Las noticias, por más escépticos que seamos con respecto a ellas, siguen anunciando y dándoles voz a cientos de científicos que se aventuran a vaticinar el fin del mundo. ¿Que el “capitalismo salvaje”, como se le conoce desde hace unas décadas, ha sido un piedra fundacional de este momento histórico crítico? ¿Qué la imposición del ser humano sobre la naturaleza, considerándola eterna e inagotable mamá dadora, nos está pasando la factura? ¿Qué el desconocimiento o desentendimiento de otras maneras de pensar y de relacionarse con el mundo distintas a las de “Occidente” ayudaron a construir una larga carretera sin salida? Posiblemente todas las anteriores y muchas otras preguntas se cuelan en este momento, en el que se anuncia el Apocalipsis. Para algunos, puede que suene extraño que se esté anunciando el fin del mundo. Es como si estuviésemos rodeados por una comunidad científica fatalista que busca a toda costa amargarle a uno el momento que está viviendo. Hasta ahí, el tiempo va pasando.
¡Y, sí! Las temperaturas van subiendo en épocas impredecibles; las tormentas, los huracanes y ciclones se van multiplicando; los volcanes se van despertando; el planeta va gritando aquí, allá y acullá.

“Regreso a la maloca”, en principio, se trata de todo esto. Replantearnos la opción de volver al inicio, de tomarnos un poco de tiempo, respirar y pensar que esta fatalidad que se anuncia desde hace unos buenos años está sucediendo. Las “normalidades” en las cuales estamos viviendo son similares a las “realidades”: hay tantas y son tan distintas que nos vamos acostumbrando a convivir con ellas. Es “normal” que en épocas de lluvias aparezca de pronto un mes de sequía extrema; es “normal” que surjan incendios forestales que arrasan miles de hectáreas al año; es “normal” que los ríos se desborden e inunden pueblos enteros. Y de “normalidad” en “normalidad”, Miguel Ángel Rojas nos alerta, como una denuncia airada, sobre cómo fuimos creando una idea de progreso que nos está matando a todos. “Regreso a la Maloca” es el título de una exposición que se adentra en otros saberes y que investiga sobre otras opciones que nunca fueron escuchadas, o que simple y llanamente fueron abolidas a la fuerza. Es allá en aquella maloca donde está el poder de la sabiduría y del entendimiento sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza como un solo cuerpo.
Ya lo menciona Michel Onfray, cuando dice que el paisaje, hoy en día, es lo que el ser humano ha construido. El paisaje es el resultado de miles de manos que lo han intervenido durante mucho tiempo. Con esto, le quita la idea romántica al paisaje y lo vuelve ese objeto al cual le vamos quitando y lo vamos modificando a nuestro antojo. El paisaje, lastimosamente, es y sigue siendo, en Rojas, un recurso desdeñable mientras siga siendo un recurso: para minería legal e ilegal, narcotráfico, ganadería, pesca, agricultura extensiva, etc. La selva amazónica va encogiéndose, y con ella, la opción de volver a la maloca.
Es una exposición muy fuerte, una denuncia poéticamente devastadora. Recorrerla da tristeza en el alma. ¿En qué momento nos metimos en una carrera de consumo, de progreso y de egoísmo? Aunque la exposición, por supuesto, se concentra en asuntos nacionales, se puede aplicar a todo el mundo. Una carrera frenética por llegar primero a algún lugar que no sabemos aún cuál es, pero seguimos corriendo afanados, como huyéndole al mal mayor que se determinó hace siglos: la pobreza. Pobreza con respecto a la ausencia de bienes, de acceso, de consumo, de dinero. Entendido así, de esta manera, vivir en la selva es sinónimo de pobreza; por ende, acabar con ella no es sino progreso. Miguel Ángel Rojas nos devuelve a la maloca, nos devuelve a la selva, le da la vuelta a la moneda y nos pone de manifiesto que hay “verdades” y “normalidades” que no son tan verdaderas ni tan normales. Que esa carrera no ha sido sana para nadie; que el ser humano y la naturaleza son uno y el mismo.
En sintonía con lo anterior, se suman unas reflexiones que Rojas ha venido planteando desde hace tiempo con la hoja de coca. Baste recordar lo que innumerables estadistas, expertos en economía política, diversas etnias indígenas, ecologistas, y demás, han expresado acerca del problema de ligar la hoja de coca con el narcotráfico en el mundo entero. Una hoja que ha transitado como parte de una fuente de sabiduría, con propiedades curativas y medicinales reconocidas e influyente en procesos chamánicos de culturas ancestrales, se satanizó por un consumo, volvemos al consumo, desmesurado inducido por un subproducto derivado de ella. En su libro sobre el río Magdalena, nos lo reseña de manera muy clara Wade Davis, y lo resalta en esta exposición el artista construyendo la dualidad que existe entre la hoja de coca y los billetes de los dólares. Se sometieron, en últimas, los saberes ancestrales a un escrutinio basado en intereses políticos, económicos y religiosos para capitalizar un poder. Volver a la maloca, donde se respetan los saberes basados en el ecosistema y en la interacción clara y amigable con la naturaleza. Si aún no es tarde para ello.
