Cantos de Griot: arte afrocubano

Moisés Finalé. Ella perdió su cabeza, 2006. Técnica mixta sobre tela. 156 x 275 cm (61 27⁄64 x 61 27⁄64 pulgadas).

Colectivajun 2022 - nov 2022· Por Carlos Jiménez

Cantos de Griot: arte afrocubano

Domus Artium 2002 - DA2

Esta exposición incluyó obras entresacadas de la colección de arte cubano de Luciano Méndez Sánchez por la curadora Suset Sánchez. Colección amplia y heterogénea, compuesta por varios centenares de obras y formada a lo largo de los muchos años, en los que este empresario español ha mantenido un contacto regular con la isla en la que ahora reside. Él distingue en ella tres partes. La primera, formada por obras de artistas fallecidos; la segunda, integrada por las de artistas contemporáneos reconocidos, y la tercera, hecha a partir de las obras de los artistas más jóvenes. Bajo el título de “Un viaje de ida y vuelta” se expuso entre 2019 y 2020 en DA2, el centro de arte de Salamanca, donde igualmente se expuso la selección de obras de esta, curada por Sánchez.

Si con el título de la primera de estas dos exposiciones sus comisarios quisieron enfatizar que la colección se inserta en la larga historia de intercambios culturales entre España y el Caribe, tanto el titulo como el subtítulo de la segunda llaman la atención sobre la extraordinaria contribución de las religiones de origen africano a la formación de la cultura y las artes cubanas. Tanto las de ayer como las de hoy. El título, “Cantos de griot”, es un homenaje a los griot, los aedos o rapsodas que se encargaban, y aún se encargan, de conservar y transmitir por vía oral las leyendas, los relatos, canciones y poemas en los que toman cuerpo las tradiciones africanas. El subtítulo –“Imágenes y espiritualidad afrocubanas en la colección Luciano Méndez Sánchez”– enuncia el contenido del homenaje y da nombre al compromiso con dicho legado de los nueve artistas cuyas obras fueron expuestas.

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Manuel Mendive. El árbol del mango, 2011. Acrílico sobre lienzo. 85 x 100 cm (33 15⁄32 x 33 15⁄32 pulgadas).

Y la exposición misma se encargó de demostrar cuán diversas son las maneras como cada uno de ellos aborda dicho compromiso y lo resuelve en términos estéticos, e incluso políticos, muy distintos entre sí. Manuel Mendive, una figura histórica de esta caudalosa tendencia cultural y artística, mostró pinturas y esculturas que evocan y combinan de modo singular elementos recurrentes tanto en el imaginario como en los rituales de la santería, la religión afrocubana más extendida. Los orishas o dioses, los espíritus de los antepasados, los animales totémicos, los caracoles utilizados en las artes adivinatorias, todos ellos enmarcados en “el monte”, que es bosque, símbolo, olimpo y refugio.

Así, Eduardo Roca (Choco) expuso un Homenaje a Changó, una colagrafía que, a pesar de su tamaño mediano, consigue transmitir el formidable poderío de Changó, la divinidad masculina que preside el panteón de las distintas religiones o “reglas” afrocubanas. Choco comparte con Mendive un concepto del espacio pictórico absorbente, incluyente, saturado, si se quiere, que niega al vacío y anula o neutraliza la oposición fondo/figura, que fue durante siglos un rasgo dominante de la pintura occidental.

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Eduardo Roca (Choco). Tributo a Changó, 2006. Colagrafía. 65 x 85 cm (2 519⁄32 x 33 15⁄32 pulgadas).

También lo hace Moisés Finalé, con cuadros de gran formato habitados por versiones mitológicas de humanos y animales que rinden tributo tanto a los imaginarios afro como al mismísimo Buda, el iluminado. En su caso, sí que cabe hablar de “espiritualidad”, debido a la separación y la distancia que establece su pintura con respecto al complejo de creencias, fidelidades, liturgias y rituales; en él surgió y conserva actualidad y vigencia el repertorio de imágenes afrocubanas. E igual puede decirse de Carlos Quintana, cuya pintura se mueve, así mismo, en un territorio fronterizo de confluencias, yuxtaposiciones e intercambios entre varias tradiciones históricas y culturales, demostrando así que el “sincretismo” –que Fernando Ortiz supo detectar en la cultura cubana– aún continúa dando vigorosos frutos. Una de las obras más impactantes de esta muestra fue sin duda Vida y muerte del Ángel Negro, cuadro de 316 x 240 centímetros, óleo sobre lienzo, poblado de figuras humanas fantasmales, de cráneos y huesos y de unos cuantos animales. En él, las lecciones del neoexpresionismo se superponen a las del barroco, del mismo modo que la evocación del ángel cristiano se entrelaza fluidamente con la de los espíritus omnipresentes de los antepasados. Su pintura Le sale el caballo de donde le sale a todo el mundo ofrecía, en cambio, una versión a la vez irónica y expresionista del “encabalgamiento”, es decir, del fenómeno de la posesión de los iniciados por los orishas en los rituales afrocubanos.

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Santiago Rodriguez Olazabal. Sin título, 2002. Técnica mixta sobre lienzo. 88 x 215 cm (34 41⁄64 x 84 41⁄64 pulgadas). Colección Luciano Méndez Sánchez.

La espiritualización que producen la depuración y el refinamiento de las prácticas y las creencias religiosas resulta singularmente paradójica en el caso de Santiago Rodríguez Olazábal. Él es un artista que, siendo al mismo tiempo sacerdote de la Regla Osha-Ifá, realiza en sus obras una reducción radical de la exuberancia colorida y polimorfa de los imaginarios afrocubanos. En las obras que expuso en “Cantos de griot”, el dibujo obra con fuerza; las figuras humanas son más realistas que alegóricas o mitológicas; la paleta es extremadamente austera, y los colores utilizados tienen una notable carga simbólica. En su texto curatorial, Suset Sánchez cita estas explicaciones suyas: “El blanco simboliza el color de los huesos; el negro, el color del mundo subterráneo; y el rojo es el color de la sangre, que es una esencia primordial”.

Roberto Chile, con sus collages fotográficos, y Ricardo Elías, con sus fotografías en riguroso blanco y negro, se encargaron de aportar a esta muestra el componente documental. Somos, obra del primero, es un enorme mural compuesto por un centenar de fotos a todo color de los escenarios, los hábitos, los trajes y los rituales de los creyentes e iniciados que habitan en Guanabacoa, el municipio donde se levanta el santuario de la Virgen de Regla, lugar sagrado para la santería. El tema de las fotos de Elías es, por el contrario, las ruinas de las “centrales”, los grandes ingenios azucareros que fueron el núcleo duro de la economía cubana en los tiempos coloniales, cuando la mano de obra era esclava, y siguieron siéndolo durante el período republicano, cuando los esclavos emancipados se habían transformado en trabajadores negros asalariados. Tanto los unos como los otros fueron focos muy importantes de los asentamientos humanos responsables de la erección de las complejas arquitecturas de la religiosidad afrocubana.

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José Bedia. Mbua ndoki, perro brujo, 2004. Técnica mixta sobre lienzo, cadenas, barro, escultura de barro sin cocer. 365 x 850 x 500 cm (33 15⁄32 x 334 41⁄64 x 334 41⁄64 pulgadas). Colección DA2.

Las ruinas de las centrales son también memoria de un sueño de la Revolución cubana que concluyó en fracaso: la zafra de las diez millones toneladas que habría permitido a la Cuba socialista dar su propio Gran salto adelante. Pero este no ha sido el único sueño malogrado. También lo ha sido el de la igualdad de todos ante la vida y ante la ley proclamada por la Revolución, que, sin embargo, no ha conseguido hasta ahora erradicar completamente el racismo, esa pesada y siniestra herencia cultural legada por el colonialismo y la esclavitud, que aún sigue afectando a los afrocubanos. Suset Sánchez, deseando llamar la atención sobre este hecho, incluyó en esta muestra obras de Juan Roberto Diago, cuyas pinturas apenas guardan relación con los imaginarios afrocubanos. Pero sí estuvieron en esta exposición fue porque –afirma Sánchez– ellas son “un grito que emerge de las profundidades de una consciencia negra contra el racismo, la marginalización y criminalización de la población afrodescendiente en la Cuba postrevolucionaria y postsoviética”.

Cabe mencionar, por último, el hecho de que “Cantos de griot” incorporó una obra que no pertenece a la colección de Luciano Méndez Sánchez, sino a la colección de DA2. Se trata de Mbua Ndoki, perro brujo, una formidable instalación de José Bedia de 2004, cuya presencia en esta muestra sirvió tanto para “abrir o cerrar su recorrido, según su prefiera”, al decir de su curadora. Y que desde luego iluminó al conjunto por la calidad extraordinaria de esta y por el hecho de que Bedia sobresale entre todos los artistas fieles al legado africano por la fecundidad, la versatilidad y la complejidad de su aporte a su actualización y reelaboración. Bedia es abakuá, un iniciado en la Regla Palo monte, que se ha esforzado por elaborar un vasto repertorio visual que intenta sintetizar en términos inéditos los logros artísticos tanto de los pueblos afroamericanos como de los pueblos originarios. A cuyo conocimiento ha accedido tanto por sus viajes por África, el Caribe y Norteamérica y Suramérica como por el estudio en profundidad de las investigaciones de antropólogos, etnólogos e historiadores del arte de dichas culturas. Su obra responde, en definitiva, al propósito mayúsculo de poner en marcha una nueva cosmovisión. O si prefiere, una ecúmene, un dilatado ámbito artístico y cultural que sea lugar de encuentro y comunicación que al mismo tiempo reivindique y otorgue una nueva vitalidad a los legados africanos y aborígenes en las Américas.

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