Una de las primeras piezas que vi de Teresita Fernández (n. 1968, vive en Brooklyn, Nueva York) fue la instalación Sin título (entretecho, 1996). Era una plataforma colgante con dos escaleras de cuerda que, si bien no conducían a ninguna parte, representaban la posibilidad de recorrer simbólicamente muchos caminos tanto para la artista como para el espectador. Desplazarse a distintos lugares –o la imposibilidad de hacerlo– es uno de los temas que aborda en su trabajo. Fernández recuerda que “para los inmigrantes y los hijos de inmigrantes como yo, no existían los viajes de vacaciones. Mi familia trabajaba jornadas muy largas en las fábricas de Miami y se comunicaban en inglés con dificultad. [...] Ciertamente no nos sentíamos estadounidenses. Aunque nuestro mundo era completamente local, de un modo u otro éramos muy conscientes de nuestra posición geográfica, de la complejidad del lugar y del drama del exilio, de la migración y el desplazamiento”1. A través de esta obra, y de otras que realiza posteriormente, la artista reflexiona sobre el significado de “lugar”, no solo como ubicación geográfica, sino como una forma de definir su identidad. La artista creció en Miami, donde experimentó realidades contrastantes. La ciudad les brindó libertad y oportunidades a sus padres, inmigrantes de origen cubano, quienes conservaron muchas de sus expresiones y tradiciones, pero también les mostró la realidad de una sociedad segregada racial y étnicamente, lo que inculcó en la joven la necesidad de pronunciarse a favor de la inclusión tanto en el arte como en la sociedad.

Al terminar su Licenciatura en Bellas Artes en Florida International University (1990), ya tenía claramente definida su posición como artista conceptual, la cual consolidó una vez graduada de la Maestría en Bellas Artes de Virginia Commonwealth University, en Richmond (Virginia, 1992). En 1996, con motivo de la inauguración del nuevo edificio del Museum of Contemporary Art en North Miami, realizó la instalación Sin título (piscina), en la cual se hicieron evidentes varias características que marcarían el desarrollo de su trabajo plástico. Como primera medida, el rol del dibujo en la realización de su obra. Desde sus trabajos universitarios –recuerdo en particular los bosquejos de carne plasmados en grandes pliegos de papel–, el dibujo ha desempeñado un rol fundamental en su proceso creativo. Representaciones minimalistas de jardines, piscinas y paisajes imaginados desprovistos de figuras sirven de base para sus esculturas e instalaciones monumentales. El dibujo, generalmente realizado con grafito, es punto de partida obligatorio, y, en el caso de las obras que luego ejecuta con ese material, la conexión con los materiales que cuidadosamente escoge para su ejecución. De igual forma, esta piscina de tamaño real desprovista de agua, a la cual se accede por una rampa lateral, en la que los visitantes pueden ver el interior de la obra a través de ventanas, introduce dos aspectos importantes en el trabajo de Fernández. Por una parte, la realización de obras de grandes dimensiones, y por otra, la participación del público en el proceso creativo. En este caso, las personas pueden acceder a la piscina y adentrarse en ella bajando una rampa hasta el fondo de la instalación. Según Fernández, en esta pieza le interesa “la proyección del cuerpo de forma imaginaria, cinestésica, penetrando la historia y la distancia cinematográficamente, casi como una ensoñación”2. Dependiendo de su ubicación, la persona actúa como “voyeur” o como participante activo dentro del espacio de la piscina. Al llegar al fondo de esta, se puede ver reflejada en las ventanas, que, dentro del espacio, funcionan como espejos. Las superficies reflectoras son utilizadas con frecuencia en la obra de Fernández como una estrategia para vincular al espectador y darle un rol protagónico.

Es pertinente anotar que Fernández realizó una residencia en Japón en 1997 y viajó a Roma gracias a una beca en 1999. En estos lugares tuvo oportunidad de estudiar los jardines japoneses y europeos del siglo XVII y la relación que se establece entre el espacio y el individuo que lo recorre. De ahí su interés por la participación del público, fundamental en obras como Paisaje prestado (azul, cerúleo, citrón, violeta) (1998), una instalación concebida durante su residencia en ArtSpace en San Antonio (Texas). Nuevamente la obra parte del dibujo, en esta ocasión representado en los trazos realizados con lápiz en los paneles que constituyen el piso de cada una de las cinco habitaciones que componen la pieza. Según la escritora Ann Wilson Lloyd, el “intrincado diseño del piso en cuadrícula sugiere elegantes azulejos, alfombras orientales o posiblemente un laberinto de un jardín formal. Estas cuadrículas, sutilmente dibujadas, son un motivo continuo en su trabajo e hipnotizadores visuales destinados a provocar cambios constantes y vertiginosos en escala y perspectiva”3. Cada uno de los módulos que componen la instalación está delimitado por cortinas transparentes en colores azul, cerúleo, citrón y violeta, colocados de tal forma que el visitante puede caminar a su alrededor, pero no entrar en ellos. A medida que la persona se desplaza puede observar variaciones en las tonalidades de los colores de los velos y el grado de transparencia, lo cual genera una experiencia sensorial. Además, las habitaciones están iluminadas con luz diurna simulada que acentúa dicha experiencia y transporta al público a un lugar de ensueño.

Este tipo de estímulo sensorial se repite en una gran cantidad de obras que la artista realiza empleando distintos medios y estrategias. En Vértigo (Sotto in su) (2007), como el título indica, utiliza la técnica “de abajo hacia arriba” usada por pintores renacentistas y barrocos para dar la ilusión de que las figuras representadas en los techos están suspendidas en el aire. En Vértigo, Fernández superpone once capas de metal pulido que asemejan ramas de un árbol o nubes que se extienden sobre las cabezas de los visitantes. Las formas orgánicas de aluminio cortado se superponen creando una especie de cúpula que establece juegos de sombras en las paredes y el piso circundantes. Al mirar hacia arriba, el reflejo de los rostros crea una relación íntima entre los espectadores y la obra, la cual se va transformando a medida que estos se desplazan, generando un efecto cinematográfico.
Según la escritora y curadora Laura Lindenberger Wellen, “trazar las relaciones entre lo natural y lo humano, entre los paisajes que se encuentran y los que se hacen, está en el corazón de los proyectos escultóricos de Fernández”4. Efectivamente, la representación del paisaje en el contexto de su obra debe ser entendida desde esta perspectiva. Según la artista, “la gente piensa que mi trabajo trata sobre el paisaje, pero en mi práctica he intentado ampliar la palabra ‘paisaje’, al igual que la palabra ‘clima’. El paisaje se trata mucho más de lo que no ves que de lo que ves. Hay un conocimiento importante inherente al recordar que somos una pequeña parte de todo esto. No solo lo estamos presenciando, observándolo, fuera de él, evaluándolo. Nuestros cuerpos funcionan exactamente con los mismos sistemas que el resto del universo”5. Cada una de sus instalaciones y esculturas atrae a un espectador que debe movilizarse para verlas y experimentarlas. La presencia de un público que se mueve, en algunos casos a su alrededor y en otros dentro o debajo de ellas, hace que estas se activen y se consoliden conceptualmente. La percepción de la obra depende en gran medida de esta interacción. Por ejemplo, a primera vista, Aguas dibujadas (Borrowdale) (2009) es una imponente lámina de aluminio que al llegar al suelo se convierte en una pila de rocas de grafito. Al alejarse, y especialmente si se observa desde un nivel más alto, se aprecian mejor el significado de la obra y la relación de esta con el paisaje del valle de Borrowdale, en Cumbria (Inglaterra), que la inspira.

Otra pieza en la que la artista logra representar espléndidamente un fenómeno natural es Escritura nocturna (Hero y Leandro) (2011). Inspirada en la historia de amor truncado de la mitología griega entre Hero, una sacerdotisa de Afrodita, y Leandro, Fernández realiza una escultura que se asemeja a una hermosa y colorida aurora boreal. Realizada en pulpa de papel y espejo, la pieza atrae al espectador, que, al acercarse, se siente desorientado, razón por la que Leandro murió ahogado en la historia al apagarse la luz que lo guiaba hasta Hero. Nuevamente, Fernández utiliza espejos y superficies lustrosas para atraer al público y compartir una experiencia sensorial.
La continua exploración lo que ella llama “escultura de paisaje”, a través de instalaciones que sugieren montañas rocosas, ríos, lagos y cielos nocturnos, sirve de preámbulo para uno de los proyectos más ambiciosos que ha realizado hasta el momento: Fata Morgana (2015). Como su nombre lo indica, se trata de una especie de ilusión óptica, solo que en este caso no se debe a una inversión de temperatura, sino a la transformación de un espacio icónico de la ciudad de Nueva York, el Madison Square Park. Utilizando un sistema de andamiaje, Fernández transforma el parque en un maravilloso espejismo al colocar a una altura considerable una instalación de espejos dorados cortados en formas orgánicas, ensamblados de tal forma que se compenetran con los árboles que están a su alrededor, y a través de los cuales se cuelan los rayos del sol. Es importante anotar que durante el tiempo que estuvo expuesta, la obra sirvió de escenario para distintas actividades multidisciplinarias a través de las cuales la artista, en colaboración con músicos y bailarines, activaron el espacio resaltando el talento y la riqueza de la cultura de origen latino en Nueva York.

En 2017, Fernández creó Fuego (Estados Unidos de las Américas), un mapa de Estados Unidos de grandes dimensiones hecho con trozos de carbón negro que representan los cincuenta estados. La imagen carbonizada y fracturada del país simboliza la realidad política y social que se vivía en época de elecciones y que sigue estando vigente. En el ensayo “Teresita Fernández y Félix González-Torres: Algo personal”, Amada Cruz hace un acertado contrapunteo entre estos dos artistas de origen cubano, y, en particular, entre esta obra y la realizada por González-Torres titulada Sin título (América) (1994), hecha con cables y bombillos iluminados que caen al suelo. Según Cruz, “el cauteloso optimismo de la pieza lumínica de González-Torres se vuelve un infierno llameante en la obra de Fenández”6. Anteriormente la artista había realizado obras inspiradas en el fuego como elemento, comenzando con Fuego (2005), una escultura suspendida en forma de círculo de nueve pies (2,75 metros) de alto hecha con hilos de seda teñidos en tonos amarillos, naranjas y rojos. A partir de ella, la artista realizó varias obras en las que el fuego y otros materiales asociados como el carbón, se convierten en metáforas de la situación política y social que viven el país y el mundo.
Los materiales tienen un papel primordial y una carga simbólica significativa. Tal como indica la historiadora de arte Heather Diack, “la escogencia de los materiales que realiza la artista, en particular su uso de oro, grafito, bronce, hormigón y malaquita, funciona como acusaciones éticas de las violentas historias de extracción y explotación asociadas con cada sustancia”7. Fernández aclara, además, que es importante destacar que cada uno de los materiales tiene una identidad propia asociada con su lugar de origen. “Los materiales no son solo materiales; los materiales son partes de lugares. Cuando hago un nuevo paisaje con carbón vegetal, algo que solía ser un árbol quemado, estoy creando lo que llamo ‘paisajes superpuestos’: varias cosas suceden a la vez”8.

Quizás la serie que mejor ilustra el concepto de “paisajes superpuestos” es Viñales (2015), cuya pieza principal, Viñales (Desnudo reclinado) (2015), es una escultura hecha con formaciones rocosas de malaquita y bronce colocadas sobre varios pedestales de hormigón fundido en forma de cascada que dan la impresión de representar, como el título indica, un cuerpo femenino reclinado. Inspirada en el paisaje rural del valle de Viñales, en Cuba, la serie explora la riqueza visual y la simbología de la malaquita verde. Fernández utiliza trozos del mineral traídos de la República Democrática del Congo, por encontrar similitudes entre estos y las características naturales del valle de Viñales, en especial sus cuevas, que inspiraron las siluetas icónicas de Ana Mendieta, una de las artistas que Fernández más admira. Estas cuevas fueron ocupadas por indígenas taínos antes de la llegada de los españoles, y posteriormente por cimarrones, esclavos fugitivos de las plantaciones circundantes, muchos de ellos provenientes precisamente del Congo. Al utilizar la malaquita que proviene de una mina africana y crear un paisaje imaginario a partir de ella, la artista no solo conecta dos puntos geográficos, sino que además se adentra en las relaciones históricas y culturales que existen entre África y Cuba. En lo que concierne al espectador, este se ve transportado a distintos lugares simultáneamente, ya sea en la instalación original, que incluye grandes placas de cerámica en las que las vetas de la malaquita se convierten en hermosos paisajes rocosos, o en la imponente comisión realizada para el New Orleans Museum of Art titulada Viñales (Mayombe Mississippi) (2018), un mural de mosaico concebido como una extensión del museo que emerge del edificio y se integra al paisaje circundante del jardín de esculturas Besthoff.

Fernández considera que la exploración constante de materiales le permite expandir su trabajo permanentemente. “El proceso de dar forma, fundir y forjar metales; tallar piedra dura; y dominar los procesos y herramientas, industriales es fundamental para entender que todo en el mundo proviene del paisaje, que los materiales son simplemente materia extraída de la tierra, transferible y mutable. Realmente me enseña a mirar todo lo que me rodeaba de una manera diferente, y me obsesiono con comprender cómo se hacen las cosas; cómo los procesos y los materiales se convierten en lo que son y cuáles son sus orígenes elementales; y cómo solían ser algo que cuando los miras, ya no puedes verlos fácilmente”9.
Para finalizar, cabe mencionar que Teresita Fernández fue becaria de la MacArthur Foundation Fellow (2005), y ha recibido numerosos premios, entre ellos, la Guggenheim Fellowship (2003), el Louis Comfort Tiffany Biennial Award (1999), la American Academy of Rome Fellowship (AFAAR) (1999) y la beca National Endowment for the Arts Individual Artist’s Grant in Visual Arts (1994). En 2011, fue nombrada por el presidente Barack Obama miembro de la U.S. Commission of Fine Arts, siendo la primera persona de origen latino en formar parte del prestigioso grupo. Actualmente se encuentra trabajando en una escultura monumental titulada Paradise Parados, que será instalada en la azotea del BAM Harvey Theater, en Brooklyn (Nueva York).
NOTAS
1. “Teresita Fernández en conversación con María Elena Ortiz”. Teresita Fernández elemental (Miami: Perez Art Museum Miami; Phoenix: Phoenix Art Museum; Munich, London, and New York: DelMonico. Prestel, 2019), 12.
2. Ann Wilson Lloyd, “From an Architect of Desire, Many-Layered Constructions,” New York Times, March 21, 1999, https://www.lehmannmaupin.com/press/new-york-times.
3. Ibid.
4. Laura Lindenberger Wellen, “Teresita Fernández. Museo de Arte Blanton”, Artforum, February 28, 2010, https://www.lehmannmaupin.com/press/artforum60.
5. Laura van Straaten, “The intimate and the vast: A conversation with Cecilia Vicuña and Teresita Fernández”, Art Basel Stories, December 2019, https://www.artbasel.com/stories/cecilia-vicuna-and-teresita-fernandez-new-york-interview.
6. Amada Cruz, “Teresita Fernández y Félix González-Torres: Algo personal”, Teresita Fernández elemental (Miami: Perez Art Museum Miami; Phoenix: Phoenix Art Museum; Munich, London, and New York: DelMonico. Prestel, 2019), 50.
7. Heather Diack, “Teresita Fernández”, Artforum, https://www.artforum.com/picks/teresita-fernandez-81548.
8. Laura van Straaten, “The intimate and the vast: A conversation with Cecilia Vicuña and Teresita Fernández”, Art Basel Stories, December 2019, https://www.artbasel.com/stories/cecilia-vicuna-and-teresita-fernandez-new-york-interview.
9. “Teresita Fernández en conversación con María Elena Ortiz”. Teresita Fernández elemental (Miami: Perez Art Museum Miami; Phoenix: Phoenix Art Museum; Munich, London, and New York: DelMonico. Prestel, 2019), 14.
* Cortesía de la artista y Lehmann Maupin, New York, Hong Kong, Seúl y Londres.
FRANCINE BIRBRAGHER-ROZENCWAIG

