Hay dos momentos que han marcado decisivamente –y de manera traumática– el escenario político, económico y sociocultural global en las dos primeras décadas del siglo XXI. El primero, los atentados terroristas a las Torres gemelas en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, y la guerra postnacional sin cuartel que vino tras ellos. El otro, la pandemia declarada a principios de 2020, y que aún hoy tiene en jaque a todo el planeta. Esta última ha sido particularmente virulenta, y no solo porque aún la estemos padeciendo, sino porque nadie en el mundo ha quedado indemne a ella.

De los ecos de ambos fenómenos, y de su impacto en la sociedad y la cultura contemporánea, han reflexionado las dos exposiciones personales más importante que ha realizado hasta ahora Dagoberto Rodríguez: “Guerra interior”, curada por Andrea Pacheco (CAAM, Las Palmas de Gran Canarias, 2020) y “Planeta de cristal” (Piero Atchugarry Gallery, Miami, 2021), curada por el Colectivo Curatorial Aluna (Adriana Herrera y Willy Castellanos). Precisamente, la guerra y los conflictos internos estaban muy presentes en la exposición “Guerra interior”. Esta muestra nos recuerda algo que ya sabíamos por Von Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Tal vez por esto, el mundo parece vivir más en períodos de treguas que en paz duradera. De ello hablaban varias de las piezas más importantes de “Guerra interior”, por ejemplo, la instalación Ánforas, de 2020, y Casa tow, de 2019, que ponían al espectador frente a las infinitas secuelas de la guerra, en lo social y también en lo individual. Una instalación de poética objetual que reproducía, metafóricamente, en barro artefactos explosivos fabricados con bombona de gas, empleadas por las milicias rebeldes sirias contra el ejército de Bashar al-Ássad. Un conflicto interno que, en más de diez años, ha provocado más de 400.000 muertes y millones de desplazados, cuya reflexión invita a pensar en la naturaleza de todas las guerras, “esa beligerancia alocada que ya ha perdido el norte de la vida, desguazando todo a su paso”1. Pero también en esta muestra había un grupo de obras que apuntaban a una reflexión sobre el habitar, como en la monumental escultura Puente invertido doble (2019) o el díptico Corredor 14 de la ‘Serie Túneles’ (2020).
Si en “Guerra interior” la mirada reflexionaba fundamentalmente sobre la guerra global permanente, en “Planeta de cristal” (2021), Rodríguez recupera, en cambio, el énfasis en este habitar planetario cada vez más enrarecido, bien por las guerras, por la pandemia, el cambio climático, o por Wall Street, como manifestación de la nueva barbarie del capitalismo ultraneoliberal. Y lo recupera hasta el punto de convertirlo en el eje central de la muestra. Este discurso encuentra su traducción metafórica en una constelación iconográfica de edificios, túneles, búnkeres, ciudades con apariencia de formas telúricas naturales, o estructuras circulares alusivas al planeta Tierra, etc. Es un repertorio iconográfico, como en Iceberg de ladrillos, Hielo 7, Planeta de arcilla, Planeta de cristal, o la series Colisiones, que nos hablan de una especie de arquitectura del confinamiento, de unas construcciones del aislamiento, cuyo sentido parece más bien el de un habitar postapocalíptico del que los seres deben protegerse, pernoctando la vida en estos lugares en los que podemos estar, pero no habitar. El búnker y los túneles, los icebergs o las montañas tatuadas con relieves que sugieren construcciones de arquitectura distópicas, hablan de un “acuartelamiento” de la vida. Sugieren una fragilidad endémica de la existencia en las circunstancias actuales, marcada por la urgencia del estado de sitio y por la excepcionalidad de la convivencia, tanto dentro del espacio público como también del privado. El propio artista ha reconocido que estas obras de “Planeta de cristal” son, de alguna manera, una respuesta imaginaria a las sensaciones y los sentimientos de ansiedad e incertidumbre que experimentó durante el duro confinamiento de 2020.
Cuando el espectador recorre la muestra y pasa por dentro del Túnel blanco, monumental escultura hecha en metal, cuando se sumerge en las grandes acuarelas de esos túneles y búnkeres en un lenguaje neofigurativo con ecos surrealistas, es inevitable experimentar un cierto sobrecogimiento, una especie de desazón, porque se percibe que la vida está en otra parte. Porque tanto en un lugar como en otro, por más sofisticado que pueda resultar el confort para protegernos, se podrá estar, incluso, morar, pero nunca será el espacio para un habitar verdadero.
NOTA
1. Dennys Matos: “Dagoberto Rodríguez. Guerra interior” en El Nuevo Herald, Miami, 12 de noviembre de 2020.
