabeza. En otras palabras, el sonido no parece expandirse en el espacio, sino convergir en el propio hablante, que, en consecuencia, escucha lo que las plantas sienten.

Para finalizar, es de resaltar que una observación detallada de la obra permite encontrar todo un ecosistema natural, colonias de insectos diminutos, mariposas o gusanos, que se suma al dominio artificial constituido por la infraestructura técnica, el personal del museo y los propios visitantes. Este encuentro resalta el sistema problemático circunscrito por Vélez e invita a reflexionar sobre nuestras prácticas culturales, formas de consumo y el futuro cercano. Como colofón de la exposición, las remolachas serán cosechadas y consumidas por el equipo MAMM, cerrando el ciclo inherente al cultivo de hortalizas.

David Vélez, por Esteban Gutiérrez | artnexus