Hoy en día, los monumentos en el mundo entero están en el centro de discusiones académicas, sociales y políticas porque en ellos ya no existe el mismo reflejo que teníamos hace unos años: sobre todo aquel del reconocimiento a un conquistador. Para entrar a ver la exposición de Iván Argote en la Galería Perrotin, anclada en el East Village de Nueva York, en un viejo edificio típico de escaleras diagonales en su fachada, será bueno tener esta máxima presente: los monumentos no son lo que eran. Se pretendían atemporales y, como lo decía Barthes, infinitos en el tiempo. Para eso fueron construidos y emplazados en memorables lugares de una ciudad. Aun así, vemos que los monumentos han pasado de largo en el tiempo y han resistido todo tipo de vejámenes de la naturaleza: lluvias, altas temperaturas, en algunos casos, nieve, y de nuevo, el implacable sol del mediodía; pero no pudieron con el examen histórico que hoy en día les está pasando factura. No fue sino empezar a revisar la historia como un ente vivo que podemos escribir y reescribir, así fuese de otros tiempos, para lograr conectar algunos monumentos con la barbarie humana: con “el fin, justifica los medios”.

Desde Sebastián de Belalcázar o Cristóbal Colón en Colombia, hasta Joseph Gallieni en Francia, pasando por George Washington en Estados Unidos; todos tienen un lado oscuro en la historia que les está cuestionando su validez como grandes héroes, y que los está poniendo contra la pared.
En la galería, desde el ingreso, sabemos que estamos entrando a un lugar incómodo: fotografías de monumentos con la base intacta, pero sosteniendo un escultura que ha sido transformada en espejos. Continúa el recorrido y vemos fragmentos de alguna escultura convertidos en materas, videos del levantamiento de un monumento, bases de monumentos y espejos que nos devuelven la mirada que obliga a una postura, y una pintura, por ejemplo, cuya imagen nos muestra la “izada” con grandes grúas de antiguos obeliscos egipcios (¿?) robados en alguna conquista de antaño. En resumen: varias piezas resueltas en diversas técnicas hacen parte de este recorrido que marca, en todo caso, un punto en común y seguramente el propósito señalado al inicio de esta reseña: preguntas actuales por nuestra historia pasada, presente y futura.
Iniciemos con los monumentos-espejo. Algunas bases en ciudades que sostienen a “grandes” personajes de la historia, o incluso unas bases que se trasladan al espacio de la galería, han modificado su uso, sosteniendo, esta vez, unas estructuras hechas con espejos. No vemos en ellas más que nuestro reflejo y el de nuestro entorno. Se pierde, por ende, su carácter de monumento unidireccional, y, ahora con sus espejos, empezamos a ver que el monumento se activa con las personas que lo observan. No es para ser visto, es para reflejarse en él. En ello, se asume una actitud de reciprocidad parecida a la que estamos esperando que suceda con la obra de arte: no es lo que el artista dice, sino la comunicación que se teje entre la imagen y el ojo que la percibe. Aun así, falta ver qué pasa con la desaparición del personaje escultórico encima de la base al ser reemplazada por el espejo. En una evidente actitud iconoclasta, Argote, “destrona” la figura pesada y deja monolitos geométricos, obelisco, cubo, paralelepípedos verticales, realizados, como ya se anotó anteriormente, con espejos. Se aprecian unas figuras minimalistas, casi sin sentido, que vagan vacías y ocupan el lugar que antes y durante décadas o siglos señalaban y enaltecían a un personaje que sin escrúpulos escribió un capítulo en la historia. Ya no hay nada distinto a revisar y entender que la historia de entonces es la misma historia que vivimos. El monumento, cualquiera que fuese, termina siendo un artificio histórico que se erigió para contar una historia que ya nadie cree.
Seguido de ello, vemos unos fragmentos de una escultura de uno de los grandes héroes nacionales de Estados Unidos, George Washington, que es copia a escala 1:1 del monumento ubicado en Wall Street, en Nueva York. Insiste Argote en “desmantelar” el monumento reduciéndolo a materas, convirtiéndolo en contenedores de paisaje. Una mano por ahí, medio torso allá, un zapato acullá, acaso un dedo-matera de Washington finamente anclado en la pared; y poco a poco, ya no hablamos de Washington, sino de todos los monumentos del mundo que, llenos de aire, fueron inflados para ser reconocidos y venerados. Vivimos en un momento histórico en el que entendemos que aquello que suponemos es la “realidad”, es apenas eso: una suposición. No todos hemos vivido las mismas realidades ni nos vemos reflejados en los monumentos que, se supone, narran un texto obsoleto por tendencioso con su significado. De pronto, sea esto en lo que más se insiste en esta exposición de Argote, “A place for us”, en Nueva York. No es para nada extraño que “us” señale a todos los que no nos sentimos parte de esas historias oscuras y que buscamos develarlas y cuestionarlas.
