La historia y el presente de California, como todas las historias y todos los presentes del mundo moderno, no pueden pensarse sin considerar la masacre colonial y sus secuelas. Una tierra extensa de ríos, desiertos y montañas en la costa del Pacífico, sus primeros habitantes fueron pueblos nativos que fueron violentamente anexados al Virreinato de Nueva España con la “invención” de América en el siglo XVI. Muchos murieron por epidemias y enfermedades exportadas con la Conquista, y el ejercicio libre de sus culturas, lenguas y maneras de relacionarse con lo espiritual fue bruscamente destruido. Con la independencia de México en 1810, California pasó a formar parte de dicho país, que secularizó las misiones y convirtió sus edificios en monumentos históricos. Los procesos migratorios del Asia continuaban, mientras que Rusia intentaba implementar una nueva etapa colonial desde el sector industrial. Y luego, con la intervención estadounidense en México a mediados del siglo XIX, buena parte del territorio mexicano, incluida California, se anexó al nuevo imperio del norte, que José Martí denunció mediante la figura del tigre, que dio comienzo a un nuevo periodo colonial en una tierra con memoria. Sí, la tierra, pensada desde el borde, tiene memoria, y su ejercicio posibilita la creación de pasados y presentes comprometidos con un mundo más justo.

Así nos recuerda la artista y muralista chicana residente en Los Ángeles Judy Baca, cuya obra de más de cuatro décadas se agrupa hoy en su primera retrospectiva exhaustiva en The Museum of Latin American Art (MOLAA), en Long Beach (California). Y así lo pensaba también la escritora chicana Gloria Anzaldúa a comienzos de los noventa. Notando el potencial de la relación entre arte chicano, borde, pueblos nativos y personas de color para desafiar la asimilación y el imperialismo estadounidense, Anzaldúa citaba a la misma Baca para explicar que “el arte chicano viene de la creación de comunidad y representa una postura particular que se relaciona siempre con los temas de su tiempo”. No es extraño entonces que la primera retrospectiva de esta artista, que ha repensado tan dinámicamente las nociones de arte público, muralismo, feminismo y raza, se titule “Judy Baca: Memorias de Nuestra Tierra, a Retrospective”.
Abierta al público desde el 14 de julio de 2021 y organizada por Gabriela Urtiaga, curadora jefe del MOLAA, y Alessandra Moctezuma, profesora de Bellas Artes y Museum Studies y directora de Mesa College Art Gallery, la exposición, que recibió el apoyo de instituciones como California Humanities, National Endowment for the Arts y Pasadena Art Alliance, se divide en tres secciones temáticas que representan diferentes aspectos de la producción artística de Baca. Aunque siempre interconectados, la Galería A se centra en trabajos feministas que celebran el rol de la mujer en diferentes luchas políticas antiimperialistas y en la creación de imaginarios culturales decoloniales relacionados con la tierra, mostrando aspectos importantes de la experiencia personal de la artista respecto a temas como el género, la sexualidad y el poder. Vemos, por ejemplo, la influencia de su abuela de origen indígena y mexicano en sus maneras de pensar los vínculos familiares, el arte y la vida. Como escribe Urtiaga al explicar la reciente adquisición del MOLAA del mural When God was a Woman (1980/2021), “su abuelita, como siempre recuerda la artista, fue esa figura matriarcal que la impulsó a seguir sus aspiraciones… a soñar hasta lo imposible”.
La Galería B presenta murales realizados en el espacio público por Baca en colaboración con el Social and Public Art Resource Center (SPARC), una comunidad artística fundada por Baca y con sede en Venice. Los trabajos aquí reunidos muestran la presencia de mujeres y subjetividades no hegemónicas en la creación de murales de gran escala en el Gran Los Ángeles, además del rol de lo colectivo y las pedagogías radicales en la creación de imágenes sobre el presente y su memoria. Al incluir las telas para el monumento a César Chávez en San José State University y reproducciones y bosquejos de los murales de Guadalupe, esta sección contiene también una versión digital de Migration of the Golden People. Este último, realizado en 2003 en el Central American Resource Center (CARECEN), muestra la migración masiva de personas de América Central al distrito de Pico Union en Los Ángeles, visibilizando no solo el terror militar en dicha región diseñado durante el gobierno de Reagan, sino, además, el compromiso de los migrantes de resistir en colectividad. A la derecha del mural, por ejemplo, vemos a una joven mujer cargando a su hija mientras camina. El mentón hacia arriba y la mirada más allá de la imagen simbolizan su determinación por un mundo diferente; uno que no se deja asimilar ni derrotar por la homogeneización capitalista e imperial, representada por los tres militares de la organización Contra que caminan tras la mujer. Su marcha, así como la de los otros migrantes, resiste también al olvido de aquellos que condenaron abiertamente la violencia en El Salvador, como monseñor Romero, asesinado en 1980 por ejercer, como lo pondría Enrique Dussel, la teología de la liberación. En Migration of the Golden People, el rostro de Romero aparece representado en un cartel que carga el pueblo cuando marcha, haciendo visible las memorias de una tierra que es hemisférica y colectiva y que no calla, aunque marche en silencio.
Por último, Galería C se centra la obra más conocida de Baca, The Great Wall of Los Angeles, y muestra los procesos de creación y capas de significación de dicho mural mediante videos, bosquejos y textos organizados dinámicamente en la sala. Ubicado en el valle de San Fernando y comenzado en 1974 en colaboración con más de 400 jóvenes afiliados al SPARC, en media milla (ochocientos metros) de longitud el mural narra una historia que va desde la vida nativa antes de la invención de América hasta el trabajo forzado asiático, la deportación de mexicano-americanos y las luchas por los derechos al trabajo de activistas mujeres, como la inmigrante guatemalteca Luisa Moreno. Así, Baca y el SPARC subrayan el rol central en Los Ángeles de los pueblos nativos, las culturas afrodescendientes, las diásporas asiáticas, armenias y latinoamericanas, y, por supuesto, del mundo chicano, y lo hacen desde una perspectiva feminista y plural.
“Judy Baca: Memorias de Nuestra Tierra” es una muestra clave para entender no solo la obra de una artista que, por más de cuatro décadas, ha venido imaginando en su arte, activismo y labor pedagógica maneras alternativas de pensar el feminismo en relación con la raza, la colonialidad y la identidad chicana y latina. Al mismo tiempo, la exposición nos invita a pensar el muralismo más allá de la consumación histórica, relacionándolo con una práctica activista y siempre en curso que ocurre desde los cruces que posibilita el borde entre decolonialidad, colectividad, solidaridad y, por supuesto, liberación.
