En el marco de Gallery Weekend, la galería Proyectos Monclova se dio a la tarea de hacer una revisión de la obra pictórica del artista mexicano Abel Quezada, sumamente reconocido por ser un gran caricaturista político; sin embargo, su obra plástica es menos conocida, pero no menos expresiva e ingeniosa.
Quezada colabora como caricaturista por décadas en medios impresos nacionales, así como en algunos medios internacionales como la revista The New Yorker. Él mismo se definía como un dibujante, como alguien que hacía textos ilustrados porque sentía que no encajaba en la categoría de caricaturista. Su pintura la desarrollaba más en sus tiempos libres como pasatiempo; fue hasta 1985 que tuvo su primera exposición de pintura, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Por medio de una crítica fina y mordaz, este artista logró retratar con maestría a la sociedad y a los personajes políticos durante décadas, lo que continúa en su pintura, aunque los temas se amplían, ya que se permite sumar sus vivencias, anécdotas, viajes para obtener obras lúdicas más allá de la sátira, que conserva al seguir retratando personajes o momentos de la política.
A primera vista, estas obras realizadas a inicios de los setenta y hasta finales de los ochenta parecieran de una narrativa sencilla, pero poseen detalles que acaban contando una historia elocuente e imaginativa.
Tal es el caso de la obra Los socios del Jockey Club, de 1972, en donde vemos un caballo de tamaño desproporcionado en relación con los personajes pequeños que aparecen debajo de él, personajes que visten de manera elegante, y con los que podríamos imaginar su contexto, sus aficiones y su interés por ver y ser vistos en un club ecuestre donde la élite se reúne.
En la obra La vida en México durante la crisis de los 70s y 80s, en la que la ironía aparece en una escena de campo con charros cabalgando, una pareja realiza un baile típico mexicano al compás de lo que toca un trío de músicos, y se observa una pequeñísima mesa con algo de comida y bebida.
La crisis ha sido un tema recurrente en la caricatura política y social del siglo XX, lastimosamente común en todo Latinoamérica, y que ha sido retratada con humor por varios artistas.
Quezada, en la obra de gran formato Proyecto para un mural: México saliendo de la crisis, retrata una escena idílica, donde los trabajadores del campo se dedican a su siembra y cosecha, mientras que por encima pasa un tren, como símbolo del progreso, repleto de caballeros de traje y damas distinguidas. Al fondo, una fiesta, un lienzo, un escape a la realidad circundante. Este cuadro va acompañado de una nota del artista, donde se lee: “Este mural no se llegó a realizar y quedó en proyecto, entre otras cosas, por su título: ‹México saliendo de la crisis’, pues ocurrió que, mientras se hacía, México volvió a entrar en crisis” (AQ).
La forma en la que Quezada supo capturar la idiosincrasia mexicana es fascinante, y, lamentablemente, la crisis también, por lo que su obra sigue siendo vigente, al abordar el tema con sarcasmo, porque es bien sabido que el humor es la mejor forma de enfrentar la adversidad.
El retrato y la vida cotidiana es otro tema que explora en su pintura: una chica recostada en un sillón, y vemos a través de una ventana a los que suponemos son sus padres tomando una bebida en el jardín, un involuntario retrato de familia.
O como en Señora con receta de chiles rellenos, obra de 1985, donde vemos a una señora muy arreglada posando orgullosa con una receta de chiles rellenos, un platillo muy tradicional mexicano.
Otro retrato, que encontramos realizado en un biombo, pudo ser inspirado en los biombos que narran pasajes históricos, cuyo origen se remonta a Asia, pero que tuvieron presencia en el arte mexicano del siglo XVII. La versión de Quezada retrata a Ignacio Zaragoza, considerado héroe nacional por su defensa y triunfo frente al ejército francés en la intervención que realizan en México en 1862. Vemos a este general retratado en toda su gloria montado en su caballo blanco. No es el típico homenaje épico a los héroes de guerra inmortalizados con su caballo, sino un retrato más con tintes de dibujo infantil.
El pintor José Luis Cuevas le escribió una carta en 1978, después de visitarlo en su casa-estudio en Cuernavaca, donde conoce su obra pictórica, y le comenta: “Alguien dijo que tu pintura es primitiva, naïve. No estoy de acuerdo con este juicio, pues tu obra está llena de noticias y sabiduría plástica como para encasillarla en esa tendencia”.
