Sin desconfiar del hombre, los pájaros contemplaban extrañados a los intrusos o les hacían frente sin sospechar su desventaja, para caer inmediatamente abatidos por un golpe certero. José Luis Alonso Marchante
Cuando se debate la consideración de los animales no humanos como sujetos morales, un criterio, afirma el filósofo Peter Singer, es determinar si los animales sienten, si son capaces de sufrimiento y disfrute. Si bien muchos cuestionan estas teorías poniendo los ojos en blanco, Singer presenta un argumento razonable: “si nos parece mal causar... dolor a un bebé sin ninguna razón convincente, entonces... nos tendría que parecer igual de mal infligir el mismo dolor a un caballo sin motivo alguno”.

Hoy, en la llamada época del antropoceno, cuando las filosofías medioambientales nos hacen más conscientes ante los demenciales impactos de las sociedades humanas en el planeta, cobra un sentido mucho más trágico, si fuera posible, una matanza tan desalmada y depredadora como la ocurrida a fines del siglo XVI en la Patagonia chilena. Anclados en Puerto Deseado, el capitán inglés John Davis y la tripulación de su barco Desire mataron a 20.000 pingüinos y focas, número que obviamente sobrepasa por mucho el objetivo de consumirlos para sustentarse. Este dato lo cuenta Alonso Marchante en su libro Menéndez, rey de la Patagonia, donde debate las acciones “civilizadoras” de los europeos en América, centrándose en el personaje de José Menéndez, en el extremo sur chileno.
A esa barbarie alude la exposición de Josefina Guilisasti “El mar se viste de pluma y el hielo se pinta de rojo”, desde cuyo título la naturaleza se personifica: el mar se viste con las plumas de los pingüinos masacrados, y las extensiones de hielo, como una tela en blanco, se pintan con la sangre de esta historia.
Durante su carrera, la artista ha desarrollado extensas series de pinturas, y solo en los últimos años ha intentado desmarcarse del acto pictórico. Lo ha conseguido, sin dejar de ser pintora. Por ejemplo, en su obra Caída libre (2018), trabaja un video en el que vasijas de cerámica diaguitas se rompen en mil pedazos y los colores de sus arcillas hechas polvo tiñen el espacio en cámara lenta. En su actual exhibición en la galería madrileña Lucía Mendoza, la pintura continúa vigente de manera más conceptual (aunque también la artista incluye varios de sus bodegones anteriores), un tanto como le sucedió al brasileño Hélio Oiticica, quien, a pesar de haber dejado de pintar para pasar su fase de Tropicalia o subsiguientes experiencias como los “bolidés”, los “parangolés” y los “penetrables”, en cada etapa la pintura norteaba su obra.
Así como Guilisasti crea tres escenas de pequeñas figuras de porcelana en esta exposición, La llegada, La masacre y La venganza, la tríada color-espacio-tiempo está muy presente. El hecho de que las porcelanas que componen cada escena sean blancas es una decisión pictórica que la artista ha explorado en el centro de sus trabajos y que asocia con varios asuntos históricos relativos a temas económicos y simbólicos. A la vez, cada escena de figurillas estáticas nos habla de un espacio territorial y un espacio de tiempo en que ocurrió movimiento; podría hablarse de una noción cinemática imaginaria, que aparenta ser silenciosa, pero que grita ensordecedoramente.
Presentando momentos antagónicos de la historia que cuenta, desde la naturaleza en su esplendor en La llegada hasta la putrefacción de la muerte en La venganza, cada una de las escenas lidia con discursos descoloniales que nos traen desde el pasado hasta la crisis medioambiental de nuestro tiempo real, cuando el poder toma decisiones tan crueles y crudas como las que tomó John Davis. Basta ver la realidad amazónica bajo el gobierno de Jair Bolsonaro, o, sin ir lejos, en Chile, el freno a que se declare un territorio de protección medioambiental en la Tercera Región para beneficiar de manera personal a la familia del presidente de la República mediante la venta de un proyecto, en un “paraíso fiscal”, para desarrollar la minería en ese territorio.
Como bien indica el curador de “El mar se viste de pluma y el hielo se pinta de rojo”, Christian Viveros-Fauné, la exposición hace patente la necesidad de crear conciencia sobre “la emergencia ecológica en evolución provocada por la incesante devastación de la naturaleza por parte de la humanidad”. Esta emergencia que vivimos, y que no tiene retorno, está modificando formas de vida y de sustento, cambiando prioridades económicas y fomentando la incapacidad de proyectar el futuro. La sobreutilización del planeta y las ansias de éxito económico de la industria nos han llevado a un lugar cinemático, como las escenas de Guilisasti, donde el momento de la vuelta atrás ya pasó.
Por cierto, de los pingüinos muertos que se transportaban en el Desire nacieron unos gusanos que acabaron con casi toda la tripulación.
