En 1615, Felipe Guamán de Ayala escribe una carta a Felipe III, rey de España, que más que una carta es un memorial de los agravios infligidos a los pueblos originarios del Virreinato del Perú, que él pone en conocimiento del monarca con la esperanza de que ponga fin a ellos. La carta, titulada Primera nueva crónica y buen gobierno, con sus 1180 páginas, es de hecho una crónica del Perú colonial y un documento etnográfico que informa de las costumbres, los usos y medios de vida de los pueblos sometidos a la Corona española, y es también una extraordinaria obra de arte, porque cumple ambos propósitos mediante un despliegue de vigorosas imágenes que tienen mucha más importancia que los textos que las acompañan. Cito aquí esta carta mayúscula porque ha sido el principal motivo de las obras reunidas en la extraordinaria exposición de Sandra Gamarra Heshiki, en la Sala Alcalá 31 de Madrid, tal y como lo subraya el nombre que le puso a esta: “Buen Gobierno”.

Y como se comprueba al recorrerla y descubrir que la intención a la que responde este nutrido conjunto de obras es semejante a la que animó a Guamán de Ayala a elaborar su carta. Él quiso informar al rey de España cómo era realmente el país que regía desde la remota capital de su imperio, con el fin de que se hiciera una idea de cómo gobernarlo mejor de como lo hacía a partir de los informes engañosos de funcionarios de la administración colonial. Adoptando una posición equiparable, Gamarra Heshiki se esfuerza en mostrar del Perú de hoy aquellas facetas que suelen estar omitidas o tergiversadas por la historia y los medios hegemónicos, o sepultadas por tópicos que perduran desde la época colonial y que se renuevan solo para perpetuarse en su función excluyente.

Por lo que su exposición es tanto critica como reivindicativa. En el espacio inicial de esta, titulado Sala de espejos, su ejercicio de la crítica se muestra como el desenfadado emborronamiento de aquellos cuadros legados por el colonialismo que representan y simultáneamente enaltecen episodios como Descubrimiento de América por Colón, los funerales de Atahualpa, la proclamación de la independencia del Perú, o el matrimonio de aristócratas incas con altos dignatarios peninsulares, como fue el caso ejemplar del casamiento de un sobrino nieto de san Ignacio de Loyola con Ñusta Beatriz, la última princesa inca. Esta forma, digamos, dadaísta de la crítica se convierte en leninista en otras obras de esta misma sección que hacen suya esta sentencia del líder soviético: “La mejor forma de criticar a un río es construirle un puente”. Ella no construyó un puente, pero sí una pirámide de varios metros de altura hecha con centenares de copias en tela sobre lienzo y de pequeño formato de un mismo motivo: la Virgen del Cerro. Pintado por los mismos que los pintan para venderlas en Cuzco a los turistas. Se titula Tierra virgen.

La reivindicación es, por el contrario, prioritaria en la Sala del reconocimiento, en cuyas paredes cuelgan centenares de reproducciones facsimilares de las imágenes de la carta de Guamán de Ayala, sobre cada una de las cuales esta artista peruana imprimió la imagen de una de las muchísimas variedades de papa, tubérculo cultivado desde tiempos inmemoriales en los Andes peruanos. Su título, igualmente irónico: Cuando las papas queman. En este mismo espacio Gamarra Heshiki expuso dos vitrinas, sobre una de cuyas superficies imprimió la imagen de diversos utensilios domésticos de barro de origen precolombino conservados en el Museo de América de Madrid. En la pared opuesta, en vez de un cristal transparente, puso un espejo que sobreponía estas imágenes a la imagen del espectador. Su título: El expositor I y II.
De El gabinete de incomodidades, la tercera sección, podría decirse que era aún más complejo porque reunía a la crítica con la reivindicación, incorporaba obras de otros artistas y ofrecía muestras adicionales del proteico talento de Gamarra Heshiki. Entre las obras críticas sobresalía la copia del cuadro Las tres razas o la igualdad ante la ley, pintado en 1859 por el peruano Francisco Laso de la Vega y de los Ríos, sobre la que se ha sobreimpreso un texto muy crítico del concepto de raza de la feminista decolonial Rita Salgado. Y la serie de cuadros de pequeño formato pintados por Gamarra Heshiki que superponen rostros de víctimas de la guerra contra el terrorismo en el Perú a versiones de la serie Homenaje al cuadrado de Josef Albers. La crítica de hecho al formalismo tout court del arte moderno. La reivindicación estaba a cargo, entre otros, de Sixto Seguil Dorregaray, autor de ocho mates burilados mediante una técnica precolombina, elevados por su inclusión en esta exposición a la condición de obras de arte.
CARLOS JIMÉNEZ

