Iole de Freitas se dedicó a la danza contemporánea por casi veinte años, formación esta que permea su obra tanto en la forma como en el contenido. La investigación sobre el cuerpo en sus trabajos de las décadas de 1970 y 1980 se realizaba a través de autorretratos performáticos y filmes experimentales que exploraban las posibilidades de creación de un repertorio de imágenes alineado con la efervescencia de la escena artística europea en aquel momento, cuando los artistas privilegiaban el uso de materiales y técnicas no convencionales. Tomándose a sí misma como campo de investigación, se concentraba en la observación de los gestos, ritmos y fragmentos de acciones. Este método de trabajo se fue expandiendo a lo largo de su trayectoria, abarcando las relaciones con el espacio inmediato y con la arquitectura, encaminando su práctica hacia un lenguaje escultórico. El cuerpo, la percepción sensorial y el movimiento continúan estando presentes hasta hoy, como punto de partida. Los materiales que la artista escoge, industriales, son aquellos dotados de flexibilidad suficiente para que puedan trazar en el espacio curvas y movimientos serpenteantes, semejantes a los que un cuerpo desarrolla al danzar.

“Bermejo”, su individual en la Galería Raquel Arnaud, presenta conjuntos de piezas inéditas dotadas de individualidad, pero que establecen entre sí diálogos armónicos en la forma y en el color. Al mismo tiempo que cada elemento puede apreciarse como obra autónoma, es posible hacer una lectura de todo el conjunto como si fuera una gran instalación. Hay una concordancia formal que reúne todas las piezas, expresada en la sinuosidad de las líneas, en la sutil variación de las texturas y en la economía de los colores, ya característica en su producción. Si en site specifics anteriores la artista acostumbraba “coser” el interior y exterior rompiendo los límites de paredes y ventanas en una escala agigantada, en esta exposición el tono es más intimista. Esto porque “Bermejo” fue íntegramente concebida durante la pandemia, con la consecuente imposición del confinamiento no solo físico, sino mental. Fue preciso adaptar la creación, pensar en escalas reducidas y dirigir la atención a las cosas de la cotidianidad, al mismo tiempo que todo lo que sabíamos del mundo de afuera era aterrador. Iole de Freitas declaró que ve la creación artística en esta situación atípica como forma de resistencia, como necesidad de estimular la pulsión de vida.
Todas las esculturas están hechas en acero inox. Muchas recibieron pintura blanca, beige, o en el tono de rojo intenso que da nombre a la muestra, mientras que otras mantienen el color del metal. Son de tamaño relativamente pequeño, en comparación con instalaciones anteriores, y están hechas a partir de estudios con pocos cortes en papel, posteriormente reproducidos en chapas metálicas, logrando formas variadas dobladas y curvadas que exploran concavidades y convexidades. En la primera sala están los “Bermejos”, “Pálidos” y “Lívidos”. Los dos primeros grupos están dispuestos en la pared, mientras que los “Lívidos” permanecen en el piso y parecen estar a punto de alzar el vuelo, o tal vez hayan acabado de posarse graciosamente. Derretida, la pieza más grande de la exposición, se asienta firmemente en la zona que conecta las dos salas expositivas en forma panóptica. Es ella quien señala la transición del espacio de las piezas coloridas hacia el de las blancas, que son de cierta manera más silenciosas, conduciendo la mirada del espectador hacia su interior, mientras que los conjuntos del otro espacio piden una visión del ambiente como un todo. Daga de papel es la única pieza instalada sola en una de las paredes. Su título juega con la paradoja entre la violencia potencial del arma blanca y la fragilidad de la palabra papel; la forma sinuosa, pero con puntas afiladas, está pintada en blanco, camuflando el acero del que está hecha.
Finalmente, el último conjunto, “Sin título”, está compuesto por tres esculturas de aspecto más volumétrico y cerrado que se diferencian de las demás por sus composiciones volcadas hacia el centro de sí mismas, como si fueran segmentos de espirales.
Siguiendo el recorrido sugerido para recorrer la exposición, en el primer momento nos encontramos con un ambiente dinámico de formas que se abren hacia el espacio. La mirada se ve atraída hacia los “Pálidos” y los “Bermejos” en ambas paredes. Los “Lívidos”, en el piso, con movimiento igualmente expansivo, refuerzan la agitación y dialogan con las esculturas que los ladean. Aunque se avista Derretida desde el comienzo, solamente cuando llegamos al punto en donde está, notamos que desde allí es posible ver todas las obras y percibir la diferencia de ritmo entre los dos espacios, el primero colorido y frenético, mientras que el que encontramos después de Derretida ofrece una desaceleración cromática y formal. Daga de papel además proyecta sombras puntiagudas en la pared de atrás, pero blanca y aislada, convida a una introspección que se consolida con las tres últimas obras del fondo, sin título, que, curvadas sobre sus propios centros, parecen cerrarse sobre sí mismas, casi en posición fetal.
