Casa Hoffmann presenta para el MAC de Bogotá el proyecto curatorial itinerante “CÍBER ERA”, previamente expuesto en las salas de la Cámara de Comercio de Bogotá y en el Museo de Pereira. “CÍBER ERA” es una exposición colectiva que sigue un hilo narrativo en tres capítulos: Extinción, Génesis y Tecnotrópico. En esta crónica se da cuenta de algunas de las obras y de varios de los artistas que forman el elenco de la exposición.
“CÍBER ERA” construye un ambiente de inmersión en un mundo extraño, lleno de sonidos que generan paisajes sonoros envolventes y constantes, que invaden al espectador, incluso antes de entrar en diálogo visual con las obras. Al igual que la selva, “CÍBER ERA” nunca está en silencio, nunca está quieta. Los sonidos se meten por debajo de la piel, rozan las neuronas activando el cuerpo mucho más allá de lo visual, agregando una capa sensorial a la experiencia de esta exposición. La ficción curatorial parte la sexta extinción masiva, llevada a sus máximas consecuencias a finales del siglo XXI: el aumento de las temperaturas reduce el oxígeno y provoca fenómenos atmosféricos extremos; en consecuencia, todos los animales de la Tierra, incluido el ser humano, desaparecen. Emancipada y consciente, la Inteligencia Artificial (AI) pone en marcha un plan de regeneración de los ecosistemas, por medio de dispositivos-insecto que recolectan información y se comunican entre sí para diseñar un único algoritmo que define el comportamiento futuro de los ciclos planetarios. Este paso da inicio a una nueva era en la Tierra.

“CÍBER ERA” no es una curaduría de tesis al uso. Los artistas no ilustran el tema curatorial. Las obras son piezas narrativas dentro de una historia que nace a partir de la coexistencia de las distintas obras en el ecosistema de Casa Hoffmann. Vemos obras y artistas de la casa que definen una trayectoria, una mirada, una apuesta de este espacio que ha venido alojando investigaciones curatoriales de distinta índole. Esta exposición da un paso más, agregando un elemento literario como conducto de narración. La historia contada y las obras de arte se complementan como formatos entrelazados que nos permiten, como espectadores, entrar en el juego y firmar un pacto secreto con la exposición. El resultado es una puesta en escena museal que toma partido por uno de los temas más relevantes hoy en día: el futuro que aguarda al planeta si las cosas siguen como están y el calentamiento global sigue su curso. La aplastante realidad del cambio climático como fenómeno que ya afecta nuestro día a día permea los imaginarios de un futuro distópico; la ciencia ficción quedaba lejos: otras galaxias y otros planetas por conquistar, extraterrestres colonizadores. Hoy en día los escenarios en los que se imagina un mundo que ya no es el que conocemos, porque este ya desapareció, parecen a la vuelta de la esquina; si aceleramos un par de generaciones, ahí está: deshielo total de los polos, desaparición de polinizadores, temperaturas insostenibles para la mayoría de los seres vivos. Tomar partido es importante, poner el tema sobre la mesa es muy necesario. Como dicen Philip Kitcher y Evelyn Fox Keller en su libro Y vimos cambiar las estaciones: “Está claro que tenemos que hablar”. En su ensayo, ellos también proyectan una ficción: en 2159 los sobrevivientes humanos conmemoran el Día del Clima y repasan las pandemias, las guerras, las migraciones forzadas que se dieron hasta llegar a ese momento conmemorativo. Se mira atrás sintiendo lástima por la ignorancia, estupidez y codicia de los humanos que no fueron capaces de cuidar lo que tenían. La otra ficción del libro consiste en la conversación entre dos personas acerca del cambio climático, abriendo el debate entre el “negacionismo” y la conciencia de lo que está pasando y por qué. El libro plantea dos grupos de seres humanos que sobreviven a décadas de calamidades que no quisiéramos imaginar, al igual que nos cuesta pensar que de un momento a otros ya no va a haber una vida por fuera de nuestra ventana porque ya no habrá ventana, ni adentro ni afuera, ni ojos con los que mirar. Este planteamiento es del que parte “CÍBER ERA”.

“CÍBER ERA” recibe al espectador con una gama de grises, distanciando la experiencia de cualquier reminiscencia del mundo tal y como lo conocemos. Atrás quedaron el color de la vida y la biodiversidad. En el primer piso del museo, Extinción, esboza esos fenómenos meteorológicos extremos. La obra de Sandra Rengifo, de su serie Limbo, ofrece una mirada todavía romántica, de despedida de un paisaje al punto de apagarse; encontramos en esta introducción al desastre una visión distante, proyectada desde la ciencia y la tecnología; como, por ejemplo, en las obras de William Aparicio (Geo Bits) y Juan Cortés (Origen. Variación II), quienes con sus respectivos trabajos nos acercan a tener una mirada sobre la Tierra desde un punto de vista cenital, a través del siempre vigilante ojo satelital. Por otro lado, María José Leaño, en Superficie del polen, magnifica la realidad microscópica para generar paisajes de otro mundo que en realidad son superficies de distintos tipos de polen. Aquí no solo encontramos distancia mediática, también invitaciones a empatizar, ponernos en situación. En un recipiente que parece una pecera, vemos la obra Devenir Tierra de Sonia Rojas: un paisaje con aspecto no habitable en el que soplan el viento y la arena. ¿Sentimos alivio al no estar ahí metidos? ¿No lo estamos, en realidad?

El segundo momento, Génesis, es ese punto cero después del cataclismo, el estado embrionario de un nuevo despertar, o más bien, de un nuevo prender de la Inteligencia Artificial (AI). Génesis juega con la arquitectura del museo, invadiendo el hueco de la escalera como lugar de incubación. La estructura de cabuya de la obra Adaptación silenciosa #3 de Ana Escobar aloja el latido de los monitores de Rocío Pardo (Intentos 1, 2, 3 y 4) y los ojos digitales de Alejandro Villegas (Máquina deseante #1), desembocando en la obra Sin título (estructura de crecimiento aleatorio IX) de Cristina Figueroa, una escultura de cabuya tejida, posible último exponente del trabajo humano y manual en la Tierra. Cuatro artistas con lenguajes distintos pero afines forman un ensamblaje perfectamente avenido para establecer la red natural en la que se resetea la vida: llegamos al fin del Antropoceno, da inicio la “CÍBER ERA”. Una de las obras de transición es INFINITY V2 PLAYGROUNDS de Gabriel Pulecio, realmente la única obra High Tech de la exposición. Pulecio genera una estructura inmersiva tanto a nivel visual como sonoro. Podemos imaginar que INFINITY es el cerebro central que aloja el algoritmo o el espacio de operaciones y descanso de los insectos colonizadores. A pesar de ser una obra futurista, tiene algo de decimonónico, quizá porque recuerda levemente a una fábrica que emite sonidos sobrehumanos, que marca el ritmo de una producción, o de la película Metrópolis (1927, Fritz Lang), por lo colosal y futurista.

Tecnotrópico, el tercer y último capítulo, es una oda al Low Tech. Este es el denominador común de las máquinas y los bichos que habitan el desenlace de esta historia. Uno podría imaginarse un futuro altamente tecnificado, pero “CÍBER ERA” resuelve la tensión narrativa con un toque de realismo y humor. No por ser el futuro, las soluciones van a ser altamente tecnificadas. Las obras de este capítulo están, en su mayoría, hechas con material reciclado. Por ejemplo, el Objeto sonoro de Ricardo Arias; los insectos Membracidae de Carlos Bonil, construidos con restos de objetos plásticos –ilustraciones tridimensionales de ciencia ficción, serie B–; también encontramos tornillos y alfileres danzantes, como los Marcapasos Pitonisa de Andrés Felipe Ñáñez; materia orgánica mezclada con tecnología como las esculturas Chancletópodos de Juan Melo, que mezclan totumo y bambú con “robótica mestiza”, o las esculturas sonoras de Melissa Pareja, resultado del diseño, el arte textil y lo sonoro. Miguel Kuan da un segundo uso a la basura electrónica en la aterradora instalación carroñera Perecedero; con Culto sanguíneo crea unos techno-monstruos con apariencia de mosquitos, listos para entrar en acción; nunca unas jeringas habían tenido un aspecto tan terrorífico. El paisaje sonoro de este capítulo se establece con dos contrastes; por un lado, la obra de Leonel Vásquez, Canto rodado modular, y por otro, Space Nomds de Jorge Barco. La primera apunta a un nostálgico homenaje a lo desaparecido y extinto; la segunda, a una mirada hacia el espacio, hacia afuera, hacia un posible futuro.
Quizá “CÍBER ERA” plantee un futuro algo inverosímil, como pasa a menudo con la ciencia ficción, pero si nos fijamos bien, nos damos cuenta de la fría decisión de quitarnos de en medio. Pone sobre la mesa la idea de la poca fiabilidad del ser humanos como especie dominante, responsable del impacto que dio pie al calentamiento global. Sugiere, en últimas, que después de nosotros, la vida, sea cuál sea y cómo sea, seguirá. Aceptar esto es entrar en un ejercicio de humildad que debería ayudar a ponernos al mismo nivel que cualquier planta, insecto u otro animal. A pesar de lo oscuro de estas conclusiones, no podemos evitar entrar en un juego de humor tecnológico y cosquillas auditivas. Y ahora: “Está claro que tenemos que hablar”.
*Cortesía: Casa Hoffman.

