Exposición Individualjun 2022 - nov 2022· Por Rigoberto Otaño

Brooke Alfaro

Museo de Arte Contemporáneo de Panamá - MAC

Durante la última década, Brooke Alfaro ha sido una suerte de gigante dormido entre los artistas panameños. Luego de haber representado a Panamá en la Bienal de Venecia, y de obtener reconocimientos como el Primer Premio de la III Bienal de Arte del Istmo Centroamericano, se limitó a participaciones esporádicas en una que otra exposición colectiva. Ahora sabemos por qué. Su más reciente muestra personal, “Gracias a Dios no fue peor”, cubrió las salas del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Panamá como la inundación que sigue a un dique desbordado, luego de haber estado acumulando obras de arte durante los últimos trece años. La exposición, curada por Mónica Kupfer, transcurrió desde septiembre de 2021 hasta enero de 2022, e incluyó unas 53 piezas de diversos formatos (producidas entre 2008 y 2021). Entre ellas, pinturas pequeñas (llamadas iconos), óleos y pasteles de grandes dimensiones.

Exposición Individual: Brooke Alfaro — imagen 1
Brooke Alfaro. La tierra tembló y el mar enfureció, 2021. Óleo sobre lienzo. 81.3 x 116.8 cm (32 x 46 pulgadas).

De la exposición se desprendieron varias verdades. No podría decir, por ejemplo, que Brooke Alfaro es un revolucionario de las formas. Salvando contadas excepciones, su pintura me parece correcta, casi académica. Su técnica se nota depuradísima y, detrás de la distribución de los colores y la luz, se siente la mano de un maestro en control total de sus habilidades. Pero el suyo no es un arte de discurso ligero. Solo que el peso no proviene de la refinación estética, o de la pulcritud de su pintura, sino de las realidades que aborda.

Las representaciones de Alfaro pudiera describirlas en algún punto entre las caricaturas de sátira social, los retratos de enfermos mentales de Géricault y El jardín de las delicias de El Bosco. Construcciones complejas en las que habitan, en igual medida, la cruda verdad de muchos sectores de la sociedad panameña, el simbolismo judeocristiano y la Historia del Arte. Todos estos relatos, si bien parecen proceder de caminos demasiado distantes, conviven armónicamente en su trabajo, como hechos de una misma materia cósmica.

La pieza que da nombre a la exposición es un ejemplo extraordinario de ello: lo que queda de una mujer desnuda levanta sus brazos famélicos hacia el cielo en un gesto de plegaria, mientras un tiburón enorme se la lleva en sus fauces, en medio de un océano oscuro y enfurecido. En lo alto, el título corona la pieza: Gracias a Dios no fue peor. La gratitud total e incuestionable de aquel que lo ha perdido todo, es solo uno de los relatos que cuenta esta obra. En la representación caricaturesca y sórdida sentimos, al mismo nivel y de una forma que únicamente el buen arte permite, la voz del que se burla del determinismo, de la aptitud pasiva para afrontar la tragedia.

Esta armonía plurívoca será una constante prácticamente en toda la muestra. Muchos de los ya mencionados Iconos (2005-2006), por ejemplo, marcan un punto exquisito entre la divinidad de las imágenes religiosas y las representaciones más terrenales y mundanas. En su mayoría mujeres, totalmente desnudas, que exhiben con un descaro casi lúdico sus cuerpos asimétricos sobre un fondo de láminas de oro, cercano a los códigos de la iconografía cristiana. Así, se enriquecen las hieráticas madonas de las capillas con nuevas capas de humanidad, conforme se sacralizan aspectos terrenales de la cotidianidad humana. Esta intención, muy propia del carnaval bajtiniano, contamina prácticamente toda la exposición. En obras como Archipiélago (1998-2008) o, incluso mucho más, en Divina (2020), resulta evidente la disposición típica de los retablos renacentistas. Mientras que otras, como La tierra tembló y el mar enfureció (2021), abordan el mito bíblico, recontextualizándolo en una realidad globalizada y postpandémica.

Por este camino, otra de las verdades que nos confirma la exposición es que Brooke Alfaro, por encima de todas las cosas, es un observador metódico de su cotidianidad. La deformación exagerada y muchas veces surrealista de los rasgos de sus personajes, lejos de introducir aspectos fantásticos, recrudece el realismo de un discurso visceral y violento, que conecta directamente con etapas anteriores de su trabajo. Figuras hiperbolizadas que retrata en pasteles enormes de colores estridentes, como Sabor del papel (2021), o Rojo (2014-2016), encuentran sus puntos de contacto con las prostitutas del Casco Viejo que ya había inmortalizado antes en videos como Buscando (2003). Y escenas como las de La batalla del Cerro Trinidad, 1527 (2020-2021), además de las referencias directas a fragmentos icónicos de la Historia del Arte, despiertan recuerdos de la maravillosa videoinstalación Nueve (2003), que proyectó sobre dos edificios de la barriada de Barraza, durante la exposición de arte público Ciudad Múltiple.

Oscilando entre el júbilo y la zozobra, entre el alivio y la angustia, los personajes de Brooke Alfaro nos demostraron que estamos ante un arte cuyo valor transgrede los puros elementos estéticos. La suya es una belleza que florece solo en la riqueza del caos, en la complejidad de los conflictos humanos. “Me asomo al infinito por todas las ventanas”, sentenció Baudelaire en uno de sus versos, y de cierta forma las palabras del poeta maldito resuenan aún entre estas obras.

Brooke Alfaro, por Rigoberto Otaño | artnexus