La exposición “Contemplaciones y memorias” de Mercedes Pardo (Caracas, 1921-2005) en la Galería Ascaso, con apoyo de la Fundación Otero Pardo y curaduría de Bélgica Rodríguez, se planteó como celebración principal del centenario del nacimiento de esta artista esencial para el desarrollo del arte abstracto en Venezuela. La muestra, compuesta con obras procedentes de colecciones privadas y de la Fundación Otero Pardo, cubre una antología de 32 pinturas, dos collages, catorce serigrafías y la maqueta para un vitral, desde los años sesenta hasta sus últimos días. El espacio de la sala se comporta como revelación de una obra que no había sido hasta ahora reconocida en su justo tenor, con las contribuciones que le corresponden en la formulación de un lenguaje inusual dentro de las corrientes dominantes en el país. Este acontecimiento la coloca como una de las grandes artistas con planteamientos inéditos y avanzados en el arte abstracto. Pardo desarrolló un lenguaje que integra las fuentes sensibles a la abstracción geométrica y destaca por un extraordinario dominio del color, que combina el área de lo emocional con la fuerza estructural de sus campos cromáticos. Su aporte a la abstracción se extiende en planos infinitos de color –nítidos y reposados–, cuyas combinaciones y cuyos acordes, intervalos y tonalidades penetran el espectro musical desde perspectivas armónicas. Por otra parte, podríamos considerar que esta exposición se inscribe en el establecimiento de las contribuciones de un grupo significativo de venezolanas al arte contemporáneo, fuera de los márgenes del sistema patriarcal dominante y de la geometría inflexible.

La curadora tomó como punto de partida dos collages tempranos que anuncian los problemas que la ocuparían a lo largo de su trayectoria: dinámica color-espacio, tensiones y movimientos del plano pictórico, espacialidad y vibraciones en el lienzo. Esta decisión capitaliza el despliegue de las relaciones con las obras posteriores. El Jardín de las Delicias, de 1965, y En este mirífico mundo, de 1966, definen el tema del espacio en su primera etapa, donde los fragmentos con formas abigarradas dinamizan la composición al punto de sugerir geometrías imprecisas que posteriormente cobraron otro rumbo en los extensos planos de color. El collage fue siempre un detonante de creación, una pasión vital, un proceso subyacente a la realización de sus piezas donde mantuvo principios estructurales básicos. Los collages abren paso a un recorrido por las obras fundamentales de su producción, que tienen el origen de su andamiaje estructural en el cuadrado, cuidadosamente construido. El cuadrado se va fragmentando en formas más libres ampliando los registros y dimensiones de las obras, para llegar a una posible geometría emocional. Pardo mantuvo dos líneas de trabajo: la estructura en torno al cuadrado, que edifica la composición y organiza la geometría y se conserva como armazón principal del cuadro; y la proyección de una emoción latente a esa estructura, que parece desbordar los límites del soporte. Su mayor contribución fue la de incluir –con una elegancia exquisita y osada a la vez– todos los problemas del arte abstracto dentro del marco, sin necesidad de acudir a las tres dimensiones o a las escalas monumentales.
El ordenamiento del color es otro de sus aportes mayúsculos, y la exposición lo comprueba. El color jamás es utilizado en su obra en una función decorativa u ornamental, sino que organiza los planos y despliega la composición. Cada obra demuestra su enorme maestría en la aplicación de capas superpuestas que originan planos. Cada obra es en sí misma una revelación, pero también lo es el conjunto de ellas colocado en el espacio. Parca vibración, de 1971, resuelve con sencillez el problema del movimiento en el cinetismo, sin salir de la tela. El despliegue de la vibración se concentra sutilmente en los bordes, dando la inquietante sensación de inestabilidad y estremecimiento de las barras de color. Con ello, Pardo es realmente original. En Cálido encuentro, de 1977, apreciamos un diálogo entre una visión cálida de la abstracción y el estricto neoplasticismo de Mondrian. En Rendijas, de 1978, los planos de color estructuran una composición donde las delgadas grietas blancas proporcionan el dinamismo espacial. Sin título, de 1988, establece una relación que va más allá de la abstracción y entra en una narrativa conceptual donde el marco pintado forma parte de los planos de color. En Sin título, de 1983, 1988 y 1997, se alternan las formas irregulares con los planos de fondo, generando la sensación de fraccionamiento del espacio, donde la irregularidad nunca llega a convertirse en caos. Sin título, de 2005, un cuadro sin terminar, constituye un cierre poético de la exposición, por tratarse de la última obra en desarrollo de Pardo, el día anterior a su fallecimiento, y donde se expresa una cartografía de los problemas plásticos que siempre la ocuparon. Su obra imprecisa e incierta, pero con una disciplina ejemplar, no cedió jamás a los parámetros de la abstracción internacional, medida desde las regularidades geométricas. Se centró en el cuadrado para crear un espacio subversivo, agitado y sereno a la vez, de infinitas dimensiones.
