La exposición “Civilización Atalaya” del artista Fernando “Huanchaco” Gutiérrez en el Museo de Arte Contemporáneo de Lima, y bajo curaduría de Giuliana Vidarte, es la historia verdadera de una ficción arqueológico-etnográfica. Dicha historia comienza con el viaje del controversial psicólogo, escultor, asesino convicto (de un asesino en serie), y, luego, “celebrity” excéntrico de la televisión peruana, Mario Poggi a la Amazonía a principios de los 1990, durante el cual habría descubierto en un bosque de la provincia de Atalaya, departamento de Ucayali, en el oriente peruano, una caverna cuya entrada tenía forma de vulva, a la que bautizó, con rigor ginecológico y un procaz sentido del humor, “la Chucha perdida de los Incas”.

Unos diez años después, Huanchaco se haría amigo de Poggi, quien le contó de su viaje a la selva y de su descubrimiento (que nadie tomaba en serio, dada su conocida extravagancia; no en vano se hacía llamar “Loco Poggi”), y le dio los mapas que había hecho e indicaciones para llegar al lugar. Unas tres décadas después de aquel viaje de descubrimiento, el artista decidió volver sobre los pasos de Poggi y emprender la búsqueda de la cueva subterránea. Huanchaco tomó como pauta conceptual –y estética– las expediciones científicas del siglo XIX que habrían inspirado a Poggi, y documentó esta travesía por la selva peruana, en la que corroboró la existencia de la enigmática caverna.
En “Civilización Atalaya” Huanchaco da cuenta de este viaje, organizando para ello una constelación de documentos, grabaciones, fotos, dibujos, objetos, libros de arqueología, videos, reliquias precolombinas, réplicas de objetos arqueológicos y pinturas, entre otros materiales, con los que propone una narración visual que nos habla tanto de la búsqueda arqueológica en sí misma como del descubrimiento y su interpretación basándose en una conjetura etnográfica sobre la hipotética civilización precolombina de Atalaya, que habría tenido en la “Chucha de los Incas”, uno de sus lugares sagrados.
La muestra está organizada alrededor de una estructura central formada por paneles y mesas de madera que reúnen imágenes y objetos diversos, y alrededor de esta estructura, se han colocado cuadros, dibujos, esquemas y objetos sobre las paredes, otros paneles y más mesas. Completan la muestra dos monitores con videos.
El proyecto plantea una crítica de guiño paródico a las disciplinas de la ilustración como la arqueología y la etnografía. Las fotografías del viaje traen a la mente expediciones arqueológicas como las de Howard Carter en Egipto, en los años 1920, o las de Hiram Bingham III en Machu Picchu, en 1911. Formalmente, dichas fotos evocan la straight photography, al subrayar los discursos de racionalidad científica en juego. Pero las fotos y el video también dejan entrever los cimientos problemáticos de las expediciones científicas del siglo XIX y del temprano XX en búsqueda de civilizaciones milenarias. Los expedicionarios aparecen ataviados con trajes que recuerdan a los tiempos coloniales (el uso del salacot y las ropas color kaki hacen eco de los tiempos de la India británica), mientras que los personajes nativos aparecen como especímenes exóticos.
Las citas de civilizaciones precolombinas de la costa, sierra y selva peruana, y las imágenes de pobladores de distintas regiones del país, nos remiten a los discursos etnográficos. Ello también ocurre con la inclusión del cactus de San Pedro, representado de múltiples formas, que apunta a su consumo ritual, dados sus efectos alucinatorios. Dicha lectura es reforzada por uno de los videos, en el que aparece el cactus, cuyo marcado carácter fantástico sugiere un viaje psicotrópico.
Los cuadros son especialmente interesantes. Pintados con laboriosidad y en extremo detallistas, estos lienzos representan la versión imaginada del artista de los pobladores de la “Civilización Atalaya” y de su culto presuntamente centrado en la fertilidad y la sexualidad, que daría cuenta de su relación mística con la “Chucha de los Incas”.
Hay un aspecto clave que organiza toda la muestra y concierne a los discursos de la historia del arte que subyacen a su configuración espacial. Los paneles de madera sobre los cuales se han dispuesto dibujos de ceramios precolombinos, bosquejos geológicos, representaciones de antiguos pobladores, figuras de vegetación, maquetas, y textos, entre otros, recuerdan al “Atlas Mnemosyne” del historiador del arte alemán Aby Warburg, que inició en 1924 y con el que buscaba mapear temas y formas estéticas recurrentes desde la Antigüedad, el Renacimiento, hasta el presente.
Con sus conjuntos de imágenes y objetos espacialmente organizados, Huanchaco implementa el trazado de asociaciones estéticas, temáticas y conceptuales, que pueden basarse tanto en criterios formales o iconográficos como en cuestiones subjetivas, aleatorias, y hasta antojadizas. En ese sentido, “Civilización Atalaya” parece sugerir que toda interpretación que se enfrenta a mundos desconocidos termina por conectar pasados colectivos con presentes individuales: haciendo de las estéticas de civilizaciones precolombinas un soporte para proyectar ideologías y deseos de quienes han pretendido entenderlas.
