Exposición Individualdic 2021 - may 2022· Por Iñaki Herranz

Manuel Felguérez

Museo Amparo

Como coorganizador junto con el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM y el Instituto Zacatecano de Cultura, el Museo Amparo tuvo el emotivo honor de acoger en Puebla el itinerario de “Trayectorias”, el último homenaje en vida del recién fallecido artista Manuel Felguérez (Valparaíso, Zacatecas, 1928–Ciudad de México, 2020). Presentada primero en el MUAC, en la ciudad de México, de diciembre de 2019 a octubre de 2020, la muestra, originalmente concebida para celebrar sus 90 años de vida, se vio entonces atravesada por la inesperada muerte del artista, uno de los escasos decanos de su generación, quien aún mantenía una vocación prolífica pues gozaba de vitalidad, de lo que atestiguaban videos en la muestra, entre otras características conocidas de su personalidad, tales como su buen humor, su gran amabilidad y una estupenda memoria. Recordemos que Felguérez figura entre los más constantes representantes de la plástica abstracta desarrollada en México como parte del movimiento de la Ruptura alrededor del tercer cuarto del siglo XX. Un año antes que Felguérez, habían fallecido Francisco Toledo y Gilberto Aceves Navarro, y uno después lo haría Vicente Rojo, decesos muy lamentables para la escena mexicana de las artes visuales, no solo por representar pilares, sino porque compartían el seguir produciendo tanto obra como altruismo. Resulta importante dimensionar sus partidas dentro del testimonio generacional que encarnaban: la exposición de Felguérez quedó inevitablemente resignificada como quizá la última dedicada a alguna de las figuras centrales de la Ruptura que contó con su presencia en vida.

Exposición Individual: Manuel Felguérez — imagen 1
Manuel Felguérez. Muro de las formas mecánicas, 1963. Deportivo Bahía, Peñón de los Baños Restauración bajo la supervisión del artista, 2019. Metal y ferrocemento. Colección MUAC, UNAM.

La muestra en las salas 1 y 2 del Amparo, que iniciaba desde el vestíbulo donde se colocaron dos esculturas monumentales de distintos periodos (una “fuente” de 1963 y un colgante futurista de 2019), abarcaba un evolutivo abanico de disciplinas y técnicas a través de 88 obras: pintura de pequeño y gran formato, que brincaba de la hecha con espátula a finales de los años 1950, a inmensos cuadros gestuales en técnica mixta de su último periodo, murales con materiales de desecho de los años 1960 mediante el traslado de un vitral y la recuperación de un fragmento marino restaurado por la UNAM, documentación sobre sus colaboraciones para teatro y cine experimental, gráfica geométrica desarrollada a mediados de los años 1970 por medio de patrones matemáticos, primero, y luego, vía arte computacional, trasladada a lacas automotoras sobre lienzos y a su versión tridimensional, y, herederas de estas últimas, sus maquetas para proyectos de escultura pública concretados ya en el siglo XXI; algunas fechadas desde la década de 1980.

Con una curaduría sucinta de Pilar García, encargada de la colección del MUAC –quien ya había realizado en fechas recientes una impresionante recreación de las distintas ediciones del Salón Independiente en torno a obras de artistas de la generación de Felguérez–, enfoca esta muestra individual explícitamente en “tres momentos creativos que marcaron de forma definitiva cambios de rumbo dentro de su producción artística”. Estos momentos venían siendo obra pictórica y mural temprana, incluida la sobradamente exhibida En busca de la gaviota; sus proyectos en arte cibernético –pioneros a nivel mundial–, a través de la sistematización de patrones de dibujo explorada en la serie La máquina estética; y obra tardía a través de piezas monumentales (tal vez concediéndoles demasiada importancia, a pesar de tratarse de un resabio reiterativo menos interesante). El recorrido recupera proyectos adicionales preponderando el significado de algunos, como las esculturas performático-cinéticas La Fábrica de arte y (no solamente) La máquina del deseo, desarrolladas para la película La montaña sagrada de Jodorowsky, en 1973, o La danza de los rojos, uno de sus últimos lienzos, inmenso, presentado entre otros grandes formatos de su pintura tardía. Si bien la muestra abarca mucho de su carrera, se presenta erróneamente como retrospectiva, ya que se articula alrededor de series clave, pero omitiendo otros proyectos. No se mencionan sus excelsos murales de mosaico veneciano y pedrería, aun más tempranos y poco conocidos. La obra se centra únicamente en aquella abstracta, que ciertamente fue su estética de interés, pero no incluye sus incursiones semifigurativas, ni sus dibujos de búsquedas formalistas, más orgánicos (de los que sí da cuenta el catálogo, una senda coedición, con testimonios de la voz del artista). Faltó también su obra más mecánica, la Crisálida, hecha en 2014 a partir de un Volkswagen. Tampoco se aborda otra faceta crucial, la de su legado filantrópico, como fundador del Museo de Arte Abstracto, creado en 1998. Aun así, la muestra no deja de recorrer ampliamente los trabajos de Felguérez dando cuenta perfecta de su proceder, sus motivaciones y estilo.

Resulta excepcionalmente afortunado haber logrado mantenerse la muestra y su proyecto itinerario en medio de la pandemia, esfuerzo doblemente admirable, dado que las restricciones sanitarias se sumaron a una crisis previa de los museos públicos federales y estatales, paralizados por decepcionantes políticas culturales de abandono presupuestal y desdén al medio del arte. En el panorama actual de los museos en México, el MUAC y el Museo Amparo corroboran que, al menos hoy día, este tipo de proyectos solo parecieran viables en México dentro de museos universitarios, espacios privados o fideicomisos mixtos. La UNAM, a quien Felguérez donó su archivo, por cierto, y el Museo Amparo lograron una cuasi retrospectiva muy solemne.

Manuel Felguérez, por Iñaki Herranz | artnexus